El arte de ser un buen editor

“Todos los editores son hijos del diablo.

Para ellos tiene que haber un infierno especial.” Goethe.

Una canción, «Du bist die Ruth» (Tú eres la Paz); un poeta, Friedrich Rückert; un compositor, Franz Schubert. Un amigo me invitó ayer al recital que en el teatro de La Zarzuela ofreció Matthias Goerne, acompañado al piano por Helmut Deutsch. En el programa, una muestra del mejor Schubert. Hubo momentos de sobrecogimiento, como el que experimentamos cuando escuchamos este lieder (os paso un enlace a una versión interpretada por el propio Goerne, y otro al programa de mano del recital).

La velada terminó con una copa de tinto catalán y un inesperado regalo: un volumen en octavo (que contiene los tomos 50-51) de las Obras de Goethe (Goethe’s Werke) editado en Stuttgart (1829-1830) por Cotta. El tomito, en su encuadernación original, llega a mis manos por la generosidad de un buen amigo que no se apiada, sino que alimenta, mi reconocida bibliofrenia. Al cogerlo, tiemblo de los pies a la cabeza al hojear un libro editado en vida del propio autor. La emoción que experimento está a la misma altura que aquel sobrecogimiento al escuchar momentos antes el lieder interpretado por Goerne.

Disfruto ante la belleza de la edición (impresa en elegantes tipos góticos Fraktur), pero la emoción se intensifica cuando tomo conciencia de la relevancia histórica del objeto entre mis manos. No se trata de ninguna joya bibliográfica que pueda propiciarme beneficio pecuniario alguno si lo subasto en Durán; el beneficio es de otro tipo.

Johann Friedrich Cotta (1764-1832) fue el quinto de los catorce hijos de Rosalie Pyrker (cantante de la ópera de la corte de Stuttgart) y de Christoph Friedrich Cotta, impresor de la corte y de la cancillería en Stuttgart y dueño de la editorial «Librería J. G. Cotta de Tubinga».

El joven Cotta, nos cuenta Siegfried Unseld en su maravilloso libro Goethe y sus editores, nunca pensó en convertirse en editor, y mucho menos soñó que finalmente se convertiría en el editor más grande de su época, al que colegas y amigos llegaron a calificar, con cariño, como el «Napoleón de los libreros». Su deseo era convertirse en oficial del cuerpo de ingenieros, pero estudió teología y más tarde comenzó estudios de jurisprudencia. Doctorado en derecho, y por una serie de azares, termina comprando la editorial a su padre.

Aconsejado por el editor más famoso de su época, Philipp Erasmus Reich, sobre los problemas de financiación y rentabilidad de una editorial y de una librería, Cotta tiene muy claro ya en esos años que «sólo aceptaría editar libros buenos y prestaría siempre atención a la correcta impresión y al papel». Para el joven Cotta, en palabras de Unseld, «lo importante no son las modas y las tendencias, ni rellenar huecos con sus producciones, sino editar libros buenos, tanto desde el punto de vista intrínseco como extrínseco, y crear un público para ellos». Unseld subraya: «Cotta se atuvo a sus convicciones».

Al hojear el tomo en octavo compruebo la maestría de su arte tipográfico, elegante y sobrio, con una impresión limpia y un equilibrio en la ordenación del texto en la caja, compacta pero con blancos generosos que permitirían pequeñas anotaciones. El encabezado lo preside el número de página, centrado. La edición del libro quizá sea un reflejo de la personalidad de su editor. Aunque es conocido la profunda animadversión de Goethe por sus editores, el encuentro con Cotta marcó un antes y un después en su carrera. Por mediación de Shiller, Goethe visita Tubinga (sede de la empresa editorial familiar de los Cotta) a mediados de septiembre de 1797. Aunque a Goethe la ciudad le parece horrible, reconoce por carta a Christiane (11 de septiembre) que está «muy bien instalado en casa del señor Cotta». Un día después, esta vez en carta a Schiller, Goethe escribe: «Cuanto más conozco al señor Cotta, más me agrada. Para ser un hombre de mentalidad laboriosa y emprendedora, es tan sobrio, tan afable y sereno, tan claro y constante, que me resulta una persona extraordinaria».

El buen hacer artesano de un editor como Cotta, que conoce y ama su oficio, queda de manifiesto en la calidad del libro que tengo en mis manos, cuya sobriedad, por las palabras del propio Goethe, parece efectivamente, reflejo de la personalidad de su editor. La maestría de un buen editor, quizá, queda patente en este detalle: su oficio es su catálogo, y su arte es su ethos, es decir, su personalidad, su ética, en definitiva, su vocación: hacer libros bellos.

Pasados los días, será el propio Schiller quien escriba a Cotta, dándole cuenta de las impresiones que Goethe le ha participado de su viaje. En carta del 21 de septiembre, Schiller escribe: «Goethe no se cansa de ensalzar la estancia en su casa. Tan satisfecho quedó que me habla de su persona con verdadero interés». Y concluye su carta a Cotta: «Me alegra sobremanera que con tal motivo haya entablado una relación más estrecha con Goethe. Puede conducir a algo muy importante si usted lo aprovecha».

De los tres personajes, visto el resultado, quizá el más lúcido fuese Schiller, que a su conocida fidelidad como amigo, habría que añadir sus dotes de visionario. Si tenéis oportunidad, no dejéis de leer el libro de Siegfried Unseld.

7 comentarios en “El arte de ser un buen editor”

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  2. María José de Acuña

    “Pertenece a la cada vez ya más rara estirpe de los editores cultos, literarios. Y asiste todos los días conmovido al espectáculo de ver cómo la rama noble de su oficio -editores que todavía leen y a los que les ha atraído siempre la literatura- se va extinguiendo sigilosamente a comienzos de este siglo”.

    Así empieza “Dublinesca”, de Enrique Vila-Matas

  3. Que flajelo esto de que editores se les llama a los editores de libros !!!, yo soy editor de video y cuesta encontrar info al respecto por esto de cuando pones editores te sale esto de los libros

    1. Estimado Javi, por supuesto, llevas toda la razón: hay editores de video, de montaje, de textos, de imágenes, de páginas web y hasta un editor hexadeximal (un programa para modificar archivos hexadecimales). En este caso, obviamente, me refería al editor editorial. Gracias por tu aportación y tu visita.

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