Inglaterra: la frontera y el mito

Fórcola en La Central de Callao
Momento de la presentación de “Pompa y circunstancia”, de Ignacio Peyró, en La Central de Callao. De derecha a izquierda: D. José María Lassalle, Secretario de Estado de Cultura; Ignacio Peyró; D. Simon J. Manley, Embajador de su Majestad Británica en España, y Javier Jiménez, editor de Fórcola.

[Palabras de presentación de Pompa y circunstancia, de Ignacio Peyró, en la librería La Central de Callao, de Madrid, el miércoles 14 de enero de 2014.]

Permítanme que, como palabras iniciales para presentar el libro de Ignacio Peyró, Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa, comparta con ustedes estas palabras que he titulado «Inglaterra: la frontera y el mito», y que no pretenden ser sino unas breves y muy personales «confidencias de un gato madrileño sobre mitomanía inglesa». El cuidado, artesano y pausado proceso de edición del libro de Ignacio Peyró en Fórcola, la editorial que es mi casa y mi nave, mi reino y mi castillo, me predispusieron durante semanas a revisitar el peso específico que lo «británico» y «lo inglés» representaban en mi imaginario, en las tres dimensiones que conforman mi «ser en el mundo»: primero como lector, pero también como cinéfilo y melómano.

 

Mis primeros recuerdos lectores se remontan a una Inglaterra casi mítica, no la del rey Arturo y sus caballeros de la mesa redonda, pero sí a la legendaria de Ricardo Corazón de León, tras su huida del castillo de Dürnstein, donde lo retenía prisionero el archiduque de Austria, Leopoldo V. Ricardo, a su regreso del cautiverio, recibirá la ayuda de los rebeldes del Bosque de Sherwood, capitaneados por Robin de Locksley, y del simpar caballero sajón Wilfredo de Ivanhoe. Juntos lograrán derrotar al temible Juan sin Tierra. Sir Walter Scott, un escocés, fue quien me inició en mi amor por lo que esta tarde denominaré «mitología inglesa» [No se pierdan las al menos 10 referencias que dedica Peyró en su diccionario a Sir Walter Scott, uno de los más de 1600 nombres que cimentan el índice onomástico de Pompa y circunstancia, finalmente, un diccionario dentro de otro diccionario.]

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Curiosamente fue otro no inglés, esta vez un francés, Jules Verne, quien cimentó definitivamente aquella mi primera fascinación por los ingleses. Phileas Fogg, excéntrico y escrupuloso amigo de la puntualidad en su vida privada, me cautivó en su vertiginoso viaje de vuelta al mundo en 80 días, y me descubrió el significado de lo británico, personificando la quintaesencia de un verdadero caballero inglés. [No se pierdan la mención que Ignacio Peyró dedica a Jules Verne, curiosamente unida a Gibraltar, y mi comentario no tiene segunda intención alguna.]

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La literatura dio paso al cine, en la construcción del valor de lo «británico» en mi imaginario juvenil. En mi recuerdo se suceden los personajes de maravillosas películas como Las cuatro plumas, en la versión del director Zoltan Korda (1939), cuyo guión se basó en la novela de Alfred Edward W. Mason; Tres lanceros bengalíes, dirigida en 1934 por Henry Hathaway, y protagonizada por Gary Cooper; Gunga Din, inspirada en el poema de Ruyard Kipling, dirigida en 1939 por George Stevens, e interpretada por Gary Grant; o, quizá mi preferida, Beau Geste, también de 1939, dirigida por William A. Wellman, basada en la novela homónima de Percival Christopher Wren.

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Todas estas películas, que tienen un lugar privilegiado en mi videoteca, todas ellas, y muchas más, de las que ahora no tengo tiempo de hablarles, pertenecen a un género muy concreto, el cine de frontera, y en ellas me deleité con las glorias del Imperio Británico, me estremecí con los gestos de valentía de sus protagonistas, y como en el Ivanhoe de Walter Scott, descubrí al «héroe», ese ser excepcional al que admirar e intentar imitar. [Hablando de cine, de héroes y de actores, no se pierdan la referencia de Ignacio Peyró en su diccionario al actor (y trasunto de espía) Leslie Howard, rescatando un asunto ya mencionado por Burns Marañón, éste anglo metido a hispanomaníaco, al que  Peyró recuerre en varias ocasiones en su tomazo. Leslie Howard, quien interpretó el papel protagonista en la película La pimpinela escarlata, dirigida por Harold Young en 1934, basada en la novela de la Baronesa Emma Orczy, y en la que podemos leer descrita a Inglaterra –según recoge Ignacio Peyró en su introducción– como «la tierra de la libertad y de la esperanza».]

