Leer sin fundamentalismos librescos

Por Juan Domingo Argüelles*

Bertrand Russell nos avisó que «sólo puede sernos útil lo que verdaderamente nos interesa». Es una gran verdad que, muchos años después, Ernesto Sabato complementó del siguiente modo: «Sólo se aprende aquello que virtualmente se necesita».

Pero en la sociedad actual, ávida de clientelas y clientelismos, son muchos los afanes y propósitos insistentes en desvirtuar nuestra jerarquía de necesidades para hacernos creer que la aglomeración es mejor que el discernimiento. En esto se basan los mecanismos del espíritu consumista, sea para coleccionar bienes raíces, automóviles, trajes, postgrados, representatividades académicas, prestigios y, en ciertos casos, libros y lecturas.

Paul Valéry decía que lo esencial no es encontrar, sino incorporar a la vida aquello que se ha encontrado, y es obvio que no todo lo que encontramos en nuestro camino es digno de ser incorporado a nuestra existencia. Quienes creen que la superioridad radica en la acumulación «intelectual» tienen el previsible convencimiento de que el diploma es educación, la información es conocimiento, y el saber, sabiduría. La creencia final en la que desemboca esta falacia es pensar que se tiene una indudable supremacía moral (el Poder del Saber) si en nuestra persona se acumulan más diplomas y credenciales, más información, más datos y más libros leídos.

Hay en este esquema de convicciones no sólo una ausencia de reflexión, sino algo peor: una carencia de ética, detrás de un discurso ilusorio; porque el beneficio de la lectura es siempre otra cosa, y si no queremos convertir el noble deseo del aumento de lectores en una grosera apología de la Supremacía Libresca, es justo pensar en una ética y en una poética de la lectura; esto es, en un ejercicio consciente y sensible, inteligente y emotivo, que nos lleve a situar en su justo sitio, más allá de mitologías cultas y culturalistas, el lugar que ocupa la lectura en nuestro entendimiento y en nuestro espíritu.

Hemos venido haciendo de la lectura, y especialmente de la lectura de libros, una intemperancia lombrosiana que suele rayar en el fundamentalismo. Queremos convertir un placer en religión, y por ello estamos convencidos de que aquellos que no pertenecen a nuestra Iglesia (los iletrados, los no lectores, los lectores de trivialidades, etcétera) constituyen un peligro para nuestra seguridad. Llenos de prejuicios hemos llegado al extremo de sacar la falsa conclusión de que quien no lee (y sobre todo quien no lee lo que nosotros leemos) está siempre más cerca de la maldad, el delito y la estupidez. Ya casi podemos distinguir, racialmente, a los lectores y a los no lectores, tal como distinguía Lombroso, a partir de sus rasgos fisonómicos, a los buenos y a los malos, a los virtuosos y a los criminales. Por lo demás, como ha escrito Chomsky, cuando creemos que, por sus características o defectos, la gente es malvada, siempre sentiremos que transformarla, sin importar los medios ni su opinión, es hacerle un favor. A esto hemos llegado, producto de nuestro noble afán bibliográfico y bibliófilo. En lugar de moral, tenemos moralismo; en lugar de análisis, fanatismo.

El narrador y ensayista colombiano William Ospina nos recuerda lo siguiente: «Alguna vez Chesterton afirmó que todos aquellos que, como Lombroso, pretenden encontrar en los tipos raciales una explicación de las conductas criminales, todos los que pretenden deducir la moral por la fisonomía, han llegado siempre a la misma conclusión: que todos los criminales tienen cara de pobres. Con ello quería advertir cuán fácil es que los teóricos se dejen engañar por sus propios prejuicios y no sepan buscar las causas de los fenómenos en el sitio correcto».

Muchos no lectores tienen también cara de pobres, porque la pobreza está casi siempre asociada a la falta de oportunidades culturales y educativas, pero de esto no podemos inferir conclusiones morales. Así como leer los mejores libros no nos blinda automáticamente contra el mal (y esto ya está lo suficientemente evidenciado), del mismo modo, no leer libros no nos precipita, irremediablemente, a la maldad y al crimen. Hay que dejar a un lado, ya de una buena vez, estas mitologías letradas que tienen como modelo autocomplaciente nuestra propia persona.

Aunque el poder económico no lleve necesariamente a los libros, y haya toda una constelación no lectora de ricos y millonarios, es obvio que resulta más fácil ser lector si se posee un buen nivel adquisitivo (que se traduce también en otros satisfactores), que serlo cuando nuestra situación económica es precaria. Una muy significativa cantidad de no lectores está constituida, antes que nada, por pobres, a quienes el libro no les importa en absoluto, porque, por principio, no forma parte de sus necesidades vitales; otra abundante proporción de no lectores es la de los ricos, que simplemente sonríen cuando alguien les dice que leer los hará mejores, pues ellos creen que ya son mejores y que, para serlo, no han necesitado mucho de los libros. En el caso de los universitarios y profesionistas, de los que ya nos hemos ocupado en todo un capítulo de un libro nuestro, son muchos los que tienen capacidad económica para adquirir libros y, sin embargo, no los adquieren porque saben muy bien que no son los libros leídos, y asimilados, los que les abren las puertas de los empleos, sino los títulos académicos y las buenas relaciones.

