Eric Gras / El Periódico del Mediterráneo, 14 de febrero de 2026
Fernando Peña Rambla, historiador y ensayista: «Los ríos fueron y son fronteras de cultura y depósitos de civilización»
El autor castellonense publica Caminos de agua. Viajes literarios por los ríos (Fórcola).
Durante siglos, los ríos fueron mucho más que cauces de agua: fueron caminos, fronteras, símbolos y fuentes de imaginación. En Caminos de agua. Viajes literarios por los ríos (Fórcola), el historiador y ensayista castellonense Fernando Peña Rambla se adentra en esa tradición fluvial para explorar el vínculo profundo entre el discurrir de las aguas y el nacimiento de la escritura. El libro propone un viaje pausado por ríos reales y literarios —del Nilo al Danubio, del Támesis al Misisipi— de la mano de autores como Flaubert, Humboldt, Twain, Conrad o Magris, entendiendo el viaje lento como una condición privilegiada para la reflexión y la creación.

Lejos de la nostalgia acrítica, Peña reflexiona sobre la pérdida de la cultura fluvial, la desconexión contemporánea con la naturaleza y el triunfo de una modernidad acelerada que ha relegado los ríos al turismo y a la explotación. Frente a ello, reivindica una forma de viajar y de mirar más atenta, respetuosa y consciente, donde el asombro sigue siendo posible incluso en un mundo cartografiado.
En esta entrevista, el autor reflexiona sobre escritura, geografía, historia y paisaje, y defiende los ríos como depósitos de cultura humana.
—Caminos de agua se plantea casi como un «libro-río». ¿En qué momento entendiste que el propio objeto libro debía imitar la lógica fluvial —el discurrir, los meandros, los regresos— más que una estructura académica cerrada?
Desde el mismo comienzo del proceso de escritura me propuse iniciar un camino de lecturas que me llevara, sin un orden establecido, a acompañar a mis autores favoritos en su relación con un medio mágico y misterioso como es el de los ríos. Lo que realmente perseguía era descubrir de la mano de distintos escritores el lazo misterioso que unía los ríos y la escritura. Tenía claro el marco cronológico y el inicio, pero no el final, solo sabía que necesariamente tenía que ser un camino pausado por el que dejarse llevar a rincones inesperados, sorprendentes y maravillosos. Así, el libro adquirió de forma natural la estructura de un viaje por el que dejarse sorprender.
—El punto de partida es una pregunta esencial: qué hace que los ríos inviten al viaje y a la escritura. Tras recorrerlos literariamente, ¿crees que esa invitación sigue viva hoy o pertenece a una sensibilidad histórica ya perdida?
Hasta la consolidación de ese cambio social y económico que denominamos Revolución Industria, con su elemento estrella, el ferrocarril, más tarde por el automóvil y el avión, los ríos fueron una importantísima vía de comunicación y transporte, tanto de personas como de mercancías o de cultura. Eran un medio de transporte a veces pausado, otras peligroso, pero siempre con una capacidad especial para generar la reflexión y despertar la creatividad y la imaginación. Hoy en día los ríos perviven, aunque por desgracia relegados a un papel secundario en nuestras vidas, maltratados por la contaminación y la sobreexplotación, y los hemos expulsado de la belleza natural que los rodeaba. Desgraciadamente, los ríos han perdido su protagonismo social y con él se ha extinguido su capacidad de sugestión, limitada, como mucho, al turismo.
—En el prólogo, Eduardo Martínez de Pisón habla de un tiempo en el que los ríos eran sentimientos y no un sistema de fontanería. ¿Hasta qué punto este libro es también una reflexión sobre la pérdida de una relación simbólica con la naturaleza?
El abandono y deterioro de los ríos es una muestra de la desconexión que la vida moderna ha llevado al ser humano con la naturaleza. Este proceso de empobrecimiento incluye la pérdida de la cultura fluvial: el conocimiento del viento y de las corrientes, el nombre de los peces, los pájaros, los árboles y las plantas que habitan en las riberas, el sonido del agua y de todas las sensaciones y los sentimientos que provocaban. En este sentido, el libro reclama la atención sobre una naturaleza perdida como marco de creatividad.
—Muchos de los autores que atraviesan el libro –desde Flaubert, Humboldt, Twain, Conrad a Magris– escriben desde la experiencia del viaje lento. ¿Es la lentitud una condición necesaria para que el paisaje se convierta en literatura?
La escritura y la literatura beben de fuentes infinitas. Sin embargo, es cierto que la pausa, la lentitud y la ausencia de celeridad suponen la condición idónea para sumir a la persona que escribe en un estado de reflexión íntima que le permita ahondar en sus recuerdos, sus sentimientos, su imaginación y en la apreciación de la belleza que le rodea y todo ello puede ser la condición necesaria para una producción literaria de calidad. La escritura puede surgir de un momento de peligro sobre unas cataratas vertiginosas o sobre un instante irrepetible, pero sin duda la lentitud fluvial tiene la capacidad de abrir el pensamiento que precede a la escritura y la creación.
—El Nilo aparece al inicio y al final del libro, pero transformado, casi despojado de su misterio. ¿Qué te interesaba subrayar con ese retorno final a un río vencido por el turismo de masas?
La imagen del río Nilo vencido es la metáfora de un mundo nuevo que se abre paso a finales del siglo XIX en el que la naturaleza claudica frente al empeño humano de conquistarla, abriendo la puerta a un progreso que traerá consigo aspectos positivos, pero también nocivos y altamente destructores, como el turismo de masas. El Nilo dejó de ser el Nilo con la llegada del barco de vapor y el desembarco de los turistas europeos y norteamericanos, con su arrogancia, su dinero y su prisa. El misterioso y mágico Nilo que abre el libro acaba siendo vencido por la modernidad en forma de turismo y esta derrota es también el fin de una literatura y una forma de escribir ligada a la pausa, la reflexión y la belleza.
