Zapatos, pelucas, salones y máscaras: el mundo de María Antonieta

Ayer, junto a Ángeles Caso y Blas Matamoro, celebramos la presentación del libro Consejos maternales a una reina, la selección de cartas que intercambiaron una madre y una hija muy singulares: María Teresa de Austria y María Antonieta de Francia. El lugar elegido fue la librería Marcial Pons de Humanidades, donde Luis Domínguez y Pedro Pons, libreros de tronío, hicieron las veces de anfitriones.

El primer tema que Ángeles Caso abordó en su amena conversación con Blas Matamoro fue la dificultad a la hora de abordar la traducción de este epistolario: efectivamente, acercar al público actual el tono y los tratamientos de una correspondencia que, aunque privada, tenía mucho de protocolaria, no es fácil. Blas subrayó que desde un principio descartó realizar una edición erudita para especialistas (a los que, de todas formas, no les sería difícil acceder a la edición original en francés), sino que, mediante los oportunos ajustes, prefirió dotar al tono y al tratamiento entre madre e hija de un aire más cercano y familiar, sin desvirtuar en ningún momento su contenido. El resultado, señaló Ángeles Caso, es la facilidad con que se aborda la lectura de las mismas, que, por otra parte, tienen un estilo muy contemporáneo o moderno.

Como comentaron los contertulios, el XVIII fue el siglo de las mujeres, un siglo femenino en su puesta en escena, en los usos y costumbres de la corte y de las clases acomodadas, pero también muy moderno en el sentido de que las mujeres jugaban un papel protagonista en los distintos ámbitos de la sociedad, sobre todo en lo relacionado a la cultura y, claro está en este caso, en la política.

Respecto a lo primero, moda, usos y costumbres, es un siglo, como explicó Matamoro, en el que los hombres y las mujeres de la corte se vestían con las mismas telas y tejidos, usaban tacón alto en los zapatos, sus pelucas se hacían con los mismos materiales y hasta los maquillajes eran similares, si no iguales: mascarillas, polvos de arroz y hasta lunares en la cara. Por otra parte, es el siglo donde las mujeres gobernaron: la emperatriz de Austria, María Teresa, al igual que su homóloga la zarina Catalina de Rusia, gobernó sobre el imperio con un alto sentido de la Política, con unas especiales dotes para gestionar el día a día del Imperio, manteniendo a raya a príncipes, soberanos y ministros, además de a sus 16 hijos, a los que aleccionó durante toda su vida con infinidad de consejos epistolares.

Como bien señaló Ángeles Caso, los regaños de María Teresa a su hija María Antonieta, siempre desprendieron ese tono maternal, paciente y cariñoso, lo que no significaba que la madre no dejara de intentar por todos los medios que su hija obedeciera sus encargos y le recordara constantemente su deber como princesa y como reina. El primer deber de María Antonieta debía ser cumplir con su misión: lograr dotar a la casa de Francia de un heredero al trono. Aunque su hija no debía olvidar nunca que era hija de la casa de los Habsburgo, debía rendir homenaje y servir fielmente a la casa de los Borbones como futura reina de Francia.

Con el recuerdo de esa fundamental misión, que sobrevuela casi toda la correspondencia entre madre e hija durante esa década (1770-1780), la madre no deja de recordarle a María Antonieta sus deberes: la oración diaria, las visitas regulares al confesor que le asignó la propia emperatriz, pero sobre todo, el trato frecuente y los consejos del embajador austríaco en París, y, por encima de cualquier otra cosa, no dejar de escribirle la carta mensual en la que le da cuenta de todo.

A la emperatriz Teresa no le faltaba información sobre la corte de Versalles, a parte de las confidencias de su hija. La red de embajadores, ministros y personal a su cargo destinado a la corte de Versalles, junto con las confidencias y cotilleos que el embajador español, el Conde de Aranda le enviaba puntualmente con todo lujo de detalles, permitió a la emperatriz vivir casi en directo las dificultades que María Antonieta tuvo con Luis Capeto, apocado, tímido y con ciertos problemas para cumplir con su deber conyugal, que impidieron que la pareja consumara el matrimonio durante los tres primeros años tras el enlace oficial.

Por otro lado, aparte de estos problemas nada privados de alcoba real, que eran de dominio público en la corte de Versalles, y motivo de chirigota de unos y otros, la madre seguía de cerca los escarceos y diversiones de su hija: fiestas, bailes, juegos y escapadas hasta altas horas de la noche. Motivo de regaño fue en una ocasión una espectacular peluca con la que la reina Antonieta aparece retratada en uno de los cuadros que envió durante esos años a su madre. Ésta, alarmada por tanto aparataje, solicita encarecidamente a su hija que reduzca los centímetros de altura de la peluca, lo cual no dejó de engrosar la bolsa del peluquero de la corte.

Fue el XVIII, comentaron finalmente Ángeles Caso y Blas Matamoro, también el siglo de los Salones, donde la mujer tenía un papel preponderante. Madame du Barry, la amante de Luis XV, fue amiga de los Ilustrados, y ayudó a la publicación de la Enciclopedia. Precisamente es con la de du Barry con la que María Antonieta tiene durante sus primeros años en Versalles el gran encontronazo. María Teresa, en muchas de sus cartas, recuerda a María Antonieta la lealtad con el rey de Francia, al que debe obediencia, por lo que no puede seguir negándose a saludarla: según el protocolo de la corte, un súbdito no puede dirigirse a su soberano o a los príncipes hasta que éstos no lo hagan primero. Finalmente, una fórmula protocolaria resolvió el conflicto, y en las fiestas, no había conflicto posible que una máscara no arreglara.

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