Guzmán Urrero / Cualia, 19 de abril de 2026
Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba recorre la vida de una estrella irrepetible y nos invita a un viaje nostálgico que conecta la cultura popular con la elegancia del Hollywood clásico.
En uno de esos veranos que nunca terminan del todo, allá por 1987, el Un, dos, tres… responda otra vez de Chicho Ibáñez Serrador dedicaba el programa a la astronomía. Entre preguntas caprichosas y aplausos de un público entregado, de pronto apareció en pantalla Xavier Cugat, un anciano que a mí, siendo un crío, me pareció el abuelo ideal.

Cugat venía a presentar a Nina, la joven cantante a quien había descubierto y a la que elogiaba con entusiasmo. Aquel anciano que se coló en nuestros hogares no era ya el bandleader de los grandes salones americanos. Más bien, era un señor mayor, menudo, con esa viveza en los ojos que recordaba a un ratón despierto y de buen carácter.
Hablaba con un acento que mezclaba Barcelona, La Habana y medio siglo de Nueva York, y al anunciar a su protegida transmitía una alegría sencilla, como quien dice: “Aún tengo dos o tres cosas que decir en esta vida”.
Un hotel y un Rolls Royce
Cugat vivía entonces en Barcelona, instalado en el Hotel Ritz como en una casa propia, y se movía por la ciudad en un Rolls Royce Silver Cloud de 1959 que le esperaba a la puerta, largo y plateado, con la misma dignidad de su dueño. Era el capricho lógico de quien había ganado y gastado fortunas haciendo bailar a medio mundo y que, al final, regresaba a casa.
Uno lo veía en la tele y pensaba que aquel coche y aquel hotel formaban parte del mismo personaje: un hombre que había vivido deprisa y ahora se tomaba el destino como quien ya no tiene nada que demostrar, pero sí mucho por contar.
Pienso todo esto mientras leo el libro Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba, primorosamente publicado por Fórcola, con prefacio de Frank Sinatra, prólogo de David Felipe Arranz, epílogos de Diego Mas Trelles, Ignacio Peyró y Jordi Puntí, y edición y notas de Javier Jiménez.
Celuloide y música
A medida que recorro estas páginas, me encuentro también con recuerdos personales. Poco a poco, por casualidades de la programación de los ochenta, fui dando con las películas que colorean el libro. Una de ellas fue Bailando nace el amor (1942). Allí dirigía su orquesta mientras Fred Astaire y Rita Hayworth —maravillosa pareja— resolvían sus enredos amorosos entre pasos de baile impecables. Cugat se limitaba a poner el sabor latino justo en una comedia que, sin él, quizá habría quedado demasiado pulida y yanqui.
En otro de aquellos viajes al planeta Hollywood —creo que un sábado, en Primera Sesión—, descubrí Escuela de sirenas (1944). Aquí Esther Williams surgía de piscinas de ensueño entre claveles de utilería y números que desafiaban cualquier lógica razonable. Cugat aparecía otra vez, dirigiendo con esa naturalidad suya, como si el agua y la rumba fueran viejos conocidos.
Y aquel era el mismo señor que había visto en el Un, dos, tres, solo que con varias décadas menos encima y con el glamour del Hollywood de los cuarenta. Empecé a entender que su mérito no estaba en la técnica, sino en esa capacidad tan rara de hacer que la gente se sintiera cómoda en una fiesta ajena.
Una vida en movimiento
Mientras aquellas cintas se han ido cruzando en mi memoria, este libro me ha animado a recomponer la vida de Cugat, como quien arma un rompecabezas sin prisa. Nacido en Barcelona en 1900, su familia se trasladó a La Habana siendo él niño. Creció entre violines y ritmos caribeños: niño prodigio, tocó en la sinfónica habanera muy joven, acompañó a Caruso en giras y aprendió del tenor el arte de dibujar caricaturas entre ensayo y ensayo.
Nueva York lo recibió como a tantos recién llegados: sin hablar inglés, o casi, tocando en restaurantes a cambio de comida y techo. Luego viajó a Los Ángeles, donde dejó el violín clásico por los ritmos populares y por fin formó su propia banda.
Trabajó incluso como caricaturista en el Los Angeles Times, hasta que descubrió que dirigir resultaba menos complicado que colaborar en la prensa.
La rumba como forma de vida
En 1933 ya tenía mando en plaza en el Waldorf-Astoria de Nueva York. Popularizó la rumba y cuanto oliera a trópico para un público que buscaba evasión entre cócteles y noches largas.
Lo llamaron, con razón, rey de la rumba, y el título le venía justo: tomó ritmos que sonaban exóticos y los hizo accesibles, divertidos, aptos para salas elegantes sin perder su alma original.
Entre una cosa y otra, compadreó con todas la celebridades imaginables, impulsó a gente como Desi Arnaz y llenó locales donde la gente iba a olvidar que el mundo, fuera de aquellas paredes, seguía siendo muy complicado.
Anécdotas sin fin
A los de mi generación les fue fácil tropezar con sus discos en mercadillos y tiendas de viejo. Ediciones españolas de RCA con portadas donde destacaban Perfidia o Brazil como quien ofrece un viaje barato y eficaz a un paraíso en Technicolor.
Por supuesto, no era música para escuchar con el ceño fruncido. La vida privada de Cugat tenía esa misma cualidad: cuatro matrimonios con mujeres de belleza notable, luces de night club y anécdotas de lo más jugoso.
Como verán, cuando habla de sí mismo, lo hace con precisión y una sonrisa. Igual que cuando se dibujaba con bigote fino y mirada alegre, como reconociendo que la vida es, o debería ser, un poco más comedia que tragedia.
Un derrame en 1969 lo dejó maltrecho, pero se repuso lo suficiente para seguir actuando y, al final, volver a Barcelona. Allí, en el Ritz, con su Rolls Royce aguardándole, cerraba un círculo que había empezado en Cataluña, había dado la vuelta al mundo y regresaba a España.
Memoria y celebración
Esas memorias que ahora nos brinda Fórcola, enriquecidas con fotografías y textos complementarios, le permiten a uno regresar a la niñez para charlar, cara a cara, con aquel señor que se asomó a nuestras vidas en el Un, dos, tres.
Cugat no fue un genio atormentado; fue un tipo brillante, que convirtió su simpatía, sus chihuahuas y sus maracas en herramientas de trabajo.
Son muchas sus facetas: un violinista que cambió el repertorio clásico por el baile popular, un dibujante eficacísimo, un director de orquesta con gran olfato comercial… Y también un memorialista para quien el pasado, como una buena melodía, no tiene por qué ser perfecto para resultar divertido y pegadizo.

