Ignacio Peyró presenta Pompa y circunstancia en La central de Callao

Autor de Pompa y circunstancia (Fórcola, 2014)
Ignacio Peyró, autor de Pompa y circunstancia, en un momento de la presentación en La Central de Callao.

 

[Palabras de Ignacio Peyró en la presentación de su libro Pompa y circunstancia, en la librería La Central de Callao.]

Queridos amigos,

Me habéis dado todos una alegría con vuestra presencia, espero daros yo otra con mi brevedad.

Al preparar las palabras para esta presentación, he recibido una ayuda como mínimo insospechada: la de William Hazlitt, un ensayista del XIX británico, que afirmó que, no por dedicarse alguien a escribir, debemos suponerle capaz de manejar la espada, montar a caballo o hablar en público mejor que cualquier otra persona. Para Hazlitt, bendito sea, el silencio y el apartamiento de la escritura no son, precisamente, los mejores maestros de la locuacidad. A su autoridad me acojo, por tanto, para dirigiros estas palabras, apelando a vuestra comprensión: si esta lectura se hace pesada, imaginad tan sólo lo que hubiesen sido mis divagaciones.

La escritura puede ser muchas cosas: una responsabilidad, un honor, un privilegio, pero –ante todo- uno cree que la escritura es un placer. Por eso, tiendo a pensar que el mayor premio de escribir no es otro que poder seguir escribiendo. Y, sin embargo, nunca faltan añadiduras que parecen empeñarse en redondear la fortuna de este oficio.

 Pompa y circunstancia

Soy testigo de ello. Hace pocas semanas que salió este libro que, el otro día, en redes sociales, vi muy delicadamente definido como «un tochaco de tres pares». Desde entonces, han abundado los motivos para el agradecimiento. Las reseñas han sido muy amables. La acogida ha sido también muy favorable. No han faltado los testimonios de aprecio de gentes que uno no conoce. Y sin embargo, lo más significativo de todo ha sido sentir el aprecio y la alegría de aquellos a los que uno sí conoce.

Muchas de esas personas estáis aquí esta tarde. Sois mis padres, mi familia, mis amigos más viejos o más nuevos. Sois quienes, en los medios, en la cultura o la escritura, me habéis brindado vuestra compañía y vuestra afinidad y, en algunos casos, incluso vuestras reseñas. Y también sois mis compañeros en el trabajo, y mis superiores Jorge y Alfonso: buenos amigos todos cuya valía me ilustra y cuya confianza me honra cada día. A todos, mis más sentidas gracias por vuestro respaldo y, por supuesto, por vuestra presencia hoy en La Central.

Cualquiera que se sintiera tan bien acompañado como yo lo estoy hoy, ya tendría problemas para dominar su contento. Pero ocurre además que esta tarde se han dicho palabras muy amables sobre Pompa y circunstancia y sobre mí. Es verdad que esas alabanzas violentan mi natural modestia. Pero las agradezco mucho, porque si hay algo que se agradece más que un elogio, es un elogio exagerado como los que aquí se han dicho.

Los antiguos ya supieron ver que, como dice la cita, todos los libros tienen su destino. Y de Pompa y circunstancia ya puede decirse que ha tenido un destino muy feliz: prueba de ello está en las personas a las que ha reunido y en las que han accedido, con tanta amabilidad, a presentarlo.

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De derecha a izquierda, D. José María Lassalle, Secretario de estado de Cultura; Ignacio Peyró; D. Simon J. Manley, embajador de Gran Bretaña, y Javier Jiménez, editor de Fórcola.

No puedo, por ejemplo, referirme a mi editor, Javier Jiménez, sin un reconocimiento expreso. Desde luego, por incluir mi libro en un catálogo donde constan figuras tan queridas del ayer como Azorín o Baroja, y lúcidos ensayistas de hoy como Fernando Castillo o Blas Matamoro. Pero también por un rasgo inhabitual en el mundo de la edición: para tener hoy Pompa y Circunstancia entre las manos, no han hecho falta más complicaciones que un par de comidas, un par de cafés y una docena de correos electrónicos.

