Poetas de noche

Por Jaime Fernández

Tuvo que ser un poeta quien escribiese: «Yo es otro».

La confesión de Arthur Rimbaud a su amigo Paul Demeny en la Carta del vidente desconcertó en una sociedad empeñada en que cada cual fuese uno y el mismo siempre, algo que, por suerte, escapa a los designios humanos. Pero los poetas y los artistas han tenido que ser otros  para distanciarse de sí mismos y, a partir de la multiplicidad de sus identidades alquiladas, elaborar las ficciones que conocemos como obras de arte, en las que proyectan también esa diversidad.

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Los recursos más utilizados por el artista para saltar del yo superficial y diurno al yo creativo y secreto son el disfraz, la máscara y todas las modalidades de metamorfosis. Esta duplicidad se manifiesta también en la dispar forma con que se conduce según se halle en compañía o enfrascado en su soledad creadora. Al contrario de lo propugnado por el romanticismo, un poeta no debería parecerlo. Más aún, si tuviese que parecerse a alguien, el prototipo ideal podría ser el individuo más alejado de la imaginación romántica: el funcionario.

Desde que los escritores perdieron su condición de rentistas o de herederos, optaron por dos profesiones aledañas a su oficio: el periodismo y la docencia. Sin embargo hubo otros que, más por azar que por una decisión calculada, se vieron inmersos en el tráfago propio de una oficina de cierta compañía de seguros o de un banco. Tal vez los más conocidos sean Pessoa y Kafka.

Eran funcionarios de día y poetas de noche. El tenedor de libros Bernardo Soares, alter ego de Pessoa, anotó que nada le indignaría tanto como que en la oficina lo considerasen un extraño. «Quiero disfrutar de la ironía de que no me extrañen». Y en una carta a su novia Felice, Kafka le confesó que la literatura y la oficina «se excluyen mutuamente, pues escribir es algo que gravita en las profundidades, mientras que la oficina está allá arriba, en la vida».

En su ensayo El funcionario poeta (Fórcola, 2010), Carlos Eymar ofrece un atractivo itinerario por la experiencia de la «doble faz» del artista y escritor-funcionario resultante del pacto entre dos enemigos irreconciliables, la subjetividad ilimitada y la asfixiante objetividad hegeliana, en la que se difuminan los sueños del creador.

Eymar analiza el papel del bufón de poderosos (Esopo), que dice las verdades con lengua astuta, del pintor cortesano (Velázquez), que se identifica con los bufones que retrata, y los del trovador, del juglar y de los artistas que trabajaron a las órdenes de un mecenas, divididos entre su oficio y los deberes para con sus amos. Carlos Eymar argumenta que con la civilización urbana la división de la conciencia y de la vida se presenta como una posibilidad. Pero en la sociedad narcisista solo el poeta encuentra una vía no destructiva al trabajo rutinario. Su «sumisión irónica» a este revela una profunda ironía, espejo de las contradicciones que surcan la realidad misma.

De este modo el funcionario poeta se transforma en un actor que, de vuelta de la oficina, se despoja de su papel público de burócrata para desempeñar el de poeta secreto y nocturno, como Pessoa, Kafka o Kavafis, a los que Eymar dedica jugosas reflexiones.

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Jaime Fernández es escritor y periodista. Es autor del ensayo La ciudad de los extravíos: Visiones venecianas de Shakespeare y Thomas Mann (Fórcola, 2010).

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