Que vuelva la poesía

Jesús García Martín/ Tribuna, 2 de junio de 2026

Ya lo creo que se canta lo que se pierde: de los nueve a los catorce años, hasta 1974 –mundo aquel maravilloso, le pese a quien le pese– estudié (estaban por allí mi hermano Pedro, Calderón, Vicente Cañellas, Rafel Camps o Juan Oliver o Víctor Eyaralar) en la Aneja (Escuela Normal) donde tuve maestros magníficos como don Melchor Rosselló, don Antonio Guillén, don Sebastián, don Francisco Sáez (con quien quince años después coincidiría en las clases de doctorado de Camilo José Cela) y sobre todo tuve al inolvidable don Pedro Cerdá, que tenía una extraordinaria colección de exlibris y sobre todo se centraba en las matemáticas y en que ejercitáramos la memoria: lo mismo aprendíamos la lista de los ríos o de todos los estrechos geográficos europeos (todos), que largas poesías.

Y hete aquí que, en ese tema del trade memoriae, uno de los pocos verdaderos intelectuales que tenemos hoy en España, Andrés Amorós, acaba de publicar en la editorial Fórcola (sin necesidad de hacer uso de la IA, ni el editor, Javier, ni Andrés) un libro, con tapa dura, quiero decir que se puede releer toda la eternidad e incluso se puede traspasar a la next generation (si los desbrozamos de lo woke y si no nos llega antes el Planeta de los Simios) titulado Se canta lo que se pierde, en el que comenta largo y tendido (565 páginas) a los grandes poetas con sus poesías (las mejores 50 de ellas) de España, que son excelsas, su legado que se está diluyendo en este mundo multicultural-anticultural que tuvo un sistema educativo, extraordinario hasta hace cuarenta años, ahora ya dinamitado (como los muros de la patria mía) por completo.

Cada escena de la vida tiene un refrán de Sancho Panza para aplicar y una poesía española para embelesarse: sin ese armazón, sin ese enorme patrimonio cultural –que nos inculcaron nuestros ancestros a los que hoy ya somos viejos– el futuro se vuelve anodino, sin chispa, los nuevos españoles ya se anegan en su propia salsa y estulticia. Todo esa podredumbre nos está viniendo, escribe Andrés, porque han conseguido que «no hay que enseñar contenidos –¡para eso está internet, afirman con descaro–, hay que evitar la historia cronológica y despreciar el esfuerzo, por la obvia razón de la fatiga».

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