Me quedaría corto, sin embargo, si me limitara a agradecerle a Javier las facilidades y, ante todo, la convicción que ha puesto en este libro. Porque, con su trabajo editorial –y esto es lo verdaderamente importante-, Fórcola no hace sino delimitar un terreno por completo ajeno a la vulgaridad que tantas veces nos acosa. Y porque mucho de lo que subsista de nuestro humus cultural en estos años se va a deber a que él y otros como él no se resignan a ver perecer el valor moral de la palabra. Muchas gracias, por tanto, Javier, por tu presentación y por todo.

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El editor Javier Jiménez (Fórcola) junto al embajador de Gran Bretaña Simon J. Manley

De todas las personas que estamos en esta sala, sólo hay una que puede decir, como James Bond, que trabaja «al servicio de Su Majestad»: se trata, por supuesto, del embajador Manley. Un gran diarista y diplomático británico, Harold Nicolson escribió que, en sus mejores encarnaciones, los miembros de la carrera serán siempre ejemplos bien acabados de «educated gentlemen». Y debo referir que, sólo con la maravillosa carta que me remitió el embajador para agradecer el envío del libro, ya tuve ocasión para comprobar la verdad de dicha observación y su feliz aplicación en este caso.

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El embajador de Gran Bretaña Simon J. Manley en un momento de su intervención, junto a Ignacio Peyró

Es un honor tener hoy al señor Manley con nosotros. Lo es, naturalmente, porque ser embajador del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte figura entre esas cosas que, por decirlo con una atenuación muy británica, nunca han sido menores. Y si esto se aplica a los atolones más remotos o a las repúblicas más impronunciables, ser embajador británico nada menos que en España revela tanto el peso de su cargo como la distinción de su carrera. Yo quería agradecer al embajador Manley su presencia aquí esta tarde: es un gesto generoso, y una demostración más de que España siempre rimará con Gran Bretaña.

José María Lassalle es miembro del Gobierno y, por tanto, es muy fácil conocerlo; a cambio, resulta mucho más difícil abarcarlo. Yo, desde luego, no puedo menos que pasmarme porque haya sido capaz de sumar con éxito y congruencia tantas vertientes: la gestión pública y la curiosidad intelectual, el rigor académico y el compromiso político, la trayectoria universitaria y la escritura periodística, la estima por la gran tradición centroeuropea y, a la vez, un conocimiento excepcional de Gran Bretaña, como demostró con ese hito de erudición que es su libro Liberales. Hoy y siempre, hablamos sin parar de la relación compleja de los intelectuales con la política, pero –como se puede ver- no hace falta remontarse a tiempos de Gladstone para hallar el ejemplo de un diálogo fecundo.

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D. José María Lassalle, Secretario de Estado de Cultura, en un momento de la presentación, junto a Ignacio Peyró

En la modestia en que me sitúa la comparación, uno comparte no pocos referentes intelectuales y políticos con el señor Lassalle, de Raymond Aron a Isaiah Berlin, pasando por ese maestro que es nuestro Valentí Puig. A resultas de esta complicidad, es todo un honor tener con nosotros al Secretario de Estado de Cultura, ciertamente. Y, al mismo tiempo, es una alegría tener aquí a un amigo que se ha destacado tanto en el cultivo de esas antiguas pasiones que son el leer y el escribir. Muchas gracias, por tanto, a José María Lassalle.

Desde que se publicó Pompa y circunstancia, algunas personas han visto el libro, han comprobado que es «hermoso», y me han hecho una pregunta: ¿por qué?

Por supuesto, yo no voy a negar en ningún caso que meterse en un libro de más de mil páginas sea un acto de grave insensatez. Es la pérdida de un tiempo precioso que uno podía haber aprovechado para hacer Pilates o aprender caldeo. Y, desde luego, cuando te ves a ti mismo recopilando bibliografía sobre mermelada de naranja, o soñando noche tras noche con el primer ministro Harold Macmillan, no es difícil que surja una voz interior para decirte: «¿qué estás haciendo?» Y la verdad es que no siempre sabe uno bien qué responder.

Hay otra pregunta, en cambio, que tiene una respuesta más sencilla: cuando a uno le plantean «¿por qué un libro sobre Inglaterra?», siempre se puede replicar que por qué no. Al fin y al cabo, no estamos hablando de una monografía –como rezaba un célebre artículo del Economist- sobre la producción de remolacha en la Unión Aduanera Alemana. Nada de eso. Hablamos de una cultura de alcance global. De un país que figura eminentemente en nuestro imaginario y con el que todos tenemos una relación de corte personal. De una civilización que ha sido admirada hasta el mito y que, más amada o menos amada, a todos nos ha enriquecido, de la prensa libre a la monarquía parlamentaria, del Lago Victoria a la jardinería paisajística o los trajes de marinerito de la Primera Comunión. Por tanto, como proclamó Morand sobre Venecia, uno permanece por completo inmune al sonrojo de escribir sobre Inglaterra.

