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Editar, cuestión de olfato o de corazón

Hoy quiero compartir con ustedes parte del proceso por el que me decidí a editar uno de los últimos libros que hemos publicado, la correspondencia entre María Teresa de Austria y su hija María Antonieta de Francia, que ha aparecido bajo el título de Consejos maternales a una reina.

Como sabrán de sobra ustedes, editar en España un libro de cartas, por muy popular que sea el personaje, es ciertamente arriesgado, por no decir una verdadera ruina. Digamos, en una primera aproximación, que el español es curioso, con un punto de cotilla, de ahí el éxito del género biográfico en todo su espectro (desde el más erudito al más novelado). Pero el español, además, es vago, por lo que el paciente ejercicio que supone el paso lento por la correspondencia de mengano con zutano, recordando los pequeños detalles ocurridos y contados en enero, y que luego cobrarán sentido meses después, en pleno otoño, le resultan cansinos.

Buena cuenta del común sentir del lector medio respecto del género epistolar me lo facilitaba hace poco un conocido autor que, metido ahora a reseñador de libros para un suplemento cultural de tirada nacional, y comentando un «interesante rescate» que incluye una correspondencia con familiares y amigos, declaraba: el libro «se cierra con una correspondencia de viaje más bien sosa (como el 90% de las correspondencias)». Sin comentarios.

Si acaso, dejar aquí un recuerdo a las cartas de Cicerón a su amigo y editor Ático (editadas por Gredos en dos hermosos volúmenes que compré en esta librería), las de Franz Kafka a Milena (en Alianza Editorial), las de  Pedro Salinas a Jorge Guillén (Tusquets), las de Walter Benjamin y Gershom Scholem (Trotta), las de Paul Celan y Nelly Sachs (Trotta), las cartas a sus hijos de Pável Florensky (Cartas desde la prisión y los campos, editadas por Eunsa), o las de Dietrich Bonhoeffer a su prometida María von Wedemeyer (Cartas de amor desde la prisión, editadas por Trotta). Podríamos seguir.

Desde hace tiempo, uno de mis vicios como bibliópata reconocido es perseguir hilos perdidos en busca de posibles títulos forcolianos.

Pues bien, como toda historia, la de la edición del epistolario entre María Antonieta y su madre comienza en algún lugar. En esta ocasión, el lugar está a medio camino entre los dos palacios (Schönbrunn y Versalles) desde las que se escribieron gran parte de estas cartas: Milán, que no goza de las luces de aquéllos ni de las capitales de reinos (París-Viena) cerca de las que se ubican, pero que disfruta hoy en día de otros tesoros, como son sus buenas librerías.

En Milán, pues, en una de sus espléndidas librerías, una fría mañana de enero, hace un par de años, compré un librito que recopilaba algunas que las cartas que María Teresa escribió a cinco de sus hijas (de sus 16 hijos: 11 mujeres y cinco varones), todas ellas soberanas de la Europa del siglo XVIII, aleccionándoles y proporcionándoles jugosos consejos matrimoniales. Las afortunadas receptoras de tan singular correspondencia fueron: María Cristina, María Josefa, María Carolina, María Amalia y María Antonieta.

En aquella librería milanesa, pues, mi idea surgió de este libro, editado por Passigli Editori en Florencia, 140 páginas,  impreso en papel marfil, y encuadernado en rústica y con solapas, todo él me picó la curiosidad.

Semanas más tarde, buceando a altas horas de la madrugada en la librería virtual iberlibro.com, localicé un tomazo de casi 500 páginas (encuadernado en tela, con el título en rojo grabado en seco, y con más de 20 fotografías de grabados de época impresos en papel satinado) que compendia una selección de la correspondencia que María Teresa mantuvo a lo

largo de los años con casi todos sus hijos. El libro, impreso en apretada letra gótica, estilo Fraktur (de amplio uso en Alemania hasta mediados del siglo pasado), se editó en 1940, en Berlín, por Hans von Hugo Verlag.

Tras valorarlo detenidamente, tomé la decisión de abordar el siguiente proyecto: si algo podría captar la atención del lector español, por múltiples razones, sería la correspondencia que mantuvieron Teresa con Antonieta. La edición alemana me puso finalmente tras la pista de la edición completa de aquellas cartas (originariamente escritas en francés) editada en 1933, en París (rústica, grabado en cubierta y anchos márgenes blancos en sus páginas), por Bernard Grasset.

Grasset fue aquel editor que, en su sede de la Rue des Saints-Pères 61, en el distrito VIº, en 1913 publicó, a cargo del autor el primer libro de Marcel Proust, Por el camino de Swann.

La idea entusiasmó desde el principio a Blas Matamoro, que gentilmente aceptó realizar la selección de las cartas en ese fatídico decenio (1770-1780) en el que en Europa tantas cosas pasaron y en el que tanto se jugaba María Teresa y el Imperio Astrohúngaro, por un lado, y el futuro de la casa de los Borbones, en Francia, por otro.

Finalmente, no sé si un pequeño editor independiente edita de oído, sus ideas surgen a golpe de vista, si realmente lo importante es tener olfato, gusto o tacto. Quizá, en mi caso, lo que prime sea el corazón, aunque como en todo, con los pies en la tierra.

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