Alfonso Lucini/ Revista de Libros, 30 de octubre de 2026
Mientras pasaba parte del verano de 1929 en Cadaqués, invitado por Salvador Dalí, René Magritte pintó una naturaleza muerta en la que un torso desnudo de mujer, una tuba y una silla, los tres de un gris desvaído, flotan juntos en el vacío sobre una ensenada tan convencional como siniestra. La tituló Le temps menaçant. Azarosa y conscientemente, el cuadro prefigura la era del desasosiego por antonomasia en el Viejo Continente, la que va del jueves negro de aquel mismo año hasta el comienzo de la segunda fase de la guerra civil europea en septiembre de 1939.

En esa década de la po(pu)larización total, pero también en sus antecedentes y consecuencias, se centra el libro, publicado por primera vez en italiano en 1990 y luego ampliado y reeditado en 2015, que Maurizio Serra dedicó a un grupo de escritores encuadrados bajo la rúbrica «estetas armados o poetas condotieros», en la que resuena, de un modo particularmente inquietante, el clásico lugar común de las armas y las letras.
Si Allen Ginsberg pudo ver a las mejores mentes de su generación destruidas por la locura de la estandarización social en los Estados Unidos de los años cincuenta, Serra ha visto y estudiado, con apabullante erudición y conocimiento de la historia (micro y macro), a muchas de las mejores mentes europeas de aquellos años treinta, arrastradas al desvarío del apoyo a los totalitarismos fascista y comunista por una comezón anímica y un prurito estético que hunden sus raíces en lo que Ortega y Gasset llamó «el fango romántico» y que con frecuencia acabaron yéndose por las ramas más histéricas de las vanguardias históricas.
Estamos ante una imponente galería de vidas, todas desaforadas, todas tan reales y a la par imaginarias como las de Marcel Schwob, muchas tan iconoclastas como las de Juan Rodolfo Wilcock y algunas más infames que las urdidas por Borges. Antes de hacer una cala en su nutrida nómina, detallemos los rasgos que, según Serra, los caracterizan como grupo objeto de investigación:
-Un absoluto desprecio de la historia en tanto sinónimo de razón, herencia del antirracionalismo decimonónico. En la introducción, partiendo de la conocida definición orteguiana del «señorito» como «hombre que ha venido a la vida para hacer lo que le dé la gana» (hay también, según don José, «naciones señoritas»), se caracteriza al esteta armado como un mito, cada vez más separado de la realidad histórica, derivado de la ensoñación del poeta caudillo tan cara a Stefan George. Y es que del poeta caudillo al poeta del caudillo solo hay un paso, y no precisamente largo.
-Una toma de partido casi infantil por la juventud en la eterna querella entre los antiguos y los modernos. Demasiado imberbes para haber vivido la primera fase de la guerra civil europea, buscaban, escribe Serra, «una forma de reencontrarse con la época de la protesta bélica, de la condena del mundo de los superiores, de los adultos y de los biempensantes». Incapaces generacionalmente de participar en el fratricidio de 1914-1918, acabaron dedicándose, no sin fruición, al parricidio en 1939-1945.
-La creencia de pertenecer a un círculo virilmente selecto de iniciados, lo que los alemanes llaman Männerbund y cuyo arquetipo quizá sea el grupo de los escritores del George-Kreis creado por y en torno al ya citado Stefan George. El compagnonnage francés, más albañil, apunta en la misma dirección.
-Una acusada egolatría. Al esteta armado bien puede aplicársele aquello que decía Jean Cocteau (quien, por exceso de esteticismo, nunca llegó a armarse del todo): «Narciso, qué extraña pareja formas».
-Un ansia enfermiza de heroísmo y de acción por la acción, cuyo objetivo último, no siempre declarado, es la muerte gloriosa, el bel morir. En este sentido, cobra especial relevancia el culto a la aviación, con su alegórica carga erótica, que muchos estetas armados practicaron.
En suma, un batiburrillo estético-ideológico que acabó sirviendo de abono (entonces, todavía, el intelectual se consideraba un creador de realidades) al horror sin paliativos.
Cuando apareció en 2023 la versión española de El esteta armado, en una pulcra edición de Fórcola —poquísimas erratas, fluida y documentada traducción de Ester Quirós Damiá y el abundante aparato fotográfico del original, útil, como escribe el propio Serra, para documentar el cambio de la imagen decimonónica del esteta—, las críticas —unánimemente, con razón, positivas— hablaron del libro como si de un todo orgánico se tratase. En nuestra opinión, y esto no va en desdoro de la obra, estamos ante ocho libros distintos, tantos como secciones tiene el conjunto, susceptibles de ser leídos independientemente unos de otros, pero unidos por el potente hilo temático del esteta armado, que los hace dialogar continuamente entre sí y proporciona especial profundidad y coherencia al todo. Vayamos por partes, que son dos (Las características del mito y Los intérpretes del mito), divididas en cuatro capítulos cada una.

