Fernando Valls/ Infolibre, 16 de abril de 2026
¿Qué autores y poemas escoger cuando alguien se plantea hacer un libro como el que ahora nos ocupa? Parto de la convicción de que un trabajo así solo puede hacerse en la madurez, época en que los conocimientos pueden ser muchos, las lecturas están asentadas y el criterio, probado. En estas páginas de Se canta lo que se pierde nos encontramos con el Andrés Amorós lector, con el filólogo e historiador de la literatura, con alguien que conoce a fondo la tradición y que tiene gusto (la capacidad crítica de discernir con buen criterio) para poder escoger lo mejor, entre lo mucho bueno.

La primera parte del título del libro proviene de las “Canciones a Guiomar”, de Antonio Machado, que Amorós considera una de las mejores definiciones de la poesía (p. 361). El conjunto del título, sin embargo, no responde estrictamente al contenido, ya que, en vez de españoles, debía haber sido en español (o en castellano), y el desequilibrio en la selección es manifiesto, pues tanto la poesía de la postguerra como la hispanoamericana ocupan mucho menos espacio del que debería corresponderle, quizá para evitar el engorro que supone conseguir los derechos. Pero ello no le resta ni un ápice de valor al conjunto, muy bien enmarcado, entre Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, y Antonio Carvajal, el poeta granadino que es ya, con más de 80 años, un clásico vivo.
El autor reconoce que han quedado fuera poetas que le hubiera gustado incluir, pero a los muchos excluidos que cita, casi todos indiscutibles, yo me permito añadirle otros tres: Ángel Crespo, José Ángel Valente y Tomás Segovia. Según confiesa, ha escogido a los autores y poemas más conocidos, pero añade otros cuya presencia sorprende, como fray Damián Cornejo, Pemán o Antonio Gala. Lo importante es que están todos los grandes: los versos del romancero (“Romance del prisionero”, “El conde Arnaldos”), Jorge Manrique (el final de las “Coplas a la muerte de don Rodrigo Manrique”), Garcilaso (el soneto V: “Escrito está en mi alma vuestro gesto”), Gutiérrez de Cetina (el madrigal que empieza “Ojos claros, serenos”), Fray Luis de León (“A la vida retirada”), San Juan de la Cruz (“Noche oscura”), el soneto anónimo que empieza “No me mueve, mi Dios, para quererte”, Cervantes (“Soneto al túmulo del rey Felipe en Sevilla”), Góngora (el soneto “Mientras por competir con tu cabello”), Lope de Vega (la rima 126: “Desmayarse, atreverse, estar furioso…”), Fernández de Andrada (“Epístola moral a Fabio”), Quevedo (“Amor constante más allá de la muerte”), Espronceda (“La canción del pirata”), Bécquer, Rosalía de Castro (“Dicen que no hablan las plantas…”), Unamuno (el comentario que le dedica es uno de los que más me gustan, aunque hubiera elegido otro poema), Rubén Darío (“Lo fatal”), los Machado (“Adelfos”, “Retrato”, “Yo voy soñando caminos…”), Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas (“Perdóname por ir así buscándote”), Oliverio Girondo (el maravilloso poema que empieza: “Se miran…”), Lorca (¿por qué no uno de los llamados «sonetos del amor oscuro»), Aleixandre, Borges (“Poema de los dones”), Cernuda (“Si el hombre pudiera decir lo que ama”), Alberti, Neruda (“Poema 20”), Miguel Hernández (“Elegía a Ramón Sijé”), José Hierro (me hubiera decantado por “Lope. La noche. Marta”), Antonio Carvajal y más.
No desdeño el humor de Baltasar del Alcázar (“Cena jocosa”), los versos satíricos de Quevedo, o la parodia de Muñoz Seca (La venganza de don Mendo), y menos aún los versos memorables de Don Juan Tenorio, pero creo que, como poesía, están en otra dimensión. Sea como fuere, Amorós ha hecho bien dándoles cabida aquí.
Este libro es el último ejemplo de una larga tradición de antologías del conjunto de la poesía española desde sus orígenes hasta un presente que siempre resulta variable, como las de Vicente Gaos (Díez siglos de poesía castellana, Alianza, 1975; acaba con Miguel Hernández); y la de Francisco Rico (Poesía de España. Los mejores versos, Círculo de Lectores, 1996, que concluye con los poetas del mediosiglo), por solo citar dos volúmenes que tengo más a mano. Lo que distingue el libro de Amorós es que los poemas están comentados y que reproduce, total o parcialmente, muchos más de los poemas que anuncia. En esto se parece a la extraordinaria recopilación de José María Castrillón, Subir al origen. Antología comentada de poesía occidental no hispánica (1800-1941) (Trea, 2018), un libro modélico en su especie.
