Juan Ángel Juristo / Libros, nocturnidad y alevosía, lunes 23 de febrero de 2026
Después de Flaubert y el viaje a Oriente, Fernando Peña publica Caminos de agua, un libro que se ocupa de lo que en realidad le preocupa, la literatura. El autor posee la gracia de mantener un sentido simbólico y de ahí esa persistencia en el agua como vehículo de cultura, con el Nilo como emblema primero de ese simbolismo y como final del mismo en un bucle que se cree infinito, como el acto mismo de crear. Por eso esa ligazón, la razón de ser primordial del empeño.

«Cuando los ríos eran ríos y no un sistema de fontanería», escribe Eduardo Martínez de Pisón, el estupendo prólogo escrito el escritor que es también geógrafo, en el estupendo prólogo del libro y en cierta manera es verdad, porque la civilización, la cultura comenzó en el agua, pero en el agua dulce de los ríos y esa ligazón persiste, aún sea de manera simbólica. En su Introducción, el autor finaliza: «(este libro) le llevará a nuevos caminos de agua que le acercarán, aunque sólo sea un poco, como dijo Poe, esa exquisita sensación de extrañeza que precede a la belleza. El lector que tiene este ensayo entre sus manos queda advertido».
Esos caminos tienen nombres muy concretos ligados a momentos que podría ser calificadas de epifanías para mentes literarias. Así, el Nilo y Flaubert, o el Neva para Joseph de Maistre, o el Orinoco para Alexander von Humboldt o el Misisipi para Mark Twain, que el autor otorga por este tipo de razones. A veces los ríos cambian por razones económicas y nuevas relaciones se establecen entre ellos: en el capítulo titulado Sporstmen se lee: «La escritura vinculada a los ríos también puede relacionarse con la modernidad surgida del gran proceso de cambio económico y social que los historiadores llaman Revolución Industrial y la aparición y disfrute del tiempo de ocio, cuando los ríos se convierten también en lugar elegido de vacaciones. En 1851, el británico Robert Blachford Mansfield publicó The Log of the Water Lily donde algunos amigos recorren un río de Alemania y lo cierto es que comenzaron, cómo no, con el Rin, pero luego remontaron el Neckar, el Main, el Mosela y el Saar para, vía Holanda, llegar a Inglaterra subiendo por el Támesis hasta Londres, pero este tipo de capítulos es raro, centrándose el autor en otorgar un escritor a un río, así, a uno como el Támesis, inconmensurable respecto a las figuras que podría haber albergado, incluido el Bardo Shakespeare y un séquito casi inagotable que no se agota en Joseph Conrad, el autor lo liga a los paseos de Lewis Carroll con Alice Liddell, aún recuerdo la carta que el reverendo dirige al padre de Alicia, que ya tenía catorce años, edad en que podía tener novio, preguntarle si la niña podía todavía ser besable, para pasar a una serie de escritores ligados al río por circunstancias históricas como el imperialismo, caso de Mungo Park con el Níger, a Stanley con el Congo, al Santa Cruz con Darwin; al Yukón con Jack London…
Y luego, claro está, los tiempos más recientes, el Amur con Antón Chéjov, el Danubio con Claudio Magris o el Volga con Jules Verne. En este contexto los datos que aporta Fernando Peña son enormes y prolijos convirtiéndose en clases de literatura, en pequeñas biografías de los autores tratados hasta recalar, como un bucle interminable de nuevo en el Nilo, convertido éste ya en un lugar de turismo de masas. El libro acaba así, «En 1882 Gran Bretaña se hizo con el control de Egipto, el Canal de Suez y el río Nilo, despojado ya de su misterioso secreto».
Las cubiertas de los libros no suelen hacer justicia al contenido de los mismos. Esta vez la cubierta dice mucho más de lo que aparenta: se trata de la reproducción del Bateau-Atelier, de Claude Monet, de 1876. Contiene esa serenidad que otorgan los siglos y, a la vez, es absolutamente moderno. Posee algo de ese espíritu de orientalismo que los impresionistas dieron a Occidente y a la vez parecería que ese espíritu, casi chino, se ha apoderado del lienzo.

