Darío Fernández / El Diario montañés, 30 de octubre de 2026
El experimento cultural que Richard Wagner inauguró en Baviera es el resultado de las decisiones, dilemas y contradicciones no resueltas
La presentación del libro La invención de Bayreuth nos invita a analizar brevemente cómo el experimento cultural que Richard Wagner inauguró en una anodina ciudad de Baviera continúa determinando, un siglo y medio después, las grandezas y servidumbres del festival de ópera más famoso y controvertido del mundo. Desde 1876, miles de melómanos emprenden cada verano un ascenso ritual a la «Colina Sagrada» de Bayreuth. Acuden predispuestos a reverenciar la figura de Richard Wagner en un silencio casi litúrgico, a soportar la incomodidad de unas butacas de madera sin tapizar bajo el sofocante calor estival y a sumergirse en la penumbra absoluta de una sala con acústica prodigiosa.

Para el espectador no advertido, esta experiencia puede parecer una impostura o, en términos más actuales, un postureo, pero tiene su propia historia. Como pretendo mostrar en La invención de Bayreuth, la percepción predominante y lo que hoy presenciamos sobre el escenario y en su patio de butacas es el resultado de las decisiones, dilemas y contradicciones no resueltas que moldearon las primeras décadas del Festival entre 1876 y 1898.
Para comprender el fenómeno del Bayreuth actual, es preciso empezar por exponer su paradoja fundacional: la brecha entre la utopía original y la necesidad de supervivencia económica. En sus primeros escritos, Richard Wagner concibió el Festival no como una empresa comercial ni cortesana, sino como una fiesta democrática y popular. Su sueño inicial era un teatro provisional de tablas y vigas donde el arte se ofreciera gratuitamente al pueblo. Sin embargo, la realidad material se impuso y su inauguración en 1876 con el Anillo del Nibelungo se saldó con un déficit abrumador de 148.000 marcos, paralizando el teatro durante seis años. Para salvar el proyecto de la quiebra, además de buscar más adhesiones, Wagner y sus herederos tuvieron que cobrar entradas a precios elevados, transformando la utopía democrática en un espacio de acceso restringido para élites económicas.
Foso cubierto e invisible
El segundo condicionante genético de Bayreuth reside en su arquitectura y en la delimitación de su repertorio. Al construir el Festspielhaus, Wagner concibió un espacio diseñado para la concentración absoluta, cuyo hallazgo genial fue el «mystischer Abgrund» –el foso orquestal cubierto e invisible– que disolvió la fuente física del sonido para transformar la música en una aparición onírica, en una experiencia sensorial que sólo puede vivirse allí. Tras la muerte del compositor en 1883, su viuda Cosima Wagner fijó la norma de cerrar el canon del Festival exclusivamente a las diez obras de madurez del maestro, algo que, de nuevo, Wagner no preveía ni deseaba.
Sin embargo, el factor más determinante y sombrío en la historia de Bayreuth fue el proceso por el cual se clausuró su marco ideológico. Richard Wagner proporcionó el material mítico, la innovación estética y el marco institucional; pero fueron sus seguidores más próximos, conocidos como el Círculo de Bayreuth, quienes cerrarían el sistema, transformando el Festival en un espacio de ortodoxia rígida y de culto religioso y vinculando de forma duradera y problemática el nombre de Wagner a una ideología reaccionaria cuyas funestas consecuencias no tardarían en llegar.
En esta deriva doctrinal, podemos señalar a unos cuantos responsables. Hans von Wolzogen desempeñó un papel fundamental desde la revista Bayreuther Blätter, de la que el libro recupera varios artículos. Durante seis décadas, difundió de manera sistemática ideas nacionalistas, antidemocráticas, xenófobas y antisemitas, fijando una lectura dogmática de Wagner que reducía drásticamente el margen de interpretación y pluralismo. En esta labor le acompañaron figuras como Ludwig Schemann, Martin Plüddemann, que podría haber cambiado el destino del Festival de no haber fallecido tan joven; y, algo más tarde, Houston Stewart Chamberlain, quien identificaría irreversiblemente el dogma de la supremacía aria con el ideario wagneriano.

Clausura ideológica
La exclusividad del repertorio y esta clausura ideológica despertarían entre el gran público unos sentimientos encontrados que aún perduran y abocarían al Festival a una recepción ambivalente que el colapso del Tercer Reich acrecentó: por un lado, el irresistible atractivo de la exclusividad y de la contemplación del legado de Wagner en toda su verdad; por otro, el rechazo generado por la barbarie nazi, con la que había quedado íntimamente asociado.
En la inmediata posguerra, correspondió a los nietos del compositor, Wieland y Wolfgang Wagner, la titánica tarea de «desnazificar» la institución, algo que lograron a duras penas mediante la creación de un Nuevo Bayreuth y el concepto del Festival como taller artístico. Subrayo la expresión «a duras penas» porque si bien la continuidad de la familia Wagner al frente del teatro garantizaba su autenticidad e identidad, las explícitas simpatías de su madre hacia Adolf Hitler –inmortalizadas en fotografías donde se puede ver al dictador junto a los nietos en Wahnfried– hicieron infinitamente más difícil disociar a Bayreuth del régimen nazi y del ideario excluyente instaurado décadas atrás.
El Bayreuth contemporáneo, en fin, no puede entenderse aún hoy en día sin esa doble cicatriz. La búsqueda incesante de vanguardia escénica, el debate crítico y la transparencia histórica no son meros adornos intelectuales, sino el antídoto indispensable ante los fantasmas que el propio Círculo de Bayreuth engendró en su afán de absolutización. Ciento cincuenta años después de que resonaran las primeras notas del Anillo, Bayreuth sigue fascinando e irritando a partes iguales. El tiempo, que todo lo cura, logrará un día que consideremos Bayreuth no solo un templo de la música, sino el testimonio vivo de cómo una utopía artística genial logró sobrevivir a sus contradicciones materiales e ideológicas.