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Lleno absoluto en la librería La Central de Callao, en la presentación de Pompa y circunstancia

En cuanto a la pregunta sobre «qué es Pompa y Circunstancia», quizá resulte más útil usar la vía negativa y decir lo que no es. Pues bien, Pompa y circunstancia no es un Atlas topográfico, sino un Diccionario sentimental con vocación literaria. No sueña con encerrar toda la cultura británica en un volumen, sino con ofrecer fogonazos elocuentes de esa cultura. No trata de que nada falte o nada sobre, sino de aportar un aire de lo inglés. Y no aspira a la perfección, sino a un cierto encanto. Un gran crítico francés cifró su propósito en «leer cosas grandes y escribir cosas agradables». Es lo que a uno le ha guiado siempre al atacar el teclado, y también al escribir Pompa y circunstancia.

En el mejor de los casos, la escritura tiene una virtud: hacernos pasar de la imagen al pensamiento, de la sensualidad a la idea. Uno no puede presumir de haber conseguido tal cosa. Pero sí puedo decir que me he esforzado en intentar dejar un rastro de las materialidades de lo inglés. Son esos fogonazos que comentaba. La curvatura inimitable de una tetera dieciochesca. Las tardes de verano con un Pimm’s. El clasicismo tan plácido y humano de una casa georgiana. Las calles más oscuras de Londres hacia 1890 y el gentleman que, tapizado de linos, pone un pie en el puerto de Nápoles. Ojalá este libro diera fe de esa sedimentación sentimental, de tantos pecios capaces de hacernos entrever un mundo: El bateo que rompe el silencio en un partido de cricket. El verbo de trueno de Burke en ese Parlamento que encierra una historia de la libertad del hombre. La evocación de dos simples palabras: «jardín inglés». Y esos fragmentos de civilización que brillan en la peluca de un juez o la cabecera del Times. Esta es la Gran Bretaña que uno quería transcribir. Y si alguien alega que muchas de esas cosas son cosas del pasado, habrá que responder que Inglaterra es la tierra donde el pasado menos muere.

También me han preguntado en este tiempo –y por eso creo útil responderlo aquí- por las dificultades que me he encontrado al escribir el libro. Me  gustaría mucho poder adornarme y decir que ha sido un vía crucis atroz y un tormento cruel. Sin embargo, debo confesar que no lo he podido pasar mejor. Hablo, por supuesto, de una diversión que no está en el mismo orden ontológico que ver caer la tarde sobre Honolulu o darlo todo en una caseta de la Feria de Abril. Es un entretenimiento más laborioso. Sin embargo, la escritura ha sido un placer, quizá porque he intentando aplicarme el consejo de Disraeli, y he escrito el libro que me apetecía leer.

En honor al trabajo hecho, o al menos para no asustar a los posibles lectores, tengo que decir, sin embargo, que este libro ha querido ser algo más que la tramitación de un capricho. Eso, quizá, hubiera dado para un librito gracioso, de pocas páginas y de pocos meses, con unos cuantos excéntricos, unas cuantas anécdotas y unos cuantos Lores que siempre decoran. Pero ni me parecía adecuado el mero divertimento, ni me parecía honesto trasladar prejuicios personales en vez de conocimientos contrastados.

El mayor esfuerzo –inevitable en este «libro de libros»- ha sido, por lo tanto, el de documentación y bibliografía, donde honradamente creo que he tenido el rigor más fastidioso del que he sido capaz. Y después ya no toca sino aplicar la pericia del oficio: trasladar esa dureza del contraste bibliográfico, a ser posible, en una prosa placentera, con un punto de ritmo y de sorpresa intelectual. En definitiva, se trataba de retomar ese viejo ideal de la amenidad: mezclar lo útil con lo dulce, lo sesudo y lo ligero; seducir al profano sin ofender al cátedro. Por decirlo brevemente, escribir un libro dotado a la vez –ojalá- de amabilidad y de sustancia. Como exención de responsabilidad, diré que uno controla su intención, pero no controla el resultado.

