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Presentación de las cartas de Wagner

Los papeles que aparecen enmarcados en la foto son tres carteles de ópera que corresponden a sendas representaciones, en el Festspielhaus de Bayreuth, de las jornadas de El anillo de los Nibelungos (o del Nibelungo) –por orden, La valquiria, Sigfrido y La caída de los dioses; faltaría el cartel de la primera ópera, El oro del Rin–, del compositor alemán Richard Wagner, del que ayer, 13 de febrero, celebramos el aniversario de su muerte –Wagner murió en Venecia en 1883, y su cuerpo sin vida fue velado en aquella ciudad que vistió sus góndolas y canales de luto–, ocasión que aprovechamos para presentar el libro Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth.

Esos carteles forman parte de mi colección particular de rarezas, y dispuesto a sacarlos del olvido y la frialdad de una carpeta, decidí enmarcarlos y mostrarlos a la luz, sirviendo de decorado y ambientación privilegiada para la presentación del libro en la librería Rafael Alberti. Su valor, para un melómano wagneriano o para un archivo musical, quizá sea incalculable, y me explico: corresponden a las representaciones wagnerianas de agosto de 1896; el estreno del ciclo completo tuvo lugar veinte años antes, en agosto de 1876, en vida de Wagner, bajo su personal supervisión, en Bayreuth.

Pues bien, la de 1896 fue la segunda puesta en escena integral que tuvo lugar en la historia de las representaciones wagnerianas del Anillo, y parece ser que fue la primera que dio beneficios, ya que la anterior fue un completo desastre económico. Pero además del valor simbólico, casi fetichista, que pueda tener para un coleccionista wagneriano, el valor de estos papeles impresos es otro muy distinto. Si se fijan bien, el estado de conservación de los carteles no es malo, aunque han sufrido el paso del tiempo, y eso les singulariza.

En una entrevista reciente, que me hizo Daniel Heredia para su blog, tuve ocasión de comentar algo similar con respecto a los libros de papel: «los libros, nuestros libros (grandes o pequeños, en rústica o en cartoné, baratos o caros) tienen una biografía, es decir, tienen una historia: la nuestra, particular, única e intransferible». Pues bien, estos carteles wagnerianos tienen su particular historia: su primer propietario (probablemente un melómano catalán), que asistió a aquellas representaciones de agosto de 1896 en Bayreuth, anotó con lápiz en ellos la duración de cada uno de los actos así como sus impresiones respecto a la calidad de los cantantes, calificándolos de «bien», «regular» o «superior». Se convierten así en un documento singular, único, histórico y que tiene su particular historia, su intransferible biografía. Creo que ésta es la radical cualidad que diferencia y singulariza el papel impreso, los libros, del texto electrónico: el papel envejece, tiene su historia, su biografía; el libro electrónico, en cambio, no envejece, vive en una eviterna juventud, y si acaso, tan solo queda obsoleto tecnológicamente, desbordado o superado por otro sistema más moderno. Reivindico, pues, la humanidad de la letra impresa, la condición antropológica del libro impreso, en toda su orfandad e inevitable fragilidad de decrepitud: los libros y los papeles impresos envejecen con nosotros, sus lectores y propietarios. Es lo que les distancia a años luz de la insultante brillantez y pulcritud tecnológica del libro electrónico. Cuando sostengo mi tableta o mi lector electrónico, tengo la sensación de estar leyendo siempre el mismo texto, mientras que mis manos nunca me han temblado tanto como cuando enmarqué aquellos carteles wagnerianos, temeroso de que se me rompieran.

José Luis Téllez presenta a Blas Matamoro

La historia de estos carteles me sirve para introducir la crónica de la presentación ayer del libro Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth, de Richard Wagner.

La velada wagneriana tuvo lugar ayer, como les decía, en la librería Rafael Alberti de Madrid, y donde contamos con la presencia de dos personalidades de alto nivel: Blas Matamoro, escritor, ensayista y crítico musical, responsable de esta edición, y José Luis Téllez, musicólogo, crítico musical y magnífico comentarista musical en radio y televisión.

