La vida excesiva de Xavier Cugat por él mismo

Víctor Fernández / La Razón, 30 de marzo de 2026

Fórcola recupera la olvidada autobiografía del músico catalán sobre sus andanzas en Hollywood

Suele ser habitual que muchos autores pidan un prólogo a un nombre de prestigio, por lo general alguien del mundo de las letras. Lo que nunca fue muy frecuente es que Frank Sinatra dejara el micrófono para redactar una presentación para las memorias de un compañero de profesión. En febrero de 1981, Sinatra hizo una excepción para redactar una especie de carta presentación que encabezaba una autobiografía. «Ol’ Blue Eyes» rememoraba sus inicios en el mundo del espectáculo y un anhelo: «Si yo hubiera nacido en España quizás hubiera tenido la oportunidad de integrarme en la gran orquesta de Xavier Cugat».

Desde que falleciera en 1990, Cugat –o Cugie, en palabras de Sinatra– ha ido cayendo en cierto olvido. Su imagen, su historia, incluso su obra, se ha ido convirtiendo en una suerte de anacronismo. Sin embargo, poco a poco, el único catalán con una estrella en el paseo de la fama de Hollywood ha ido saliendo de esas tinieblas. En eso ha tenido mucho que ver una novela imprescindible titulada «Confeti» de Jordi Puntí. Un paso más se da ahora con la reedición de un libro que llevaba décadas fuera del alcance de los lectores, imprescindible para entender la construcción del mito del músico: Yo, Cugat. Fórcola es quien obra el milagro de llevar a las librerías estas memorias excesivas, en ocasiones exageradas, en edición y notas de Javier Jiménez, además de contar con prólogo de David Felipe Arranz y epílogos de Diego Mas Trelles, Ignacio Peyró y Jordi Puntí.

Perseguido por las deudas y los juicios por divorcio, a finales de la década de los setenta, Xavier Cugat decidió que ya era el momento de regresar a Cataluña dejando atrás su aventura estadounidense. Atrás quedaba su larga experiencia en la Meca del Cine convertido en una suerte de estrella con apariciones en películas musicales de culto, como «Escuela de sirenas». Cugat, el hombre que presumía de estar detrás de las primeras oportunidades en un escenario para Sinatra o Woody Allen, quiso volver a sus raíces. Primero intento instalarse por la Costa Brava, aunque finalmente, también por aquello de darle más lustre a su mito, su hogar fue el Hotel Ritz de Barcelona, acompañado de chiguagua y con Rolls Royce en el garaje.

En esos días, uno de sus principales aliados fue Enrique Sabater, quien había sido el secretario personal de Salvador Dalí en los setenta. Sabater había puesto en marcha un sello editorial llamado DASA Edicions –es decir, Dalí Sabater– donde daría a conocer por primera vez en castellano y catalán la autobiografía «Vida secreta de Salvador Dalí». Siguiendo esa línea de catalanes universales era lógico que Cugat fuera uno de los autores imprescindibles de la colección. Quien esto escribe pudo conocer hace años detalles de la redacción de esas memorias y de la ayuda de Sabater a Cugat, pero no entraré en detalles. Solamente diré –y perdonen que esto sea en primera persona– que a Sabater se le debe mucho, algo que no se le ha reconocido. Sin él no tendríamos Yo, Cugat.

El libro, leído hoy, resulta excesivo porque su autor conoció a todo el mundo, fue testigo presencial y activo de un Hollywood que fue durante un tiempo una suerte de nueva Babilonia. Sus memorias son una suerte de un quién es quién de aquel tiempo en la gran pantalla y en las ondas, en los salones del Waldorf Astoria de Nueva York e, incluso, en los pasillos de la Casa Blanca. Porque Cugat los conoció a todos, aunque este conocimiento se basara en un encontronazo casual. En «Yo, Cugat» están todos: Clark Gable, Dean Martin, Charlie Chaplin, Mae West, Rita Hayworth, Carmen Miranda, Walt Disney o Cantinflas. Ese elenco, con muchísimos otros nombres, tiene su párrafo o su página en estas memorias de las que resulta un Cugat, testigo de una época dorada e hijo del siglo, esto último literalmente porque nació en la ciudad de Girona en el año 1900.

Estamos ante un libro escrito, pero también dibujado. Cugat tenía talento para la caricatura, aunque en ocasiones tomaba las imágenes prestadas del artista mexicano Miguel Covarrubias. En «Yo, Cugat» hay numerosos ejemplos de su talento con el lápiz para hacer retratos humorísticos de Greta Garbo, Liza Minnelli, Salvador Dalí, Pau Casals o él mismo como imagen de referencia de uno de sus negocios en el mundo de la restauración con Casa Cugat en los estudios de la Metro Goldwyn Mayer. De alguna manera, con esta afición que explotó hasta el final de su vida, Cugat seguía los pasos del gran tenor Enrico Caruso, también buen dibujante y un nombre fundamental para que nuestro protagonista decidiera dedicarse por completo –y con éxito– a la música.

Cabe decir que «Yo, Cugat» no fueron las únicas memorias que escribió el músico. En 1948, cuando su nombre era muy celebrado, publicó «Rumba is my life», tomando muchos materiales de esa obra para el volumen que apareció en nuestro país en 1981. Se trataba de poner las bases de un relato de hombre hecho a sí mismo, con sus dosis de humor y música, tratando de espantar a posibles futuros biógrafos. Él ya lo había contado todo, por lo que no necesitaba que se indagara en su pasado.

Y es que la impresión que se tiene al leer «Yo, Cugat» es que ya lo sabemos todo de quien fue un icono, alguien que siempre quiso estar rodeado de mujeres jóvenes, como fueron sus esposas: Carmen Castillo, Lorraine Allen, Abbe Lane y Charo Baeza, con la que se casó cuando esta contaba con 18 años, aunque alguna versión incluso apuntan a que rondaba los 17. El músico que abrió la puerta a la salsa, la rumba y el chachachá fue, de alguna manera, el antecesor de esa explosión latina que hoy vivimos y que va de Rosalía a Bad Bunny.

«Yo, Cugat» nos demuestra que el de Girona fue uno de los grandes catalanes universales del siglo XX, como lo fueron Salvador Dalí, Joan Miró y Pau Casals. El mejor resumen de todo ello lo demuestra él mismo lo dejó como epitafio en su tumba donde hoy se puede leer: «Cugat, que vivió».

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