 

La última de las cuestiones que suele provocar curiosidad tiene que ver con algo muy sencillo: qué ama uno tanto en Gran Bretaña como para haberle dedicado tanto tiempo.

Es verdad que Inglaterra no es el país más sencillo de aprehender. No es sólo que conduzcan al revés o que consideren una delicia el sándwich de pepino. Es el pueblo de los soldados más aguerridos y de los estetas más delicuescentes. El de mayor fervor monárquico y el menos transigente con el abuso de poder. El de los infinitos jardines y los interminables suburbios. Podrían aducirse mil ejemplos, sin que falte la mención especial –por supuesto- al león y al unicornio de su escudo. Pero Augusto Assía, a quien he tenido la fortuna de prologar, ve justo ahí el arte mayor de la virtud de Inglaterra: el haber convertido sus propias contradicciones «en eslabón de su unidad, haciéndola comodín para el juego de la convivencia, la transacción y la armonía».

Esa soltura, esa elasticidad, ya son motivo de admiración. Y no dejan de impregnar aquello que –dentro o fuera de Inglaterra- uno más aprecia: las letras y el juego institucional de la política. Pero cómo no admirar otros muchos rasgos de lo inglés. La relevancia del carácter. La referencia de la libertad no a nociones abstractas, sino a vivencias y experiencias concretas y arraigadas.  El apego a las instituciones. Un tipo humano definido por la contención, la oblicuidad y la ironía. La libertad interior como fuente para el arte y el pensamiento, y esa magnífica apertura por la cual una cultura puede importar el curry o el arte pompeyano, rebautizarlos y hacerlos propios. La importancia, también, de una educación basada en lo libresco. O la búsqueda, como gran propósito nacional, de clases dirigentes intachables: aquel ideal gentlemanesco marcado por todas esas virtudes que podemos condensar en el «fair play». Y, ante todo, uno venera el sentido de la continuidad de un país donde, como escribió uno de esos raros franceses anglófilos, «las reformas se superponen a las instituciones y el presente, apoyado sobre el pasado, lo continúa».

Quién sabe si observar estas cosas no se ha convertido en algo extraño. Sin embargo, rara vez lo fue. De Voltaire a Churchill, el aprecio por lo británico ha sido una constante en el continente y más allá del continente. John Lukacs señala que ese prestigio fue «un fenómeno casi sin igual en la historia de la humanidad», y lo fue por abordar a la vez tanto los aspectos sociales y culturales como los políticos. Por eso sigue habiendo una anglofilia que tiene que ver con las corbatas, desde luego, pero también –y ante todo- hay una anglofilia que tiene que ver con una cierta idea de la libertad. Ni siquiera son pasiones excluyentes o lejanas. Y quienes todavía nos hemos formado en ese amor por Inglaterra, no podemos menos que compartir, como también dice Lukacs, «el respeto y la pasión por los ideales que representaban lo mejor de la civilización mundial». Los mismos que la cultura inglesa encarnó en su día y cuya seducción y grandeza perviven hasta hoy.

 Termino ya, amigas y amigos.

Un escritor canadiense, Robertson Davies, de no poca impronta británica, afirmaba que, de todos los motivos posibles para leer, el del placer era el más determinante. Creo que eso bien puede aplicarse a la escritura, que no deja de ser, por decirlo con Shakespeare, un «trabajo de amor».

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El autor, en el momento de las dedicatorias

En estos diez años que uno lleva ya escribiendo, ha tocado escribir mil y un artículos, columnas, perfiles, entrevistas y reseñas: de todo, salvo –por el momento- prospectos farmacéuticos y cartas pastorales. Incluso he escrito no pocos libros de encargo. Pero sólo ahora tengo uno con el nombre en la portada.

No estaría mal que quedase, quizá, como uno de esos libros inclasificables, uno de esos «raros y curiosos» que los libreros nunca saben dónde colocar pero que sus pocos lectores saben siempre dónde tienen. Aunque tal vez eso sea demasiado pedir. Porque Pompa y circunstancia ya me ha dado las mayores alegrías que podía darme: la primera, veros a todos hoy aquí; y la segunda, demostrar por fin que, durante todo este tiempo, no he estado jugando al Tetris en mi cuarto.

Muchas gracias.

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