Mujeres del Romanticismo

Manuel Gregorio González /Europa Sur, 25 de enero de 2026

Mujeres del Romanticismo. Fórcola publica Condenadas al olvido, en el que Vir­gi­nia López Domínguez dispone un prontuario de escritoras románticas donde se subraya el carác­ter revolucionario de dicho movimiento

En Con­de­na­das al olvido, de la ensa­yista Vir­gi­nia López Domín­guez, se asiste a una doble recla­ma­ción que atañe no solo al papel de la mujer en la cul­tura del XIX, sino a la pro­pia natu­ra­leza del movi­miento román­tico en que, suma­riamente, se inser­ta­ron. Si, por un lado, este Bre­via­rio de escri­to­ras del Roman­ti­cismo aco­pia, a la manera de Aubrey, los nom­bres y las vidas de veinte muje­res pro­mi­nen­tes, que tuvie­ron una desi­gual rele­van­cia en su siglo: desde la enorme impor­tan­cia que adqui­rió madame de Staël gra­cias, por ejem­plo, a su Ale­ma­nia, a la vida casi secreta en la que vivió Emily Dic­kin­son, ya en la segunda mitad del XIX; si por un lado, digo, nos encon­tra­mos con una selec­ción de escri­to­ras román­ti­cas, ceñida al ámbito ger­mano y anglo­sa­jón, por el otro nos halla­re­mos con una vin­di­ca­ción del movi­miento román­tico en su carác­ter revo­lu­cio­na­rio. Pero no solo en los tér­mi­nos polí­ti­cos que se extraen de Rous­seau a Cons­tant, del nacio­na­lismo de Fichte al tem­prano femi­nismo de Mary Wolls­to­ne­craft, madre de Mary She­lley, sino en la per­du­ra­ble revo­lu­ción de las cos­tum­bres que se obrará en el inte­rior domi­ci­lia­rio, gra­cias a la abun­dante lec­tura que per­mi­tie­ron las biblio­te­cas par­ti­cu­la­res del XVIII y el XIX.

Ello implica, según advierte su autora en las pági­nas ini­cia­les, que la casi tota­li­dad de estas auto­ras per­te­ne­cían a fami­lias aco­mo­da­das. En cual­quier caso, esta revolu­ción «domés­tica» no se ceñirá a un libre acceso a la cul­tura libresca, musical, pic­tó­rica, etc., pre­sente en el hogar paterno. Un acceso, por otra parte, de carác­ter pri­vado, dada la res­tric­ción uni­ver­si­ta­ria del alum­nado feme­nino. Los cam­bios que aquí se reco­gen, y que afec­tan en pro­fun­di­dad a la tex­tura de la sociedad, son aque­llos que ata­ñen a una libre dis­po­si­ción de los sen­ti­mien­tos, y que con­cier­nen tanto a la con­cep­ción de matri­mo­nio «por amor» –y no por convenien­cia, mucho más común enton­ces–; como a la pro­pia fle­xi­bi­li­za­ción del vín­culo matri­mo­nial, creán­dose unio­nes de carác­ter abierto y de natu­ra­leza privada. El ejem­plo muy cono­cido de la pro­pia Mary She­lley no es, en tal sen­tido, una excep­ción. A ello debe aña­dirse otra pecu­lia­ri­dad, cual fue la for­ma­ción de pare­jas en las que el indi­vi­duo mas­cu­lino era noto­ria­mente más joven, y en las que, por tanto, el lazo uti­li­ta­rio de la repro­duc­ción se veía difu­mi­nado entre otros inte­re­ses más amplios, román­ti­cos en su sen­tido último.

Uno de los aspec­tos des­ta­ca­dos por López Domín­guez, y que se dedu­cen con facili­dad de lo dicho, es la usual cir­cuns­crip­ción de la obra feme­nina a la intimidad fami­liar, en dos sen­ti­dos muy con­cre­tos: aquel que incli­naba a los hombres a firmar como suyas la obra de sus pare­jas; o aquel otro que invi­taba a la mujer a escri­bir bajo pseu­dó­nimo. Madame de Staël, en La lite­ra­tura y su relación con la socie­dad, obra publi­cada en 1800, ofrece alguna de las razo­nes de esta apro­pia­ción u ocul­ta­miento de la pro­mi­nencia feme­nina. Escribe Staël que en el Anti­guo Régi­men se «per­mi­tía a las muje­res sacri­fi­car las ocu­pa­cio­nes que se supo­nían pro­pias de su sexo a los gus­tos del mundo y a su diver­sión, pero se las acu­saba de pedan­te­ría si se entre­ga­ban a una acti­vi­dad más seria».

Paradójicamente, sin embargo, «des­pués de la revo­lu­ción los hom­bres han decidido que era polí­tica y moral­mente útil redu­cir a las muje­res a la medio­cri­dad más absurda». Entre esas muje­res nunca se encon­tró madame de Staël, cuyo padre era el ban­quero suizo Nec­ker. Donde sí des­ta­cará, con la rele­van­cia adecuada, es en otro fruto de la domes­ti­ci­dad ya dicha; un fruto de carác­ter favora­ble y de suma impor­tan­cia en la cul­tura euro­pea del Sete­cien­tos y el Ochocien­tos: los salo­nes que regen­ta­ron, de modo prin­ci­pal, bri­llan­tes figu­ras feme­ni­nas, algu­nas de las cua­les vie­nen reco­gi­das en estas pági­nas. ¿Quié­nes son aque­llas muje­res –poe­tas, tra­duc­to­ras, crí­ti­cas, nove­lis­tas, etc.–, reu­ni­das para este Bre­via­rio? Las her­ma­nas Men­delss­sohn, Rahel Levin, Sop­hie Tieck, Caroline Michae­lis, Caro­line Dacheröder, Sop­hie Schu­bart, Betina Bre­ntano, madame de Staël, Mary Wolls­to­ne­craft, Ann Rad­cliffe, Mary She­lley, Jane Austen, las her­ma­nas Brontë, Eli­za­beth Barret, George Sand, Luisa May Alcott y Emily Dic­kin­son.

Dado el carác­ter com­pen­dia­rio de la publi­ca­ción, se echan a faltar algu­nas repre­sen­tan­tes de dis­tin­tos ámbi­tos euro­peos, y prin­ci­pal­mente, del roman­ti­cismo his­pá­nico, como Bohl de Faber, Ger­tru­dis Gómez de Avellaneda, Rosa­lía de Cas­tro, la franco-peruana Flora Tris­tán, Caro­lina Coronado, Con­cep­ción Are­nal, Juana de Vega, etcé­tera. Su inclu­sión per­mi­ti­ría mos­trar, de modo ine­quí­voco, el ver­da­dero alcance del Roman­ti­cismo; esto es, su viva reper­cu­sión y su linaje occi­den­tal.


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