Antes de llegar a la Universidad o en los primeros años, leí libros de Amorós. ¿Cuántos estudiantes universitarios podrían decir eso ahora? Así, su Introducción a la novela contemporánea (Anaya, Salamanca, 1966, aunque manejé la edición de Cátedra, 19743, revisada y aumentada), y la Introducción a la novela hispanoamericana actual (Anaya, Salamanca, 1972), donde se ocupaba de Carpentier, Onetti, Sábato, Lezama Lima, Cortázar, Rulfo, Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa. Cuatro autores del boom y otros tantos antecesores. Además de investigador universitario, Amorós ha cultivado con fortuna la alta divulgación, en libros como este que ahora me ocupa, cuyas partes había dado antes en la prensa. Siento no conocer otros libros suyos semejantes, aparecidos en esta misma editorial.
En el análisis de los poemas, Amorós se apoya en las aportaciones de grandes filólogos, como Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, M. Bataillon, Leo Spitzer, E.R. Curtius, Amado Alonso, Otis H. Green, Albert Béguin o Lázaro Carreter, y en otros que reconoce como sus maestros: Dámaso Alonso, Rafael Lapesa, Américo Castro, José F. Montesinos, José Manuel Blecua, padre, o Federico Sopeña; pero también cita a sus colegas contemporáneos, como Alberto Blecua y Francisco Rico, y a escritores que han cultivado el ensayo literario, e incluso a historiadores de la música, como el citado Sopeña. Si repasamos el índice de nombres, podemos advertir –ateniéndonos al número de veces que aparecen– que quizá sus autores preferidos, poetas o cultivadores de otros géneros, sean: Horacio, Virgilio, Jorge Manrique, San Juan de la Cruz, Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Calderón, Bécquer, Zorrilla, Rubén Darío, Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Antonio y Manuel Machado, Gómez de la Serna, Neruda, Guillén, Pedro Salinas, Lorca, Alberti, Cernuda, Miguel Hernández y José Hierro.
El libro sigue un orden cronológico y el procedimiento que utiliza es semejante: escoge un autor y un poema, y lo comenta para que lo comprendamos en todos sus matices, y disfrutemos con la lectura. A dicho propósito. Para ello, nos proporciona los datos necesarios para que podamos entenderlo lo mejor posible: el libro en el que se recoge, el movimiento estético del que forma parte, su tradición, así como las peculiaridades que distinguen al poema, sus singularidades. Nos muestra sus temas y motivos, comenta la métrica e incluso se fija en palabras concretas (por ejemplo, aclara qué es un envío, o por qué aparece un papagayo en un célebre verso de A. Machado) cuyo significado debemos conocer para entender y apreciar los versos. Llama la atención lo bien que empieza los capítulos, de igual modo que resulta significativa la crítica a los pedagogos (a la “actual y bárbara pedagogía” que desprecia y proscribe la memoria, pp. 8 y 84), a las nuevas tecnologías (“afirman ahora algunos necios que la tecnología ha cambiado radicalmente la condición humana”, p. 321), a la enseñanza actual, pues considera que vivimos una crisis del estudio de las Humanidades. Son críticas que, en esencia, comparto, junto con el cuestionamiento del progresismo mal entendido, lo que ahora se llama woke, a pesar de que no siempre sepamos a qué se refieren quienes utilizan el concepto.
Creo que preguntarse a estas alturas si puede comentarse la poesía es innecesario, aunque el autor nos hace unas consideraciones dignas de ser tenidas en cuenta, a propósito de la “Noche oscura”, de San Juan de la Cruz (p. 113). A mí me parece, modestamente, que la poesía puede y debe comentarse, y si quien lo hace –sea un buen poeta o un profesor (Amorós, en este caso)– lo lleva a cabo con brillantez, no tiene precio.
La verdad es que mucho de lo que se cuenta en este libro ya lo conocía, pero he disfrutado recordándolo, volviendo a aprenderlo, que es para lo que sirve releer. Conocía casi todos los poemas y, sin embargo, he disfrutado mucho refrescando lecturas. Así, he aprendido muchas cosas que quizás estaban en mi memoria, pero que no siempre tenía presentes. Se trata, por tanto, de una lectura muy recomendable para los amantes de la poesía y para aquellos estudiantes —pienso en la Universidad, pero también en todos los lectores, y en especial en los alumnos de Filología— a los que tanto les cuesta entender cabalmente un poema, incluso cuando están a punto de graduarse. He oído decir a algunos poetas que llegaron al género tras la lectura de Las mil mejores poesías de la lengua castellana, de José Bergua, libro que cuando yo era joven solía estar en todas las casas, y ese ha debido ser el propósito de Amorós. ¡Ojalá se cumpla! El libro se cierra, rompiendo la cronología, con el comentario del poema de Rubén Darío, “Letanía de nuestro señor don Quijote”. No se me ocurre un final mejor.

