La segunda muerte de Stefan Zweig

Stefan Zweig es un escritor austriaco… porque nació austríaco. Esto no es una perogrullada sino un principio moral.

Cuestionar su nacionalidad adquirida por ser hijo de sus padres, Moritz e Ida, es arrebatarle el derecho natural e inalienable a tener patria, su patria, la que le vio nacer, y a una lengua, en la que escribió su obra, en la que publicó su primer libro, Cuerdas de plata, en Berlín, en 1901.

Convertir en apátrida a Zweig, algo que ya hicieron otros en 1938, y esgrimir su nacionalidad británica –que el propio Zweig no tuvo más remedio que solicitar para huir del odio, la persecución y, en definitiva, esa muerte que finalmente le atrapó en Persépolis en 1942– supone hacerse cómplice del perseguidor, ese nazismo que «asimiló» a Austria –borrándola del mapa, eliminando su rango y su dignidad de la lista de las naciones, manipulando y reescribiendo su historia, para borrar la memoria de lo propio– al Tercer Reich.

Negar la condición de austríaco a Zweig implica alistarse en las filas de aquellos que persiguieron, censuraron y exterminaron a todos los calificados como «enemigos del Estado», representado por aquel gobierno del terror y la muerte.

Hacer británico a Zweig, con el simple propósito de sortear la legalidad europea vigente en propiedad intelectual mediante la argucia torticera de culpar al Brexit, ya no sólo es un proceder de pícaros sino que delata una conducta ruin, una mentalidad avara y un trasfondo ético y moral podrido y deleznable.

Hacer británico a Zweig para no firmar contratos y no pagar adelantos y derechos que son legítimos, es negarle la condición de ciudadano austríaco, en definitiva, de ciudadano europeo; es negarle, de nuevo, ochenta y dos años después, su libertad, sus derechos individuales y los que corresponden a sus derechohabientes. Es, y aquí lo más terrible del caso, invitarle de nuevo al suicidio, al negarle como persona y ningunearle como escritor, eliminar su dignidad como persona, en definitiva, exterminarle.

Y hacerlo así, con impunidad, sin ruido; con picardía, sin piedad; con malicia, sin remordimientos; sin moral alguna, con premeditación, nocturnidad y alevosía.

Son los que se amparan en una torpe argucia legal, trasunta de aparente legitimidad, pero esgrimida como un truco circense de mal gusto, se llena de razones fundamentadas en humo –el mismo humo de los campos de exterminio nazi– y en la falacia –manipulando la ley para cometer actos ilegales impunes–. Estos ampones no merecen más que nuestro desprecio, nuestra repulsa, nuestra condena.

Tras toda esta ignominia no sólo hay una interpretación torticera de la ley sino unas prácticas editoriales denunciables, que son indignas de nuestra profesión, vergonzantes para todos aquellos editores que respetamos libro a libro las leyes, que hacemos honor a los contratos y acuerdos –verbales y por escrito–, creemos en las buenas prácticas comerciales y procuramos defender y cumplir con todos esos acuerdos no escritos que cimentan nuestro pequeño mundo, por los que merece día a día entregar la vida, la de cada uno, a esta profesión, vocacional en la mayoría de los casos, que más que empleo es oficio, y más que trabajo es una manera de ser y estar en el mundo.

La opción de recurrir a los tribunales a pedir justicia no es practicable, no porque los afectados de esta tropelía no tengamos razón ni estemos en derecho, sino porque los plazos son imposibles –la obra de Zweig pasará a derecho público el próximo 1 de enero de 2023– y las costas de un proceso legal son inasumibles. Todo esto lo saben perfectamente quienes han cometido dicha tropelía, y con esa ventaja han contado a la hora de perpetrar de sendas publicaciones ilegales de Zweig, sin contrato, sin derecho, sin razón, sin moral.

Nos queda denunciar públicamente el caso; informar a los libreros de la injusticia e ilegalidad cometida; solicitarles su cooperación y apelar a su solidaridad al proponerles que devuelvan todos los ejemplares al distribuidor y que estas ediciones ilegales se retiren de la venta. Porque, no se engañen, estamos ante un nuevo acto de abuso, rapiña y piratería.

En el fondo de todo esto, pretendemos, una vez más, concienciar a la ciudadanía de la importancia de las leyes, en concreto de la Ley de Propiedad Intelectual, que ampara a escritores y creadores; de la importancia de su defensa, de la necesidad de su existencia como garantía de una sociedad cimentada en el juego democrático, el respeto a la ley y el amparo de la justicia.

Los piratas, disfrazados de pícaros listillos, que manipulan la ley a su antojo para convertir en legítimos actos que solamente podemos calificar de terroristas, no sólo cometen un acto deleznable sino que con su actitud se convierten en cómplices de aquellas tropas que tomaron al asalto el mundo de ayer y lo aplastaron bajo sus botas; cómplices de todos aquellos que saquearon, robaron y asesinaron a millones de ciudadanos europeos; cómplices de todos aquellos que finalmente condenaron al suicidio a escritores y artistas como Zweig.

Nos quedan sus poemas, Cuerdas de plata, los de un joven idealista y apasionado que, al pulsar las cuerdas de su lira ya intuía, con poder premonitorio, tras la nostalgia y la melancolía de sus versos, el derrumbe de todo un mundo a mano de la barbarie.

De nuevo, los bárbaros están aquí. Que nuestra denuncia sirva al menos para señalarlos, condenarlos y maldecirlos.

Javier Jiménez

Director de Fórcola

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