Venecia, ciudad de los extravíos

En varias ocasiones me he referido aquí y en otros lugares de la blogosfera a la inspiración veneciana de Fórcola, tanto en la concepción eidética del proyecto, como en su plasmación plástica y su materialización estética. Esta inspiración ha quedado de manifiesto en el diseño que Silvano Gozzer ha ideado para el primer catálogo de la editorial, y que en breve enviaré a quienes lo habéis solicitado.

La impronta plástica de Venecia es muy potente, algo que he ido experimentando en los distintos viajes, literarios o no, que he hecho a esta ciudad de mis extravíos. A punto de embarcarme para mi cuarto viaje a Venecia, leía a Pamuk: «La grandeza de Venecia no es triste, sino alegre y que me alegra. A uno le gustaría ver, contemplar sin cesar esta asombrosa belleza y, en lugar de comprenderla como un hecho histórico, vivirla, revivirla. Aquí mi primer impulso no es comprender, aprender, ni siquiera descifrar y reflexionar, sino mirar, ver, contemplar…».

Hace un tiempo, me refería a Venecia como una mujer que te seduce, pero a la que hay que saber amar. Si eres dócil, te lo dará todo. Si eres audaz, te descubrirá su secreto. Si te entregas sin condiciones, no la dejarás nunca. Me gusta la literatura que se inspira en «ciudades icono». La literatura de viajes y en concreto la dedicada a ciudades emblemáticas ejerce en ciertos lectores una fascinación especial, como es mi caso. El género es muy frecuentado por los lectores-escritores que, como Paul Bowles, no se sienten turistas sino viajeros. La clave de todo está en que los lectores-viajeros nos acercamos a estos libros, llegamos a estas ciudades, con los ojos abiertos y el convencimiento de que cuando terminemos la lectura, cuando regresemos de ellas, seremos otras personas, algo habrá cambiado en nuestro interior.

La lectura expectante es lo que provocan libros como Vida veneciana, de Willian D. Howells, Constantinopla, de Edmundo De Amicis (de la edición de ambos títulos tuve oportunidad de encargarme hace un tiempo en Páginas de Espuma). En sendos libros, tras la descripción aparentemente prosaica de la vida cotidiana de una ciudad concreta, late toda una sensibilidad y una manera de hacer y vivir la literatura. Una literatura que, como esas ciudades, nos transforma. Por eso hay dos tipos de libros en esto del género «literatura de viajes»: los que se limitan a recopilar rutas, itinerarios y viajes (modelo «de oca a oca y tiro porque me toca», que te deslumbran pero no te conmueven); y aquellos que, por el contrario, te empapan de la idiosincrasia del lugar, provocan un encuentro personal del lector con la ciudad, y te descubren un misterio que se abre al lector atento, como es el caso de Henri de Régnier o el de Jaime Fernández.

Del poeta Henri de Régnier (1864-1936) Cabaret Voltaire ha publicado hace unos meses Venecia, un libro que compila sus Cuentos venecianos (1927) y sus Esbozos venecianos (1906). Régnier nos descubre otra imagen de Venecia totalmente distinta a la descrita por Howells. La Venecia de Régnier es más poética y romántica, está impregnada por el misterio y la intriga, y su lectura nos deja un poso de tristeza y melancolía. Si la invitación de Howells nos lleva a la Venecia de la luz y la vitalidad propia del Gran Canal, la de Régnier nos conduce con pasos silentes por callejones oscuros y jardines ocultos, a la sombra de misterios tenebrosos. Pero en Régnier, como en Howells, late ardiente la fascinación por una ciudad que nos seduce y atrapa:
«Su nombre solo induce al espíritu a ideas de voluptuosidad y melancolía. Decid: “Venecia”, y creeréis oír como cristal que se quiebra bajo el silencio de la luna… “Venecia”, y es como tela de seda que se rasga en un rayo de sol… “Venecia”, y todos los colores se confunden en una tornasolada transparencia. ¿No es un lugar de sortilegio, magia e ilusión?».

De los Esbozos, la parte que más me gustó del libro, me predilecto es «La llave», el relato con más fuerza, el más redondo e impactante, el más preclaro, que lleva a «tocar» el misterio de esta ciudad. Con un punto esotérico, comprensible para los iniciados en el arte de frecuentar y amar la ciudad de Venecia, la imagen de la llave se erige como el talismán que todos los enamorados de Venecia quisiéramos poseer.

«¡Qué me importa que se me tome por un extranjero! … Acaso no tengo, en mi bolsillo, mi gran llave negra que me demuestra que soy un verdadero veneciano y que abro la verja de hierro cuya cerradura oxidada, más tarde, hurgaré…». Para todo amante de Venecia, paraíso perdido, la ciudad siempre tendrá un algo de mujer inalcanzable, de misterio nunca descifrable del todo, de gracia inaprensible.