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Los imperios, como el británico, se forjaron a base de esos héroes, y precisamente en sus fronteras, pues en la frontera es donde uno da lo mejor (y a veces, lo peor) de sí mismo. No nos tenemos que remontar a la antigua Roma para confirmar que es en la frontera donde todo imperio forja su leyenda, se enfrenta a sus contradicciones, intenta contener y frenar a los bárbaros, lucha denodadamente contra sus fantasmas, y finalmente ve confirmada o, por el contrario, quebrada su razón de ser. El Imperio británico no fue una excepción. Pero en aquellas películas, donde soldados valientes luchaban codo con codo inspirados por el honor, la camaradería, la fidelidad al ideal, y por supuesto el sentido del humor, inquebrantable al desaliento, se consolidó aún más mi admiración por lo británico. Recordemos aquí y ahora los hermosos versos de Tennyson, puestos en boca de Ulises, el héroe homérico, que recogen este espíritu:

 

«Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan; es posible que demos con las Islas Venturosas, y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos. A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar de que no tenemos ahora el vigor que antaño movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos: un espíritu ecuánime de corazones heroicos, debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida a combatir, buscar, encontrar y no ceder».

 

[No se pierdan las más de veinte referencias y menciones que Ignacio dedica al gran poeta Tennyson.]

El recurso a la Grecia clásica, en definitiva, al mito, lograron que Inglaterra trascendiera la frontera, y que el Imperio se consolidase en el imaginario colectivo, logrando un horizonte de sentido. La frontera constriñe y nos recuerda la caducidad de nuestros pasos por este mundo. La frontera, como el espejo, nos devuelve una imagen de nosotros mismos que no tiene por qué gustarnos. Por eso Alicia traspasó el espejo, para descubrir un mundo más allá de sí misma, del otro lado de sus pesadillas y sus sueños, donde paradójicamente, encontrarse a sí misma. El horizonte, frente a la frontera, nos libera de nuestros prejuicios y nos invita al viaje, a caminar al encuentro del otro, que nos constituye como un yo frente a un tú. Inglaterra logró la inmortalidad gracias al mito: conservadora y fiel a su tradición y sus recuerdos, ha sabido preservar su mitología y dotar de un sentido trascendente a unos iconos que hacen rozar la leyenda en ese imaginario colectivo. El mito de Eneas quedó definitivamente asimilado al panteón inglés gracias al sublime lamento de Dido, llevado a la partitura por el gran Henry Purcell:

«Cuando yazca en tierra,

que mis errores no causen

cuitas a tu pecho; recuérdame,

pero, ¡ay!, olvida mi destino».

 

El abismo de la frontera, de la pérdida, de la ruptura, en definitiva, de lo caduco de nuestra existencia, confirma la necesidad del mito, y es en el mito donde Inglaterra logra su inmortalidad.

 

Finalmente llego a esa tercera dimensión de estas mis breves confesiones de lector, cinéfilo y, ahora sí, melómano. Los nombres de Henry Purcell, Hubert Parry, Benjamin Britten, Sir William Walton, Gustav Holst, Vaughan Williams, Edward Elgar, y muchos más, resuenan en mi mente y conforman desde hace años una buena sección de mi discoteca.