José Luis Téllez

 

Tomó la palabra José Luis Téllez para explicar parte de la historia de aquellos carteles que ya he comentado, y para subrayar en primer lugar la importancia de la figura del rey Luis II de Baviera, que a pesar de que ha sido considerado como el «rey loco», por sus extravagancias y costumbres, supuso el verdadero y definitivo apoyo y respaldo que Wagner necesitaba para convertirse en el extraordinario músico y compositor que llegó a ser. Posiblemente, sin el apoyo del rey Wagner no hubiese podido concluir su trabajo, ya intuido y diseñado por él en Dresde, antes de su exilio forzoso de Alemania. Por su apoyo a Wagner, por su financiación del proyecto del teatro de Bayreuth, por su genialidad en el diseño y construcción de esos maravillosos castillos en Baviera (hoy atracción turística de cientos de miles de personas, y fuente de ingresos constante), podemos considerar hoy a Luis II de Baviera, en palabras de José Luis Téllez, como un «gran benefactor de la humanidad». Representa este monarca, continuó Téllez argumentando, aquella aristocracia que, comprometida con la sociedad en la que vivía, se entregaba a la construcción de un patrimonio cultural y artístico, muy distinta de la actitud calculadora y zafia de la burguesía que, con la llegada de la Revolución industrial, la sustituyó como clase dirigente. Téllez nos recordó ayer el pasaje del Manifiesto comunista, de K. Marx, donde subraya cómo «el sagrado éxtasis del fervor religioso» y «el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo» han quedado ahogados «en las aguas heladas del cálculo egoísta» del pequeño burgués. Wagner no fue aupado por un pequeño burgués, sino por un rey que se enamoró de su arte y de su música. Todos estamos en deuda con un rey así. O tempora, o mores

José Luis Téllez

La clave del libro que presentamos, su hilo conductor, es la construcción del teatro de Bayreuth, más que un teatro cualquiera, el lugar elegido expresamente para la representación en exclusiva de las óperas o «dramas musicales» (expresión que no le gustaba al propio compositor) wagnerianos. Y no solo eso, sino que estaría destinado a convertirse en el símbolo espiritual de Alemania. Es algo de lo que el propio Wagner habla en el texto que acompaña las cartas traducidas y editadas por Blas Matamoro, La casa de los festivales escénicos de Bayreuth, que el compositor escribió con motivo del primer aniversario de la colocación de la primera piedra del nuevo teatro de la ópera, el 22 de mayo de 1872, y que aparece ahora por primera vez traducido al español. Un texto donde entre otras cosas Wagner explica los detalles que singularizan el teatro de Bayreuth: su caja, su fachada, su escenario, la orquesta oculta, y una sala sin palcos, toda una petición de principios que reivindica la «noble sencillez» y la «serena grandeza» del neoclasicismo, según el ideario de Johann J. Winckelmann, como nos recordó Téllez. Junto con el álbum fotográfico, que recorre la foto-biografía del monarca bávaro, y aporta curiosos planos tanto de los castillos del monarca como de la planta y alzado originales del teatro de Bayreuth, este libro constituye, en opinión de José Luis Téllez, una «exquisita miniatura miscelánea».

Blas Matamoro y José Luis Téllez

Para terminar, Téllez hizo un comentario sobre las cartas seleccionadas, sobre el cuidado de la traducción, sobre la singularidad e importancia de algunas de ellas, sobre todo las dirigidas al propio Luis II. También importantes las dirigidas al gran amigo de Wagner, F. Liszt, que tanto hizo por la divulgación de su música. Las palabras finales de Téllez fueron para subrayar el valor del texto introductorio realizado por Blas Matamoro al libro Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth. Un texto al que calificó de «ensayístico», «humorístico» y «encanallado», que dicen mucho sobre «Ricardón» (apelativo con el que Blas se dirige a Wagner, para distinguirlo de «Ricardito» Strauss), pero que arrojan mucha más luz sobre Luis II, un gran desconocido. Un libro éste, pues, que no puede pretender llenar un hueco, dada la ingente producción de correspondencia del compositor, pero que sí aporta en su conjunto un documento histórico singular y de excepción, para goce de wagnerianos, anti-wagnerianos e indiferentes.

Blas Matamoro

Las palabras de Blas fueron para compartir con los asistentes sus reflexiones y confidencias respecto a su trabajo de selección y traducción de las cartas. A la dificultad del inevitable recurso perifrástico a la hora de traducir un idioma que no penaliza la construcción de nuevas palabras o que construye «embutidos sintácticos» –que en español se sustituyen por preposiciones o adjetivos acabados en mente (corriendo el peligro de construir una frase «demente»)– se añade el tema de los tratamientos entre Wagner y los destinatarios de sus cartas, que debemos entender en su contexto, unas formas sociales que, también nos recordaba Téllez, no distinguen en alemán –como sí en español– el «querido» del «amado». Matamoro, aún con todo, subrayó la particular manera de dirigirse Wagner a Liszt o al propio Luis II de Baviera, un lenguaje que refleja mucho su personalidad, a la que ha intentado ser fiel, primando el interés que el lector actual pudiese tener por leer a Wagner, y respondiendo afirmativamente a la relevancia que aún hoy pudiese tener lo escrito por el compositor alemán.

Una velada wagneriana que contó con un público entregado y seducido por la elegancia y la oratoria de dos contertulios de excepción. Un privilegio para este editor y para Fórcola.

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