Si hablamos con la verdad y nos dejamos de falsas inferencias, tendremos más oportunidad de entender a los demás y de que los demás nos entiendan; pero, sobre todo, de entendernos a nosotros mismos como entusiastas proselitistas de la lectura. «Para empezar, desconfiemos de las mitologías», nos aconseja buenamente José Antonio Marina. Recurrimos a las mitologías porque le tenemos pavor a la verdad. Nos aterra pensar que todo este tiempo hemos estado suscribiéndonos a simples creencias que no podemos explicar. Bertrand Russell asegura, y es difícil desmentirlo, que «el miedo es la principal razón de que la gente se resista a admitir los hechos y esté tan dispuesta a envolverse en un cálido abrigo de mitos».

Lo que ya sabía Montaigne en el siglo XVI no se ha modificado en absoluto: se puede ser a la vez tan eruditos como infelices. Desde luego, reconocer que la educación, la cultura y la lectura no nos han dado necesariamente felicidad, resulta terriblemente difícil para todos aquellos que durante mucho tiempo han creído que el bienestar económico y el alto nivel escolar y cultural podían equivaler a la felicidad. En realidad, no estudiaron ni leyeron para ser felices, sino para acumular información, saber y bibliografía, tener éxito profesional y económico y alcanzar aquellas cosas colaterales a la profesión. Hoy podemos observar la manera en que cada quien lucha por conservar su trabajo, aun contra todo escrúpulo, pero ¿en dónde queda todo lo demás que, literalmente, es la vida?

Giacomo Leopardi supo una verdad que de tan meridiana parece una simpleza: «El verdadero objeto de la vida es la vida». Ojalá pudiéramos comprenderla en toda su profundidad. La vida aspira a la felicidad, y sólo cobra sentido cuando la busca. Así como para el artista su finalidad no puede ser el arte por el arte mismo (que es una pobre ocupación exangüe), la finalidad de los lectores no puede ser simplemente la lectura de libros, la acumulación de lecturas. Leemos, en todo caso, para tratar de ser más felices, y si lo hacemos (como dicen orgullosos o despectivos algunos técnicos) sin placer o sin necesidad de placer, entonces no es mucho lo que podemos defender esta actividad y es absurdo que nos esforcemos en proponerla a los demás como algo trascendente.

Russell escribió: «En mi opinión, muy pocas personas eligen deliberadamente la infelicidad si ven alguna manera de ser felices. No niego que existan personas así, pero no son bastante numerosas como para tener importancia. Por tanto, doy por supuesto que el lector preferiría ser feliz a ser desgraciado». ¿Y cómo lograr la felicidad si no es a través del placer, de la satisfacción, de la suma de alegrías con las que emprendemos y concluimos cada uno de nuestros actos?

Como bien afirma Comte–Sponville, casi todos buscamos la felicidad desesperadamente. Hay felicidad en el saber, en el hacer, en el buscar y por supuesto en el encontrar. Incluso en el ejercicio especulativo del no saber hay esa felicidad de poder dar, algún día, inesperadamente, con algo que intuimos o sospechamos. Si la gente tuviese que elegir entre la felicidad y el sufrimiento, seguramente no elegiría lo segundo, y aunque en ciertos momentos de nuestra vida todos somos en algún grado desdichados y nos envolvemos en un manto de ilusiones, «lo esencial ―a decir de Comte–Sponville― es no mentir y, antes, no mentirse. No mentirse sobre la vida, sobre uno mismo, sobre la felicidad».

Si alguien miente descaradamente cuando dice que no siente placer al leer un libro que le gusta o le interesa, o si alguien miente también cuando dice que experimenta un gran placer al leer un libro que aborrece, ¿cómo saberlo nosotros? Sólo ellos, los lectores, lo saben. Pero lo que sí sabemos todos, incluidos los mentirosos, es que sólo volvemos una y otra vez a las cosas que nos interesan, nos atraen, nos deleitan y nos brindan felicidad.

Para Leopardi, «siempre que el hombre no siente placer alguno, siente tedio, salvo cuando siente dolor». Lo malo, diría Russell, es que «las personas que son desdichadas, como las que duermen mal, siempre se enorgullecen de ello». Es su forma de parecer «interesantes», agregaría Fernando Savater, dado que se niegan a reconocer que luchan infructuosamente por conseguir la alegría, el placer, la felicidad.

