Marta Valls/ Libros, nocturnidad y alevosía, martes 3 de febrero 2026
No entraron en la historia por la puerta principal. Unas lo hicieron por la ventana, otras por la cocina, algunas dejaron apenas una nota doblada entre las páginas de un libro ajeno. Durante mucho tiempo, cuando se pronunciaba la palabra Romanticismo, se evocaban a hombres pálidos mirando tormentas, genios atormentados escribiendo versos junto a una vela, filósofos empeñados en pensar el Absoluto. Y, sin embargo, si uno se detiene a escuchar con atención, bajo ese estruendo masculino hay otra música: voces de mujeres que discutían, traducían, amaban, polemizaban y escribían como si les fuera la vida en ello, como nos cuenta Virginia López Domínguez en Condenadas al olvido. Breviario de escritoras del romanticismo (Fórcola, 2026).

En Jena y Berlín, a finales del siglo XVIII, el Romanticismo no era una corriente estética sino una forma de vida peligrosa. Se discutía de filosofía como quien juega a los dados con el destino, se defendía el amor libre como una tesis moral y se pensaba que la literatura podía cambiar el mundo. En ese hervidero intelectual estaban Dorothea Mendelssohn -Veit-Schlegel y Caroline Michaelis-Böhmer-Sclegel-Schelling, no sentadas al fondo tomando notas, sino en el centro del debate. Caroline editaba revistas, traducía a Shakespeare, corregía a los grandes nombres del momento y opinaba sin pedir permiso. Dorothea, por su parte, hizo algo todavía más escandaloso: se divorció. Abandonó un matrimonio infeliz y apostó por una vida elegida, no heredada. En un mundo que concebía a la mujer como destino biológico, ella defendió la libertad amorosa como un derecho filosófico.
Rahel Levin-Varnhagen entendió antes que nadie que pensar también era crear espacios. Su salón berlinés no era un lugar de entretenimiento, sino un laboratorio político. Allí se hablaba de nación, de identidad, de judaísmo, de modernidad. Como mujer y como judía, Rahel sabía que la exclusión no era una idea abstracta, sino una experiencia cotidiana. Por eso convirtió la conversación en resistencia.
Sophie Schubart-Mereau-Brentano escribió poemas y tradujo textos mientras defendía algo intolerable para su época: que una mujer pudiera mantenerse a sí misma. Karoline von Günderrode llevó el ideal romántico hasta un punto sin retorno. Quiso el absoluto, lo exigió todo, y la sociedad solo le ofreció límites. Su suicidio no fue un gesto romántico en el sentido trivial del término, sino el síntoma brutal de una contradicción histórica: se alentaba a las mujeres a sentir infinitamente, pero se les prohibía vivir en consecuencia.
Más al oeste, Madame de Staël cruzaba fronteras con la misma facilidad con la que cruzaba ideas. Napoleón la temía, y no sin razón. Exiliada, vigilada, incansable, convirtió Europa en un mapa intelectual. Gracias a ella, Alemania pensó Francia y Francia descubrió otra manera de entender la subjetividad, la política y el arte. En Corinne, su heroína artista no fracasa por falta de talento, sino por exceso de libertad. El castigo social a la mujer brillante estaba narrado con una lucidez que todavía incomoda.
En Inglaterra, la insumisión adoptó otros tonos. Mary Shelley escribió Frankenstein a los dieciocho años, pero no fue un accidente juvenil. La novela es una pregunta moral lanzada al corazón de la modernidad: ¿qué ocurre cuando creamos sin hacernos responsables? El monstruo no es solo una criatura abandonada, es el reflejo de todos los sujetos expulsados de la comunidad. Mary Shelley, hija de una feminista y viuda de un poeta, pensó la ciencia, la ética y la soledad con una profundidad que desborda cualquier etiqueta.
Jane Austen, con su aparente discreción, fue una estratega. Desde salones, bailes y herencias, desmontó con ironía el sistema económico que convertía el matrimonio en una transacción. Sus heroínas no sueñan con príncipes, sueñan con el respeto. Y eso, en su tiempo, era revolucionario.
Las hermanas Brontë no pidieron permiso ni siquiera al buen gusto. Charlotte hizo de «Jane Eyre» una mujer que exige igualdad moral y afectiva, incluso cuando eso implica quedarse sola. Emily, en «Cumbres borrascosas», escribió una novela indomable, atravesada por un deseo que no redime ni se domestica. El Romanticismo, en sus manos, dejó de ser decorativo y se volvió salvaje.
Al otro lado del Atlántico, la voz femenina osciló entre la reforma social y la radical soledad. Elizabeth Barrett Browning escribió algunos de los poemas de amor más intensos del siglo XIX mientras denunciaba la esclavitud y la injusticia. George Sand vivió como escribió: con pantalones, amantes y una libertad que escandalizaba a la burguesía. Su vida fue un argumento político.

Louisa May Alcott ofreció en «Mujercitas» algo más que una novela familiar: propuso modelos de crecimiento femenino donde la ambición, el trabajo y la independencia no eran defectos. Y Emily Dickinson, recluida en su habitación, hizo estallar el lenguaje poético desde dentro. Su encierro no fue una sumisión, sino un repliegue estratégico. Si el mundo no podía cambiarse, al menos podía reinventarse en un poema.
El Romanticismo elaboró una imagen ambigua de lo femenino: la mujer como mediadora con lo absoluto, como madre que guía sin imponer, como figura de cuidado y trascendencia. Esta idealización fue peligrosa, pero también abrió una grieta. Por esa grieta, muchas mujeres pensaron, escribieron y vivieron de otro modo.
Virginia López-Domínguez llama a este proceso por su nombre: exclusión, olvido, ocultamiento. No ocurrió solo en el siglo XIX. Se prolongó hacia el futuro, alcanzando su punto álgido en nuestros días, cuando muchas de estas obras siguen siendo desconocidas. Frente a ese borrado, propone un gesto casi ritual: un breviario. Pequeñas biografías, datos esenciales, palabras recuperadas. No para canonizar, sino para recordar.
Porque la historia del Romanticismo no es solo la historia de una corriente artística frustrada frente al triunfo de la técnica y el materialismo. Es también la historia de una comunidad que creyó en el diálogo, en el afecto y en la creación compartida. Fracasó políticamente, como fracasó la Revolución francesa una y otra vez. Pero dejó algo irreductible: una palabra.
Y esa palabra, dice López-Domínguez, nos llega hoy a través de sus escritoras. Mujeres que no pidieron permiso para pensar. Que apostaron por crear cuando el mundo les exigía silencio. Que pagaron un precio alto, pero dejaron una huella obstinada. Leerlas ahora no es un acto de nostalgia. Es un acto de justicia.