Para un enamorado de Venecia y de la literatura que la frecuenta, la llamada de teléfono de Jaime Fernández, allá por mayo de este año, y su propuesta tan directa, suscitó en mí un estado de sobreexcitación inmediata. Jaime, tras documentarse sobre el proyecto editorial de Fórcola, decidió ponerse en contacto conmigo para ofrecerme un manuscrito original que tenía a Venecia como uno de sus referentes inmediatos. No era, me explicó antes de que mis teclas de alarma se dispararan, una guía, ni siquiera un libro de literatura de viajes al uso, aunque Venecia ejercía, digamos, el rango de escenario donde transcurría la trama de su ensayo.

Al confirmarme Jaime que su consistía en una revisión y comentario detallado de la trama argumental e implicaciones de dos obras fundamentales de la literatura occidental, mi curiosidad se disparó; y quedó centuplicada al adelantarme que los autores sobre los que versaba su estudio no eran otros que William Shakespeare y Thomas Mann.

Tras una frenética y envolvente primera lectura del manuscrito, semanas después Jaime y yo nos conocimos en persona, y allí, en el Café Comercial, comenzó el trabajo mano a mano con la edición de este libro que, desde un principio, me entusiasmó y me ilusionó sobremanera. En seguida nos pusimos de acuerdo con los plazos y las revisiones, y fruto de este intenso trabajo surgió nítidamente esta «ciudad de los extravíos», un libro que ha servido no sólo para que dos enamorados de la literatura y de la estética veneciana compartan lecturas y libros, sino para consolidar una amistad que se ha ido gestando a cada intercambio de correo electrónico o conversación telefónica.

La edición de «La ciudad de los extravíos» viene ilustrada por unas fotografías que a lo largo de los años he ido tomando, o casi robando, en cada paseo sin rumbo por los distintos sestiere de Venecia. La inspiración de todas ellas no es sino mostrar un instante, servir de invitación a la contemplación, ilustrar finalmente estas visiones venecianas de Shakespeare y de Thomas Mann.

8 comentarios en “Venecia, ciudad de los extravíos”

  1. Ana María González

    Disfruté de su libro de Howells, seguro que disfrutaré igual de este. No es una compensación del todo mala para quien aún tiene pendiente conocer Venecia. Felicidades por su labor y por sus libros.

    1. Gracias Ana María por compartir tu amor por Venecia. Te recomiendo encarecidamente que la visites y la escuches. Es curioso, pero toda una tradición pictórica nos ha hecho entender a Venecia desde un sólo sentido, la vista. El gran descubrimiento cuando la visites por primera vez te lo revelarán tus oídos. Disfruta con “La ciuda de los extravíos”. Un abrazo fuerte.

  2. Qué curioso, es como si Fórcola hubiera existido para publicar la obra de Jaime Fernández y a la inversa. Imagino el placer sentido tanto por autor como por editor. Aunque haya sido un trabajo intenso, seguro que lo han disfrutado y ha merecido la pena.
    Yo también leí “Vida veneciana”, de Willian D. Howells (Páginas de Espuma, 2009) y, si tiene la misma calidad, está decidido: será el capricho del mes.
    Seguiré volviendo a Venecia de vez en cuando, aunque sea a través de los libros.
    Una curiosidad: ¿existe realmente la señal que aparece en la portada de “La ciudad de los extravíos”?
    Enhorabuena, Fórcola.

    1. Gracias por tu comentario Iria. La satisfacción que tuve editando “Vida veneciana” de William D. Howells ha sido superada por la que he sentido trabajando mano a mano con Jaime Fernández. Las largas conversaciones, en persona, por correo o por teléfono, tienen un valor incalculable, y han logrado que autor y editor trasciendan la mera relación editorial, para forjar una amistad a base de lecturas y libros compartidos. Y la señal de la cubierta es auténtica; la única licencia que nos hemos permitido es el color de fondo, azul en la original; señala un canal reservado a góndolas. Gracias por todo, Iria.

  3. Juanjo Delgado

    ¿Alguien se ha fijado alguna vez que la portada del libro de Howells tiene la fotografía impresa del revés?

    1. Querido Juanjo, que yo sepa, eres la segunda persona que me lo comenta, eres buen observador. Efectivamente, fue un ejercicio premeditado el que hicimos Paul Viejo y yo cuando preparamos la edición de ese libro para Páginas de Espuma. Como bien has observado, la perspectiva es imposible.

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