 

Precisamente fue Vaughan Williams quien compuso una de sus mejores sinfonías, la séptima, bautizada como Sinfonía antártica, en memoria de uno de los grandes protagonistas de la exploración polar, Robert F. Scott, que con su gesta y su trágico final, se convirtió en uno de los hitos más importantes del panteón de los héroes ingleses. Es ahora, entre 2014 y 2016, cuando celebramos también el centenario de la expedición del Endurance, el buque rompehielos en el que se llevó a cabo en 1914 la Expedición Imperial Trans-Antártica, al mando de Sir Ernest Shackleton al Polo Sur, y en la que aquellos hombres demostraron su valor y coraje en la deriva de casi dos años atrapados en el hielo. De nuevo lo extremo y lejano, esta vez en la desoladora Antártida, es donde aquellos ingleses demostraron lo que valían, enfrentándose precisamente a la última frontera, la muerte: Shackleton y sus hombres vencieron al frío, a la desolación y al hielo; Scott, víctima de todo ello, no obstante dio testimonio hasta el final de su valentía y generosidad, de su camaradería con sus hombres, de su amor a su país:

 

«Si hubiéramos vivido, habría podido contar una historia que hablase de la audacia, la entereza y el coraje de mis compañeros que habría conmovido el corazón de los ingleses. Tendrán que ser estas improvisadas notas y nuestros cadáveres los que la cuenten».

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Las historias de Scott y Shackleton, gracias al buen hacer del científico Javier Cacho, ocupan un lugar de honor en el catálogo de Fórcola.

 

Pompa y circunstancia, de Ignacio Peyró, rinde homenaje al imaginario inglés, y lo hace con un título más que premeditado. El lector avispado sabrá detectar al primer golpe de vista el guiño musical de este título. Originalmente fue tomado del acto III de Otello, de William Shakespeare:

 

«Adiós al relincho del corcel de batalla, al tambor que conmueve el espíritu, al pífano que perfora los oídos, a la bandera real y todas sus cualidades, orgullo, pompa y circunstancia de la gloriosa guerra».

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De los compositores ingleses, quizá Edward Elgar supo plasmar en un pentagrama la quintaesencia musical de un Imperio, o mejor, el alma sonora que latía en la cultura británica. Pompa y circunstancia nº 1, una marcha que desde su estreno, el 1 de marzo de 1901, ha gozado de una popularidad solo igualable a la Marcha Radetzky, de Johan Strauss, resume en sus compases briosos ese espíritu que convirtió a una nación en un Imperio, y a un país en una leyenda.

 

Les ruego me disculpen desde ya por haber compartido con ustedes estas «confesiones de un gato madrileño sobre mitomanía inglesa». Aunque no puedo hacer mías las palabras «Yo siempre fui de Inglaterra», escritas en una reciente entrada de su blog por Amelia Pérez de Villar, autora del forcoliano y exquisito ensayo Dickens enamorado. Una biografía sentimental, sí creo haber dejado constancia aquí, esta tarde, de mi admiración por lo inglés y lo británico, al menos en estos breves e impresionistas recuerdos. Pero sobre todo, quería compartir con ustedes mi admiración por el hermoso y ponderado, elegante y sofisticado a la vez que humorado y ligero (por ameno) libro/ensayo/diccionario/tomazo/vademécum de lo inglés escrito por Ignacio Peyró.

 

Solo pretendía ponerles en situación, dar un golpe de efecto para captar su atención, al modo como William Turner decidió dar una pincelada final a su marina, Barcos Helvoetsluys saliendo al mar (1832), pintando sobre las olas una especie de mancha bermellón, a modo de boya, transformando su obra y ganando por la mano a la marina de su rival John Constable: La apertura del puente de Waterloo visto desde Whitehall Stairs, 1832.

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En definitiva: ¿No será, pues, Inglaterra un mito? Si es así, su fuerza, como la de los mitos, es y será indestructible. Como apunta Ignacio Peyró en su libro, «real o elaborada, a lo largo de la historia, Inglaterra ha sido admirada hasta el mito, sin olvidar sus contradicciones: el país más liberal y el más conservador, Inglaterra, cuna del pragmatismo, nació con el ciclo artúrico». Quizá sí, sea un mito, o, si prefieren, también con Elgar, un «enigma». Precisamente sus Variaciones enigma son la cumbre musical que mejor plasma lo legendario, literario y mitológico de la cultura inglesa.

 

Para desvelar parte de ese enigma, Ignacio Peyró ha dedicado el último lustro de su vida

a leer, investigar, documentarse y empaparse de toda esa pompa y circunstancia inglesa. Fruto de su trabajo es este voluminoso, seductor, brillante e inteligente Diccionario sentimental de la cultura inglesa, que esta tarde presentamos en La Central de Callao.

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