Francisco R. Pastoriza / El faro de Vigo, 18 de abril de 2026
El libro Condenadas al olvido, de la profesora y escritora Virginia López Domínguez, analiza la revolución cultural que protagonizaron mujeres del Romanticismo.
El Romanticismo fue una corriente literaria y una actitud frente a la vida cuyas interpretaciones no siempre gozaron del favor de la crítica y de los movimientos sociales y políticos. Algunas doctrinas feministas niegan a las escritoras románticas el carácter de rebeldía frente a los valores de una sociedad colonizada por el patriarcado y el machismo. Sin embargo, muchas de aquellas mujeres personalizaron el enfrentamiento a aquella sociedad reivindicando el derecho a una sexualidad libre y a la equiparación entre hombres y mujeres. Una actitud que se manifiesta en sus biografías y también en sus obras literarias, a través de las que establecieron las bases teóricas para la liberación de la mujer. La profesora y escritora Virginia López Domínguez ha recogido algunos de estos testimonios en Condenadas al olvido (Fórcola), un libro que analiza la revolución cultural que protagonizaron algunas de aquellas mujeres que con su comportamiento y con sus obras pretendían educar a la sociedad a través del arte y la literatura dando ejemplo de libertad y autonomía. Fueron protagonistas que inspiraron a escritores y artistas, contribuyeron al éxito literario de sus parejas y ejercieron de anfitrionas en tertulias y salones de una sociedad que las marginaba en muchos ámbitos. Ciertamente muchas de esas mujeres procedían de familias vinculadas a la alta sociedad, pero tampoco esta clase social estaba liberada de prejuicios antifeministas.

Como especialista en el Romanticismo alemán, Virginia López dedica una mayor atención a las escritoras románticas de este país, en especial a las que formaron parte del círculo de la ciudad de Jena. Nombres apenas conocidos en otros ámbitos pero que tuvieron un papel fundamental a la hora de presentar sus ideas rupturistas.
Una de las explotaciones que sufrieron muchas de aquellas mujeres fue la de ser escritoras-fantasma (ghostwriting); es decir, no poder firmar obras con su nombre, obligadas a utilizar el de un hombre o el de su pareja, servidumbre que se consideraba dentro de los deberes maritales. Tampoco se les permitía colaborar en revistas literarias porque las aptitudes intelectuales se consideraban patrimonio de los hombres.
Dorothea Mendelssohn se cambió de nombre (se llamaba Breudel) para eludir la doble humillación de ser mujer y judía. Su nombre no solía figurar en sus publicaciones (la novela Florentino, por ejemplo) que firmaba su marido Friedrich Schlegel, cuyo romance contó en Lucinde. A veces se le permitía firmar sus artículos con una D. A la muerte de Schlegel fue reconocida como autora de muchas de aquellas obras y también como traductora de una biografía de Juana de Arco, de la Historia del mago Merlín, que también firmaba Schlegel, y de la novela Corinne de Mme. de Staël.
Su hermano Ludwig y su marido August Ferdinand Bernhardi firmaban las obras de Sophie Tieck, poetisa, narradora y también traductora. El marido de Carolina Michaelis, August Wilhelm Schlegel, firmó durante los siete años que duró su matrimonio las obras, las traducciones y las reseñas de esta mujer, considerada la mayor víctima del ghostwriting del Romanticismo. Caroline Dacheröden viajó con tres de sus hijos por España durante siete meses para describir y catalogar obras de arte, un trabajo que firmó su marido Wilhelm von Humboldt. Incluso las Hermanas Brönte firmaron poemas y narraciones con nombres masculinos: Currer, Ellis y Acton Bell.
Muchas de estas mujeres del romanticismo manifestaron una audacia y una osadía impensables frente al matrimonio tradicional y a la represión de las relaciones sexuales. Dorothea Mendelsshon se divorció para casarse con August Wilhelm Schlegel tras mantener con él relaciones adúlteras. Después de separarse, Carolina Michaelis se casó con el filósofo romántico Friedrich Scheling y se ocupó de la edición de sus obras. Rechazaba que el disfrute sexual se considerase como algo pecaminoso y fue encarcelada por apoyar la Revolución francesa. Caroline Dachenröden combatía la afición de su marido por las prostitutas recibiendo en su casa amantes mucho más jóvenes que ella. Sophie Schubart fue de aventura en aventura hasta ser la primera mujer en conseguir divorciarse en Weimar y convertirse en la primera alemana en obtener recursos económicos por su trabajo literario. Karoline von Günderrade, la Safo del Romanticismo, feminista y partidaria de la Revolución francesa, fue amante del filólogo Georg Creuzer y se suicidó después de dedicarle su último poema. Bettina Brentano, enamorada de Goethe y de Beethoven, fue una activista por los derechos de la mujer y mantuvo una militancia política de ideas socialistas y feministas que registró en sus novelas.

Fuera de Alemania, la poeta Elizabeth Barrett Browning participó activamente en campañas por la abolición de la esclavitud y el trabajo infantil y era una apasionada defensora de las ideas feministas. Se casó en secreto con el escritor Robert Browning para eludir la prohibición de su padre.
Entre los nombres más conocidos destaca Mme. de Staël, anfitriona de uno de los salones más elitistas de París. Se casó con el barón de Staël-Holstein y tuvo aventuras amorosas con los escritores François de Pange y Benjamin Constant y una relación adúltera con el general Narbonne-Lara. Era partidaria de la Revolución Francesa y de la independencia americana, y defensora del republicanismo, aunque protestó por la ejecución de María Antonieta con principios feministas que defendió en Delphine, un libro que fue secuestrado. Su enfrentamiento con Napoleón le valió el exilio en Inglaterra y la prohibición de todos sus libros en Francia. Tras la derrota de Napoleón volvió a abrir su salón parisino.
George Sand, cuya firma ya advierte de su oposición al patriarcalismo y la defensa de la ideología feminista de su época, fue la escritora y periodista francesa más popular del siglo XIX. Se vestía como un hombre, fumaba en público y negaba la diferencia entre sexos. Gracias a una herencia millonaria que recibió de su abuela nunca tuvo problemas económicos. Se casó a los 18 años con Casimir Dudevant, cuyo infeliz matrimonio registró en su novela Lélia. Separada, se instaló en París, donde abrió un salón literario al que acudían Musset, Chopin, Víctor Hugo, Delacroix, Balzac, Flaubert y Julio Verne.
Emily Dickinson reflejó en sus poemas la ruptura de las normas sociales, aunque su obra no se conoció hasta que después de su muerte su hermana Lavinia reveló la existencia de más de 1800 de aquellos poemas. Louisa May Alcott, autora de Mujercitas, fue una defensora del sufragio femenino y de la abolición de la esclavitud. Jane Austen centró también su obra en la problemática del matrimonio y en la crítica a la educación de la mujer en la sociedad victoriana, que registró en las muy leídas Jane Eyre, Orgullo y prejuicio, Emma y Sentido y sensibilidad. Todas ellas tienen un tratamiento especial en este libro excepcional de Virginia López.