—A lo largo del ensayo se cruzan exploración científica, aventura colonial, introspección literaria y mito. ¿Cómo has gestionado esas tensiones sin idealizar ni condenar retrospectivamente a los viajeros que analiza?
El objetivo que me había marcado era explorar la relación de los ríos con la escritura, es decir, con el hecho de escribir, lo que me llevó no solo a autores literarios, sino también a escritores de diarios, de artículos de periódico, a científicos, viajeros, deportistas y exploradores. Todos escribieron sobre las aguas de ríos y para mí requerían la misma atención. Esto me permitió el lujo de tener que leerlos, una parte importante del proceso creativo, intentando situarme en su momento personal y en su contexto para entenderlos. Ante todo, no se trataba de juzgar, sino de comprender y acompañar a los autores en su proceso de asombro y escritura.
—Procedes de una sólida trayectoria como historiador del franquismo y de la memoria política. ¿Qué continuidades ves entre ese trabajo previo, y el ensayo sobre el viaje a Oriente de Flaubert, y este libro?
Mi trayectoria como historiador partió del análisis de la imposición del franquismo en la provincia de Castellón, un tema que todavía me acompaña. Sin embargo, no tardé en interesarme en el siglo XIX, que considero apasionante. Mi interés por la literatura y por desentrañar el misterio del acto de la escritura acabó llevándome a la figura del joven Flaubert y su viaje a Oriente, que es el punto de partida de este nuevo ensayo. Desde mi punto de vista, un historiador es un escritor, debe interrogarse por la naturaleza de la escritura y tratar de reflexionar sobre su misterio. El resto del camino es puro placer y seducción.

—En muchos pasajes, los ríos funcionan como ejes de civilización, pero también como fronteras morales y políticas. ¿Hasta qué punto crees que la literatura fluvial ayuda a entender la historia de Europa y del mundo?
Los ríos fueron y son fronteras de cultura y depósitos de civilización. Pueden separar civilizaciones y unirlas. No se puede comprender Europa sin el Rin ni el Danubio, pero tampoco sin el Támesis o el Sena, de la misma manera que no se puede entender la historia y la cultura rusa sin el Volga, Estados Unidos sin el Misisipi o Egipto sin el río Nilo. Podría escribirse la historia del siglo XIX desde la literatura sobre el puerto de Londres, el puerto del mundo, donde el Támesis se une al océano. Desde el Neolítico las sociedades humanas viven pegadas a los ríos. Los ríos son pura Historia.
—El libro dialoga constantemente con la geografía como disciplina cultural. ¿Qué te ha aportado el pensamiento geográfico –y en particular la mirada de Martínez de Pisón– a tu forma de leer literatura?
Eduardo Martínez de Pisón es un referente para todo aquel que se acerque a la interpretación cultural del paisaje. Su mirada literaria a la geografía, desde las montañas, el mundo subterráneo, el Ártico o su extraordinario análisis de la obra de Julio Verne o del mundo de Tintín, ha supuesto para muchos autores, y para mí el primero, una lección impagable para comprender la geografía como un paisaje de palabras y de cultura. Siempre le agradeceré el prólogo que abre el libro y siempre estaré en deuda con Javier Jiménez, editor de la editorial Fórcola, por hacerlo realidad.
—Frente al viaje contemporáneo, rápido y programado, reivindicas la figura del viajero independiente y reflexivo. ¿Es Caminos de agua una defensa implícita de otra forma de estar en el mundo?
En este libro se reivindica una forma de viajar romántica, alejada de las aglomeraciones, respetuosa con la naturaleza, sin prisas, atenta y reflexiva, la única forma verdadera de viajar. El resto es ilusión. Esta forma de viajar debería ser una parte más de un estilo de vida cada vez más difícil de practicar, pero que sin duda merece la pena intentar, más libre y respetuosa, más apegada al conocimiento que al consumo, reivindicadora de la formación integral de la persona.
—Muchos de los textos que analizas nacen del asombro ante lo desconocido. En una época de mapas saturados y Google Earth, ¿crees que aún es posible una literatura del descubrimiento?
El verdadero descubrimiento es personal e interior. Me niego a aceptar que se ha extinguido nuestra capacidad de descubrimiento. Podemos encontrar el asombro al otro lado del planeta, en un país diferente o en la ciudad vecina, pero también en nuestra calle, al salir de casa, en la flor que asoma en la planta de nuestro balcón o en las páginas del próximo libro que nos maraville. Asombrarse es sentirse vivo y vivir es descubrir. Mientras haya seres humanos habrá escritura.
—Después de recorrer tantos ríos a través de otros escritores, ¿qué ha cambiado en ti como lector y como ensayista? ¿Hay algún río –real o literario– al que ya no puedas volver de la misma manera?
Se atribuye a Heráclito la idea de que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Cambian las aguas y cambiamos nosotros. Cada libro transforma a su autor y a mí este ensayo me ha permitido entender el valor de una mirada atenta a las personas que han tenido la valentía de escribir. Ya nada será igual, los ríos ya no serán los mismos, la realidad la construimos a partir de la acumulación de las capas de nuestra curiosidad y no podremos volver al punto de partida, los ríos son caminos de cultura disuelta en agua, enriquecida con nuestras miradas. Espero que mi libro contribuya a que el lector valore los ríos como depósitos de cultura y contribuya a su preservación.

