Luis Bravo / El Imparcial, lunes 14 de julio de 2025
Es un cúmulo de flores enfermas, de rostros lánguidos que miran de soslayo porque están esperando su oportunidad de actuar, no sabiendo si con buenas intenciones. Pero algo en esas miradas, en esos escenarios más o menos frondosos y sensuales, aunque pueden estar más despejados porque solamente la figura que los ocupa ya impone bastante, algo en ellos, decía, nos resulta profundamente atrayente, al menos en mi caso.

Es la baza de las ilustraciones de Aubrey Beardsley, que estos primeros días de verano he tenido la ocasión de observar detenidamente en las páginas finales del libro Aubrey Beardsley. Decadente y maldito, que recoge su vida —junto a un breve escrito de Rubén Darío, aparecido en la prensa a comienzos del siglo XX— gracias a la labor de la editorial Fórcola y del texto a modo de semblanza de Luis Antonio de Villena, experto en la materia y en sacar a la palestra personajes de este tipo; olvidados, raros, malditos a su manera. Artistas y geniales.
Una imagen puede justificar el universo de Beardsley: Pierrot en el jardín nocturno, vagando con sus pesares, obnubilado por una luna de blancor mórbido, pensando en esos grandes nombres trágicos de la literatura —Sigfrido, Arturo, Salomé, Lisístrata—, perfilados con la fineza de sus líneas blancas y negras, emanando de esos dibujos el arrebato, el exceso prerrafaelita, la exuberancia y la mortificación de saber que, detrás de la mano que guio esos trazos, estaba un muchacho que no llegó a vivir lo suficiente, pues era un enfermo crónico de tuberculosis, pero nos dejó un legado dandi insuperable. ‘Extremado estilista’, como escribe Villena. Una joya.

