Xavier Cugat: a tortas con el sha por una modelo y más ficciones

Yaiza Santos / El mundo, 25 de abril de 2026

Se reedita la autobiografía de Xavier Cugat que se lee con mucho gusto aunque se sea consciente de los adornos de la narración. Da igual: se trata de ser tan feliz como cuando se escuchan sus canciones.

Hay muchas cosas ciertas en la vida de Xavier Cugat (Gerona, 1900-Barcelona, 1990), ese simpático anciano con pipa apagada y calcetines rojos que España empezó a reconocer hace 40 años a través de la televisión, primer exportador de los ritmos latinos a EE UU, rey de las noches en el Cocoanut Grove de Beverly Hills y el Waldorf Astoria de Nueva York, acreedor de dos estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood, habitante -a cambio de dibujos- del Ritz de Barcelona, dueño de un Rolls-Royce dorado. Pero entre las cosas cabalmente verificadas no está Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba.

Confeccionado por primera vez en 1981 por el editor Eduard Fornés, a partir de la transcripción de grabaciones orales del artista siendo ya mayor, el libro lo acaba de reeditar Javier Jiménez en Fórcola, con más de cien notas al pie, cronología, prólogo de David Felipe Arranz y ¡tres! epílogos, de dos cugatólogos -Diego Mas Trelles, director del documental Sexo, maracas y chihuahuas (2016), y Jordi Puntí, autor de la novela Confeti (2024)- y del biógrafo renegado de Julio Iglesias Ignacio Peyró. Un aparato crítico de envergadura, pues, que no sirve para discernir del todo qué es verdad y qué es mentira.

Emigrados todos a La Habana, por ejemplo, nunca queda claro si los Cugat Mingall -más un abuelo y una tía- lo hacen en 1903 o en 1904, ni por qué dejan Gerona. Jiménez, basándose en la biografía que escribió Luis Gasca en 1995, da por bueno el relato de Cugat de que su primera esposa fue la cubana Rita Montaner -otras cuatro fueron Carmen Castillo, Lorraine Allen, Abbe Lane y la inefable murciana Charo Baeza-, pero Puntí lo desmiente. Puntí también afirma que es falso que Cugat apareciera, como violinista, en la película de Rodolfo Valentino Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921), pero es algo que se acredita en la biblia en internet del cine, IMDB.

Algunas fantasías son flagrantes y quedan desmontadas. Es imposible que conociera en La Habana a Caruso con 15 años (o sea, en 1915) porque el tenor italiano solo visitó Cuba en 1920, y porque para entonces toda la familia -padre, madre, los cuatro hermanos de Cugat y él mismo- estaba mudándose a Nueva York. Por esto mismo, tampoco puede ser verdad que llegara a Manhattan adolescente solo, sin un céntimo, y tuviera que dormir a la intemperie en Central Park. En notas al pie, se desmiente que Cugie -su apodo en Hollywood- rebautizara a Margarita Cansino con el nombre que la hizo famosa, Rita Hayworth -fue el productor de Columbia Harry Cohn-; o que presentara por primera vez a un joven cómico llamado Woody Allen –con el que sí compartió cartel en el Caesar’s Palace de Las Vegas en 1966 pero que llevaba lustros de carrera-; o que hallara el cadáver de Carmen Miranda en su camerino en un entreacto -murió sola en su dormitorio, donde la encontró su marido.

Otras colosales falsedades pasan sin que chiste ningún especialista. No puede ser que el cortometraje Cugat y sus Gigolós (A Spanish Ensemble, en realidad) fuera el primer filme sonoro, porque es de 1928 y un año antes se estrenó El cantor de jazz. ¿Cuándo el efímero presidente mexicano Adolfo de la Huerta -que, efectivamente, era tenor aficionado y daría clases de canto en su exilio en Los Ángeles- fletaría un tren de cantantes de ópera desde Nueva York para una actuación en el Distrito Federal? ¿Y cómo puede ser que el convoy fuera detenido por el mismísimo Pancho Villa, bandido semi analfabeto, para que les cantara en exclusiva, estando para entonces desbaratada su División del Norte? ¿Y desde cuándo fue Villa presidente?

Atendiendo al subtítulo de «autobiografía», Yo, Cugat obliga a no bajar la guardia, a leerlo con hipervínculos, a rastrear en archivos audiovisuales, a no conformarse con según qué fuentes. Pero también puede devorarse como un lector-hembra (© Julio Cortázar), sumergiéndose como Esther Williams en las piscinas de Escuela de sirenas (1944), que tan grandemente gira alrededor de la orquesta de Xavier Cugat. Como si fuera, vaya, la novela que es. Ya se sabe que una gota de ficción es como una de lejía. Cugat dándole la idea a Charlie Chaplin de usar La violetera para Luces de la ciudad (1931). Cugat inspirando a Cole Porter para componer Begin the Beguine. Cugat a bofetadas con el sha de Persia por una modelo rubia espectacular. Cugat siendo amigo personal de Juan Belmonte, que sube al escenario para regalarle una oreja que había cortado. Cugat, íntimo de -la lista no es exhaustiva- Mae West, Howard Hughes, Bing Crosby, Pablo Picasso, Henry Ford, Édith Piaf, Jorge Negrete, Carlos Gardel, Salvador Dalí.

Enlace…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Carrito de compra