Excesos femeninos… una obra tan amena como aguda y reveladora

G8uzmán Urrero / Cualia, 19 de marzo de 2026

El exceso no es solo una decisión que se repite hasta que se convierte en hábito. Es una especie de filosofía accidental que el siglo XX inventó porque no sabía qué más hacer con toda esa libertad repentina. Y el libro Excesos femeninos. Delirios masculinos, de Luis de León Barga (Fórcola), lo entiende mejor que cualquier otra obra que haya leído sobre el tema en los últimos años.

La lectura es absorbente. Este ensayo no es un tratado académico con notas al pie que pesan más que el texto principal. Tampoco juega al moralismo, como esos autores que te dicen que toda esa gente acabó mal porque se lo merecía. Lo que nos propone es algo mejor: una cadena de biografías conectadas por la idea de que conviene empujar los límites hasta que algo se rompa.

El exceso tampoco es tan misterioso como parece. A veces es simplemente la consecuencia lógica de tener margen para equivocarse sin que todo se venga abajo. Si durante siglos vivir significaba sobrevivir, en el siglo XX empieza a significar probar. Y cuando uno prueba lo suficiente, tarde o temprano cruza la línea. No siempre por rebeldía; a veces por pura curiosidad, o incluso por aburrimiento.

“En la experiencia del exceso del siglo XX —escribe el autor— tuvieron un papel importante los jóvenes, las mujeres y las minorías sexuales que lucharon para cambiar la sociedad o conquistar derechos. En estos ámbitos hubo numerosas actitudes radicales colectivas dentro de lo político. Sin embargo, he preferido narrar algunos perfiles individuales que expresan mejor el significado del exceso”.

El autor no fuerza las conexiones. Las deja ahí, como si estuviera poniendo discos en un tocadiscos y diciendo: “Mira, todos suenan al mismo volumen, pero cada uno en una tonalidad ligeramente distinta”.

Empieza con Dorothy Wilde —Dolly para los amigos—. Es la sobrina de Oscar Wilde, pero en lugar de escribir obras de teatro brillantes, decide experimentar la versión acelerada de la vida social de su tío. Llega a París en los años 20, conduce ambulancias en la guerra, y luego se dedica a beber ginebra y se acuesta con quien le apetece. Su rebelión personal iba contra la idea de que la vida tiene que tener un guion coherente.

En estas páginas, acabamos intuyendo que era divertida hasta que dejó de serlo, y luego fue trágica de la manera más predecible. Pero el punto es que su tragedia no invalida la premisa; solo la hace más interesante.

De ahí el autor pasa a Natalie Clifford Barney, que es como si Dolly hubiera decidido organizar las fiestas en vez de solo asistir a ellas. Su salón en la rue Jacob era un experimento sociológico disfrazado de tertulia literaria. Mujeres besándose en el jardín, hombres fingiendo que no les importaba.

Barney no escondía nada. Y el libro se pregunta —sin decirlo directamente— si esa visibilidad no fue el primer hackeo real del sistema: si muestras que el deseo no necesita reglas, tal vez la gente deje de fingir que las tiene.

Nena von Schlebrügge entra en escena como la modelo que se casa con Timothy Leary en Millbrook, en 1964, cuando Millbrook aún parecía la respuesta a todo. Leary predicaba turn on, tune in, drop out como si fuera una receta de cocina, y Nena era la prueba viviente de que la receta funcionaba… al menos mientras duraba la primera chispa de asombro.

No fue la más delirante de sus esposas —eso vendría después—, pero encarna el momento en que el exceso deja de ser personal y se convierte en manifiesto. De repente, drogarse no es solo pasarlo bien, y empieza a parecer una investigación espiritual.

Joanna Harcourt-Smith toma el relevo en 1972, cuando Leary está fugado y ella decide unirse a su entorno. Viajan por Europa comiendo LSD con una frivolidad inquietante, como si fueran M&M’s, esnifando coca, planeando revoluciones que nunca pasan de los primeros planes… Ella acaba cooperando con el FBI de formas que nadie entiende del todo. Es como si Bonnie y Clyde hubieran descubierto los psicodélicos en vez de las pistolas.

Barbara Chase, la quinta esposa, va a cerrar el arco learyano. Aquí hay menos drama mediático: se casan en 1978 y aguantan hasta 1992. No es la estrella del show, pero representa el exceso domesticado, el que se convierte en rutina sin dejar de ser difícil de seguir.

Catherine Millet llega a este libro como un cambio de marcha: del ácido al sexo sin anestesia. Orgías, encuentros en aparcamientos, bosques, saunas… No hay en Millet vergüenza y tampoco hay necesidad de redención, pero, a estas alturas, el hechizo de sus pasiones resulta escaso.

Luis de León Barga lo usa para argumentar que, después de las drogas, vino el cuerpo como último territorio sin colonizar. Veámoslo de este modo: Millet no pide perdón porque no ve que haya nada que perdonar.

“Lo que resulta inalterable en la historia del exceso a lo largo del tiempo —señala el autor— es que las personas que practican estos comportamientos intentan satisfacer impulsos que son la respuesta a necesidades propias, modas del momento o intentos de transformar la sociedad mediante esas prácticas”.

Con Frieda von Richthofen retrocedemos al principio del siglo para recordar que todo empezó antes. Deja marido, hijos y respetabilidad por la compañía de D.H. Lawrence. Defiende el amor libre cuando aún se escribía con mayúsculas y lo convierte en novela.

Dos hombres, Michel Foucault y el mencionado Timothy Leary, intervienen en el libro como el dúo que ayuda a explicar lo que estas mujeres estaban viviendo. Foucault en los baños de San Francisco, explorando placeres que luego teorizaría; Leary huyendo hacia fuera y hacia adentro, y predicando las primicias —fugaces, reemplazables— de la Nueva Era.

En uno de sus tramos, el libro cruza el océano y aterriza en la Movida madrileña. Alaska canta sobre horror en el hipermercado mientras descubre los placeres que predica la cultura pop. Se suman al encuentro Ana CurraBlanca SánchezMariví Ibarrola… nombres que suenan a banda sonora de una democracia que necesitaba primero demostrar que el cuerpo era libre antes de que la política lo fuera.

En la misma línea, participa en esta historia otra pareja que merece su propio capítulo, Patti Smith y Robert Mapplethorpe, juntos en el Chelsea Hotel. Todo el encanto y el delirio del Nueva York libertino les pertenecen.

Lo que convierte Excesos femeninos. Delirios masculinos en una lectura tan recomendable no es solo la amenidad de su autor y el imponente repertorio de personajes que aquí convoca, sino la parábola que plantea sobre el deseo desmedido, puesto bajo la lupa.

Ahora que lo hemos comercializado todo —incluso el filtro de Instagram ha normalizado la hipersexualización y el capital erótico—, leer sobre estas figuras, a veces geniales, en ocasiones incómodas, despierta sensaciones complejas, pero gracias a Luis de León Barga, todas ellas compiten por nuestra atención.

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