Dicho de otro modo por el mismo Russell también es cierto que «en muchos casos, tal vez en la mayoría, las aficiones no son una fuente de felicidad básica sino un medio de escapar de la realidad, de olvidar por un momento algún dolor demasiado difícil de afrontar. La felicidad básica depende sobre todo de lo que podríamos llamar un interés amistoso por las personas y las cosas». Ello sin olvidar el gentil axioma de Alain: «El esfuerzo que uno hace para ser feliz nunca resulta en vano».

Aunque muchos letrados «funcionales», o conformistas, no se animen siquiera a meditar el hecho, para no dar la apariencia de ser sentimentales, una cosa es cierta a todas luces: sin ética y sin felicidad nada vale la pena, ni siquiera la cultura, ni siquiera la inteligencia, ni siquiera el conocimiento, ni siquiera el saber (mucho menos la información), que muestran sus mayores debilidades ahí donde son incapaces de acercarse siquiera un poco a la sabiduría tolerante. ¿Qué gana la cultura con un erudito energúmeno? ¿Qué gana el saber con un especialista intemperante? ¿Qué gana la inteligencia con un profesionista sin escrúpulos? ¿Qué gana la lectura con un escritor arrogante y desdeñoso? ¿Qué ganamos todos con lectores que sólo acumulan letra impresa y andan por el mundo empapelados, llenos de celulosa, pero faltos de un mínimo de sabiduría y de tolerante cordialidad? Podemos ir por el mundo encorvados con tanto peso bibliográfico, pero en ello no hay ganancia si no podemos resolver las monstruosas contradicciones entre el saber y el equilibrio espiritual.

Para Russell, si queremos encontrar el camino que nos permita salir de estas desesperantes contradicciones, debemos desarrollar el corazón tal y como hemos desarrollado el cerebro, y aunque siempre estamos tentados a congeniar con el esteta Oscar Wilde, que dijo que no hay libros morales o inmorales sino libros bien escritos o mal escritos, habría que comprender que tal afirmación, que estampó en el prólogo de un libro que él temía polémico, la reiteró con vehemencia ante a un tribunal porque de esa defensa del arte por el arte dependía su absolución, absolución que, por cierto, no consiguió.

No estaría de más que pensáramos en la otra posibilidad, la formulada por Gombrowicz: «Sin moral, la literatura no existe». Para los que creen que todo es forma y estilo, y que son más que suficientes la buena educación y la exquisita cortesía del malvado, nada perdemos con revisar por qué son realmente importantes los libros que han conmovido, y acaso transformado, nuestra existencia. Son muchos los que creen que la cultura (y, dentro de ella, la literatura y el arte) tan sólo consiste en un pasatiempo estético; son los que afirman, sin asomo de humor, que el crimen puede ser una obra de arte. Siendo así hasta los asesinos pueden ser bellos, atractivos y seductores, y sus actos mucho más.

Cuando cae la noche y llega el momento de dormir, lo único que deseamos muchos de nosotros es que, al día siguiente, salga nuevamente el sol para dedicarnos cada quien a lo suyo: unos, a la banca y a medrar; otros, a fabricar y a construir; unos más, al magisterio y a la investigación, y algunos otros a pintar, componer, escribir y leer. Pero en lo que prácticamente nunca pensamos es en la necesidad de que, cada mañana, brille «el sol moral», ese astro que Michelet consideraba imprescindible y del que tanto habló en sus lecciones del Collège de France hace más de siglo y medio. En el fondo de todo la pregunta nos parece tan simple, y a la vez tan comprometedora, que casi nunca la formulamos: ¿Cuál es el beneficio de acumular bellos poemas o hermosos libros (sea que los escribamos o que los leamos) si ello no nos transfigura, si ello no nos transforma, y a pesar de poder distinguir la belleza seguimos al margen de la ética y muy lejos de los principios morales?

Si los libros que leemos nos dejan indiferentes frente al mundo y para lo único que sirven es para agrandar y bruñir nuestra autocomplaciente imagen de seres superiores, entonces el único motivo evidente que podemos ofrecerles a los no lectores, para que nos imiten, es el que tiene que ver con la vanidad del «saber», pero no es esto lo que les decimos y nos decimos. Nuestros argumentos echan mano de todas las frases nobles y previsibles, y de todos los clichés y lugares comunes que se han acuñado a lo largo de la historia acerca de los beneficios que nos da la cultura escrita: mejoría intelectual, goce, sabiduría, agudeza crítica, profundidad espiritual, enriquecimiento del idioma, etcétera, pero sobre todo importancia social. ¡Cuántas veces no habremos escuchado, y leído, que leer nos hace importantes!

