La imbecilidad de la caverna

gomezdelaserna
Ramón Gómez de la Serna en su estudio en Madrid, antes de la Guerra Civil

En la cueva se vive bien. Luego me explicaré, pero en la cueva se vive bien, o al menos es lo que se empeñan en que creamos. Por eso echan de las clases a Platón (y las Humanidades), pero convierten la apertura de un centro comercial de ropa de bajo coste en un acontecimiento casi histórico, que ocupa espacio y tiempo en las cabeceras de los periódicos, en los medios y en las redes sociales. Ha sido esta semana, en Madrid. Algunos aprovechan la coyuntura política para llamarnos imbéciles a los madrileños, como si todo esto tuviese que ver con los nacionalismos y las identidades locales, y resucitan así el viejo y caduco discurso de aquellos idealistas románticos que convirtieron la antropología en asunto de caracteres, fisonomías y nacionalidades. Uno de ellos fue Kant, pero en España ha habido alguno más. El discurso es simple, y estos días se ha escuchado mucho: los andaluces son tal y cual; los catalanes en cambio son tal y cual, y los peores de todos son los castellano-manchegos, que son tal y cual.

Esta semana, por culpa de este nuevo centro comercial en plena Gran Vía madrileña, se ha vuelto a repetir la cantinela. Sí, soy madrileño, y coincide que estos días ando leyendo sus libros y asistiendo al ciclo de conferencias que el Centro Cultural Conde Duque dedica a la vida y la obra de Ramón Gómez de la Serna, RAMÓN, uno de los escritores que más páginas ha dedicado a la ciudad, villa y corte.  Ramón en sus ciudades, aglutina las voces de Ioana Zlotescu, Fernando Castillo, Juan Manuel Bonet, Juan Bonilla, Blas Matamoro y Damián Flores. No se lo pierdan. Pero no les vengo a hablar de Ramón, sino de la imbecilidad.

Calificar a los madrileños de estúpidos e imbéciles por las colas kilométricas que han formado para, tras espera de largas horas, poder entrar en ese centro comercial, me parece que no aborda el fondo del asunto. ¿Nos hemos vuelto imbéciles los madrileños? Si repasase la memoria eviterna de Internet posiblemente descubriría que semejante suceso se ha repetido en todas las ciudades donde se ha inaugurado aquella macrotienda. Ni el mundo se acaba mañana, ni los madrileños nos hemos vuelto locos. Quizá todo esto tenga que ver más con un comportamiento propio de la tribu, que decide participar de este «evento» con tal de poder decir después aquello de «yo estuve allí».

Ojo con la imbecilidad porque, como la ignorancia, es un arma poderosa: tiene el poder de convocar, de unificar a la masa, de calmarla, de edulcorar su conciencia haciéndola partícipe de algo más grande que ella, donde uno logra sentirse parte del grupo. La tribu ignorante e imbécil es emocional, sensible, y responde como un todo a este tipo de reclamos que la adulan y la consuelan. La imbecilidad, no nos engañemos, como la ignorancia, trata bien a la tribu: apenas le exige nada y le da todo, no descrimina por razones de género, edad, condición social, o algo tan peregrino como la religión, la filiación política o la nacionalidad.

Concluyamos que la imbecilidad, como la ignorancia, es el arma democrática más poderosa y, atentos a esto, la más peligrosa: impide por todos los medios que usted piense. Sí, en la caverna se está bien, nunca se está sólo, y siempre pasa algo entretenido. La única condición que se requiere es que usted sea un imbécil y un ignorante, sea usted o no madrileño.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Carrito de compra