Damas de libros

Ignacio F. Garmendia / Diario de Sevilla, 23 de agosto de 2026

Era un tópico afirmar que las mujeres han permanecido ajenas al ámbito de la bibliofilia, una pasión abrumadoramente masculina, pero en los últimos tiempos han aflorado ejemplos que sin desmentir lo anterior, es decir lo esperable por razones sociológicas, demuestran la existencia de un linaje de lectoras que en ocasiones se distinguieron en los oficios del libro o lograron reunir importantes bibliotecas. En efecto, si manejamos un concepto no restrictivo de la bibliofilia, que vaya más allá de lo que Giuseppe Fumagalli definió como el “amor por las ediciones bellas o raras”, podríamos acoger no sólo a las coleccionistas de obras estimables sino también a libreras, impresoras, encuadernadoras, bibliotecarias, tipógrafas o editoras, que junto a las coleccionistas propiamente dichas conforman una constelación de nombres prestigiosos u olvidados, a la que los investigadores no dejan de sumar nuevos casos. El recorrido propuesto por el bibliotecario y editor Massimo Gatta, estudioso del libro y la bibliofilia, en Mujeres y bibliofilia (2026), de quien Fórcola ya ha publicado Breve historia del marcapáginas (2020) y El desorden de los libros (2021), abarca setecientos años desde el siglo XIV hasta el XXI, abordados en una síntesis esclarecedora que contiene mucha información valiosa sobre bibliófilas concretas y sobre las distintas épocas en las que vivieron.

Empieza por constatar Gatta la paradoja que supone que en una sociedad tan poco receptiva a la formación de las mujeres, excluidas de la alfabetización y el estudio, se impusiera el motivo de la Virgen que lee –tan presente en el arte del Renacimiento– o incluso escribe y a veces enseña a leer a su Hijo. La primera mujer nombrada es Christine de Pizan, la prodigiosa autora de La ciudad de las damas, pionera de la escritura no devota junto a María de Francia. Luego alude el autor a las nobles destinatarias de los salterios o libros de horas, como Blanca de Castilla o Juana II de Navarra, y amplía la relación de los oficios citados a los de papeleras, restauradoras, calígrafas, buriladoras, amanuenses o copistas, de las que hay constancia expresa aunque siempre en el segundo plano de los artesanos que surtían a las grandes casas, contribuyendo a alumbrar volúmenes que en muchos casos tuvieron destinos azarosos, consignados por Gatta en apuntes que darían para más de una novela. Las “damas de libros”, como la famosa Lucrezia Borgia o Isabel d’Este, tuvieron gran protagonismo en el Cinquecento europeo, no sólo en Italia, y a la segunda, celebrada por Ariosto, se le atribuye la condición de primera gran coleccionista en el sentido actual. De entonces datan las primeras bibliotecas que pueden ser reconstruidas.

A las doctas mujeres del Barroco, como nuestra Sor Juana Inés de la Cruz, una de las pocas que no perteneció a la nobleza, les suceden las ilustradas que en el XVIII pueden ser calificadas como pioneras de la emancipación, intelectualmente refinadas y conscientes de su posición, muy alta en los casos de madame de Pompadour y la condesa de Barry, favoritas de Luis XV, la duquesa de Parma, la reina María Carolina de Nápoles o la infortunada María Antonieta. Pero al margen de las cortes, aupadas por la nueva sociabilidad de los salones, brillaron decenas de mujeres libres que se relacionaban casi de igual a igual con sus pares. Con todo, dice Gatta, hay que llegar al XX para asistir a la normalización de la bibliofilia femenina en países como Francia, Italia o Estados Unidos. Surgen sociedades exclusivas de bibliófilas como Les Cent Une en París o The Hroswitha Club en Nueva York, y en otras, como el Cento Amici del Libro o el Grolier Club, las mujeres ya no tienen una presencia sólo testimonial. Por otra parte, figuras de inmenso prestigio como Giannalisa Feltrinelli o Belle da Costa Greene, entre otras, suponen un salto cualitativo que servirá de espejo a otras muchas profesionales. Generosamente digresivo, el itinerario de Gatta contiene, pese a su brevedad, numerosas pistas incitadoras, aunando la erudición y la voluntad divulgativa. El broche lo pone el álbum donde se recoge una amplia muestra de la iconografía de las lectoras en la pintura, desde las escenas sagradas –maravillosa la Natividad en la que la Virgen lee mientras San José cuida del Niño– hasta las figuraciones del arte contemporáneo.

En el prólogo, recuerda el narrador y ensayista Hans Tuzzi que “leer como una mujer” quería decir en la Edad Media leer a la ligera, hasta ese punto estaba extendido el prejuicio misógino sobre las capacidades intelectuales del segundo sexo. La lectura era un acto peligroso y las mujeres que leían inspiraban temor, el viejo recelo que suscitaron durante siglos las femmes savantes. Le sigue una delicada reflexión de la novelista Carmen Verde, Lectoras nocturnas, en torno a un curioso cuadro comprado por Mario Praz a una chamarilera en los años cuarenta, que pese a su modesto valor resulta de interés por la escena que reproduce, de inequívoca filiación romántica: una bella joven que se queda dormida mientras lee, con el libro abierto sobre la cama. En epílogo se reproduce una temprana manifestación (1926) del interés por las Mujeres bibliófilas italianas, obra del bibliógrafo Giuseppe Fumagalli, quien señala que su número fue inferior al de las francesas aunque compartieran con ellas, hasta el siglo XVIII, la pertenencia a la alta aristocracia. A los citados paratextos, tomados de la edición original, ha sumado el editor un cuarto de Nieves Baranda, Bibliofilia femenina en España, que remite a su libro de referencia sobre la materia. Analizar el hábito asociado a las mujeres –precisa la estudiosa, aludiendo al limitado contexto en el que se desenvolvían– implica más que la mera búsqueda de nombres.

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