Decirle a alguien que leer lo hará más importante desde el punto de vista social es engañarlo. En el siglo XVIII, ya Lichtenberg nos preguntaba, con su incisiva ironía, si no nos parecía por demás extraño el hecho de que quienes dominaran y gobernaran al género humano no fuesen precisamente ni los maestros que lo educaban y refinaban, ni mucho menos los individuos más sabios y sensatos, que le abrían las puertas del pensamiento racional, sino por lo general los más taimados e ignorantes, zafios e incluso los enemigos del libro que, sin embargo, ocupan un rango superior (el del Poder) por encima del que tienen los hombres sabios, justos, equilibrados y morales. La verdad es que, pese a toda la abundancia de discursos políticos que hay al respecto, los lectores no sólo no gozan de ningún prestigio social, sino que tienen fama de ociosos cuando no holgazanes. Los connotados sociales no se precian nunca de sus lecturas sino de su poder que suelen equiparar con inteligencia.

Séneca aseguraba que nuestras concepciones sobre el mundo y sobre los demás son excesivamente peligrosas por excesivamente optimistas, lo que nos conduce a la ira en el momento en que experimentamos la frustración. El único modo de reconciliarnos con la existencia es reconocer la imperfección de la vida y darnos cuenta de nuestras ilimitadas ilusiones. «Dejaremos de estar tan furiosos ―dice― cuando dejemos de esperar tanto». He aquí un planteamiento ético y pedagógico: situarnos en la realidad, y no mentirnos ni engañar a los demás. Leemos porque se nos pega la gana, y este ejercicio no nos garantiza ni más importancia ni sabiduría. Lo único que buenamente nos promete, si así lo deseamos, es un deleite que puede ser parte de aquello que se parece a la felicidad; felicidad que, por cierto, tampoco nos garantizan, por sí mismos, los libros.

Si, como afirma Sabato, «la madurez de un hombre comienza cuando por primera vez advierte sus limitaciones y se avergüenza de sus defectos», pongamos madurez a la reflexión sobre la lectura. Dejémonos de monsergas bienintencionadas y de mitologías nobles que no son otra cosa que espejismos. Es improbable (y cada vez lo es más con las tecnologías informativas) que la lectura de libros llegue a ser afición perdularia de las mayorías. A lo largo de los más de cinco siglos y medio de imprenta nunca ha sido así. Pero ello tampoco importa demasiado. Hay quienes sin leer libros han beneficiado grandemente a la humanidad en ámbitos diferente a los de la cultura escrita, y nunca les agradeceremos suficiente el hecho de que no hayan torcido su camino tomando el atajo de la lectura. Era otro su destino y, como dijera el sabio, sólo a un necio se le ocurriría hablar de preeminencia de la pintura sobre la música, o de la escritura y la lectura sobre la danza y la arquitectura. Evitemos esta necedad.

La ética de la lectura es, de algún modo, una verdad poética. «Los poetas ―sentenció George Bernard Shaw― hablan consigo mismos en voz alta. Y el mundo los escucha por casualidad». Es exactamente lo que ocurre con todos los libros y con todos los autores. No impongamos nuestros nobles antojos como obligaciones morales. Leen los que leen. Y los que no leen, también, pero a su modo y con lo que tienen a su alcance y lo que les da satisfacción.

Si queremos que la lectura más profunda se torne seductora para muchos más, comencemos por liberarla de tantas mentiras y mitologías nobles, despojándonos, por principio, de tantos y tantos prejuicios, de tantas y tontas arrogancias que hemos acumulado los Lectores con el único fin de negar que lo que hacemos carece de utilidad, independientemente de los dos motivos que nos impulsan: el placer o la vanidad, o ya en última instancia ese tercer motivo que se forma cuando se juntan los dos primeros: el placer de la vanidad.

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* Juan Domingo Argüelles (México) realizó estudios de Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como poeta, ensayista, crítico literario y editor, sus trabajos comprenden varios volúmenes. Ha abordado el tema de la lectura en sus libros ¿Qué leen los que no leen? (Paidós, 2003), Leer es un camino (Paidós, 2004), Historias de lecturas y lectores (Paidós, 2005), Ustedes que leen (Océano, 2006), Antimanual para lectores y promotores del libro y la lectura (Océano, 2008), Del libro, con el libro, por el libro… pero más allá del libro (Ediciones del Ermitaño, 2008), Si quieres… lee (Fórcola, 2009), La letra muerta (Océano, 2010), Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes (Océano, 2011), Escritura y melancolía (Fórcola, 2011) y Estado, educación y lectura (Ediciones del Ermitaño, 2011). Ha impartido conferencias y cursos sobre el libro y la lectura en México y el extranjero. Es Director Editorial de IBERO, Revista de la Universidad Iberoamericana.

© Juan Domingo Argüelles, Revista Cronopio – Ideas Libres y Diversas, nº 21, 2011.

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