Libros, nocturnidad y… / Juan Ángel Juristo, 21 de abril de 2025
A pesar de la enorme bibliografía habida sobre la II Guerra Mundial, no podía ser de otro modo, ha habido un rescoldo por el que se ha pasado como de puntillas: el ambiguo papel que Francia jugó en la contienda y que algunos han proclamado como una guerra civil encubierta y siempre negada. El caso es que en esas muy inteligentes Memorias para loor de él y del Imperio Británico que representaba y que llegaba al concepto mismo de civilización occidental, sobre todo las referentes a la II Guerra Mundial, Winston Churchill escribió páginas muy realistas y veraces respecto a la conducta de los dirigentes de la Tercera República cuando los alemanes invadieron Francia y, luego, posteriormente, con el Gobierno de Vichy con quien, a pesar de todo, dejó siempre una puerta abierta mientras sostenía en Londres a De Gaulle, representante de la otra Francia, la Francia Libre. El caso era que este país era esencial como símbolo de lo que significaba en la conciencia de la Modernidad desde la Revolución Francesa y no se podía prescindir de él. Y fue esa conciencia y la importancia que se le otorgaba lo que salvó al país cuando las tornas cambiaron. Con desapego semejante me respondió Ernst Jünger cuando le pregunté en una visita que hizo a Madrid sobre el papel que Petain jugó en aquellos años: “En situaciones así siempre hay alguien que tiene que comerse el marrón”
El caso es que hubo una larvada guerra civil y que el fusilamiento del escritor Robert Brasillach fue el más sonado de los muy pocos hombres del mundo de la cultura que De Gaulle llegó a firmar quizá para evitar, los ánimos en la inmediata posguerra estaban muy revueltos en la izquierda, disturbios que hubieran dado al traste con la urgente sensación de paz que la ocasión requería.

La editorial Fórcola ha publicado estos días una obra fundamental para entender en que consistió, El caso Brasillach, ciñéndose al mundo de la cultura, esa larvada guerra civil y que en la mayoría de los casos fue puro acomodo a las circunstancias en una actitud de ambigüedad calculada y estudiando de manera muy prolija en el caso de Robert Brasillach y su juicio. Alice Kaplan, conocida historiadora que ejerce en la Universidad de Yale, nos ofrece en este libro una panorámica muy ajustada y perspicaz sobre el juicio, sí, pero también sobre la figura de Brasillach y su entorno y, de paso, los antecedentes de aquella situación, la algarada de la extrema derecha en el 34 frente a la Asamblea Nacional, la llegada al poder del Frente Popular y de qué manera Brasillach empezó a darse a conocer escribiendo aquella necrológica inventada de André Gide que, en realidad, fue una suerte de su ideario y actitud. Brasillach, un niño mimado por su brillantez, estudiante del Louis Le Grand y normaliano destacado y en cierta manera menospreciado por figuras como Drieu La Rochelle o Louis Ferdinand Céline y acabó siendo el símbolo del intelectual colaboracionista. “Ningún otro acusado supo defenderse con tanta elocuencia, mostrarse tan majestuoso y orgulloso de sus hechos del pasado como Robert Brasillach” nos dice Alice Kaplan en un magnífico capítulo del libro titulado “La forja de un intelectual colaboracionista”.
El libro de Kaplan, sugiere, además, la pertinencia del ¿qué hubiese pasado si…? Si Brasillach hubiese sobrevivido a su detención, no quiso irse a España cuando tuvo la vía expedita, y por tanto al juicio del Gobierno de Liberación, a lo mejor se le recordaría por ser el primero en escribir una “Historia del cine” desde una perspectiva universalista, en haber escrito un best seller tal Comme le temps passe…, donde describe su estancia en España durante su infancia como una especie de paraíso y no por traicionar al Estado porque como bien apunta Alice Kaplan en este libro la cuestión del antisemitismo, tan determinante hoy día, no era precisamente lo que más se le reprochaba de su participación en Je suis partout, la publicación de la que fue director durante un tiempo, esa traición en la que participaron tantos que se hicieron resistentes a última hora. Hubo prisa por juzgarle, y eso a pesar de las peticiones de clemencia de Albert Camus, Jean Cocteau, André Malraux, François Mauriac, Paul Valéry…
Lo cierto es que como bien dice Alice Kaplan “como Francia abolió la pena de muerte en 1981, no podemos establecer ninguna comparación con un proceso penal presente” pero sí debemos añadir que fue el único escritor francés en ser fusilado por la difusión de sus escritos y sin que hubiera participado en delitos de sangre. No lo fue Céline porque escapó a Sigamaringen y luego a Dinamarca, tampoco Drieu La Rochelle porque se les adelantó suicidándose… Todo apunta en dar la razón a Juan Manuel de Prada cuando en el muy buen prólogo a este libro apunta a que fue el chivo expiatorio para un De Gaulle que quería instaurar cuanto antes el mito de una Francia mayoritariamente resistente y así evitar el fantasma de una guerra civil como hizo años más tarde cuando la insurrección de Argelia.
Su personalidad debió ser fascinante hasta el punto de que Alice Kaplan lo definió, como «el James Dean del fascismo francés». Ahora hay una suerte de mitificación de Brasillach por lo oscuro de esa historia del proceso, que Kaplan estudia muy bien en las figuras de Marcel Reboul, fiscal del caso y Jacques Isarni, su abogado defensor, algo esperado en los vaivenes de las modas… Por eso deberíamos quedarnos con la lección que nos ofrece Kaplan, el de asistir a ese acomodo de toda una nación a los vencedores y esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos futuros, al sol que más calienta… En esto este libro no tiene precio.
Y en esto Churchill se muestra, una vez, implacable aunque, eso sí, terriblemente educado cuando no ocultando su desprecio al gobierno francés claudicante, salva a Francia como símbolo de la civilización que el Reino Unido defendió en solitario los primeros años de la guerra…
A destacar la magnífica traducción de Francisco Campillo porque sobre todo domina estupendamente el español, lo que le hace poseer ese espacio que debe tener un buen traductor, que es el de que su idioma materno no tenga ningún secreto, no sólo para él si no para los lectores del libro.

