Albert Ferrer Flamarich / CatClàssics, lunes 13 de julio
Dice el tópico —no del todo infundado— que sería necesaria una vida entera para leer todo lo que Richard Wagner escribió y todo lo que se ha escrito sobre él. Exageración o no, lo cierto es que ya antes de su muerte la bibliografía dedicada al dramaturgo superaba los diez mil títulos, tal y como recuerda Bryan Magee en Aspectos de Wagner. Desde entonces, este caudal no ha dejado de crecer, alimentando una tradición crítica, ensayística y divulgativa de proporciones casi inabarcables. Y es que Wagner sigue siendo una apuesta especialmente fecunda en el ámbito editorial.
En este sentido, cabe recordar que, con motivo del bicentenario de su nacimiento, en 2013, se publicaron poco más de una decena de libros dedicados a su figura, lo que dio lugar a una notable proliferación de títulos —tanto de nueva aparición como de recuperación— que abarcaban desde sus propios escritos hasta ensayos especializados, ensayos especializados fenómeno de Bayreuth. A todo ello se añadieron iniciativas de carácter más misceláneo impulsadas por entidades como la Asociación Wagneriana, que contribuyeron a enriquecer un corpus ya de por sí vastísimo.

En ese momento, Fórcola Ediciones publicó en formato de bolsillo y con una tipografía cómodamente legible una cuidada selección de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (190 páginas. ISBN: 978-84-15174-72-1), al cuidado del musicógrafo Blas Matamoro. Ordenadas cronológicamente y dirigidas al monarca de Baviera, a diversas personalidades políticas y artistas, estas cartas permiten descubrir un Wagner cercano y adulador, atento a las formas y capaz de exhibir una gran exquisitez en el trato. Aflora, naturalmente, su preocupación por la construcción del teatro de Bayreuth y por la actividad artística que debía desarrollarse. El volumen va precedido de una introducción extensa, amena y bien documentada en su vertiente histórico-política, con apartados especialmente jugosos dedicados a las amantes de Ludwig II, en sus últimos años, o la relación que mantuvo con la emperatriz Sissí. El libro se completa con una relación de los destinatarios de las epístolas y con un texto sobre el Festspielhaus y sus características, fechado por Wagner el 1 de mayo de 1873. Sólo habría que subsanar dos pequeñas inexactitudes: Tannhäuser se estrenó en París en 1861 y no fue 1953.

En otro orden de cuestiones, cabe recordar que Richard Wagner encabeza una larga lista de músicos que también fueron escritores activos –Hector Berlioz, Robert Schumann, Claude Debussy, Arnold Schoenberg, Ernest Ansermet, Pierre Boulez…–. Sus textos no fueron en absoluto accidentales, puesto que concebía al artista como la consecuencia de un sistema de pensamiento que, a su vez, legitimaba la propia creación. Su revolución instauró una nueva forma de pensar la música, las artes escénicas y, en última instancia, el sustrato cultural de Occidente.
El ingente número de ensayos y artículos todavía pendientes de una edición digna en castellano sigue siendo, en este sentido, un lastre considerable para el conocimiento de primera mano —de segunda, después del traductor— del Wagner teórico, en una faceta capital e inseparable de su personalidad poliédrica y abrumadora —con una conocida injustamente relegada—, una dimensión injustamente relegada, frecuentan su música. En esta línea se inscribe uno de los textos más significativos del corpus wagneriano, A mis amigos, concebido originariamente como prólogo de las ediciones impresas de El holandés errante, Tannhäuser y Lohengrin.
El volumen cuenta con un prólogo clarificador de Miguel Ángel González Barrio, que sintetiza con acierto las claves del pensamiento wagneriano, en diálogo implícito con la brillante caracterización –no podía ser de otra forma– que Friedrich Nietzsche dejó en sus fragmentos póstumos. El texto, articulado en una introducción y treinta y cinco apartados, sigue la versión fijada para las Gesammelte Schriften und Dichtungen publicadas en 1872. Se trata, en esencia, de un recorrido por las motivaciones de las óperas que había compuesto hasta entonces, abordadas desde una perspectiva poética y este. Wagner no escatima los aspectos personales —él mismo se niega a disociar al artista del hombre, justo lo contrario de lo que hoy a menudo se practica— y, con un tono marcadamente sacrificial, casi mesiánico, responde con hostilidad a la hostilidad de un mundo que no le reconoce: carga contra la crítica y contra el funcionamiento mercantil de los teatros, que considera.
Más allá de sus puntos de neurastenia y egocentrismo, el texto resulta de un interés extraordinario por las aportaciones concretas que ofrece sobre sus creaciones: el repaso estructurado de la evolución de su pensamiento teórico, de sus concepciones dramáticas y de las influencias que las moldearon; algunos paralelismos mitológicos, como el que establece entre Zeus y Sémele y la pareja Lohengrin-Elsa; el reconocimiento a Franz Liszt como amigo e impulsor; así como las bases que anticipan su magna empresa, la tetralogía en torno al mito de Sigfried y el nuevo paradigma del drama musical.
La edición cuenta con el excelente trabajo de Alfonso Lombana Sánchez, responsable de una traducción que logra trasladar con una fluidez notable la sintaxis tortuosa, retorcida, perifrástica y prácticamente clembuterólica del Wagner ensayista. Como señaló Ángel Fernando Mayo, «su expresión se corresponde con las intuiciones del artista, difíciles de albergar en palabras. Además, los períodos largos, los párrafos complejos tienen una estructura musical y transicional […]. Un estilo sonoro oral». Asimismo, Lombana Sánchez proveyó el texto de un aparato crítico con 176 notas complementarias a las del autor que, en su conjunto, convierten esta edición en una obra de referencia para todos aquellos interesados en el corpus de la crítica musical, la teoría estética, el ensayo filosófico y los escritos de otros políticos y sociales de Wagner, sin olvidar —Leubaldo, Picardía masculina mayor que la picardía femenina o la feliz familia de osos, La sarracena, Friedrich I, Jesús de Nazaret, entre otros— que completan el amplísimo horizonte creativo del compositor ya los que también se refiere en estas páginas.

Coincidiendo con el 175 aniversario de Bayreuth, Fórcola Ediciones ha publicado La invención de Bayreuth, un volumen que permite adentrarse en la construcción intelectual, ideológica y organizativa del universo wagneriano durante las décadas fundacionales del Festival. La obra muestra cómo Bayreuth fue concebido desde sus inicios como un espacio excepcional, deliberadamente situado al margen de las dinámicas habituales del mercado operístico y de la circulación convencional del repertorio. La introducción de Darío Fernández Ruiz, articulada en los cinco primeros capítulos, reconstruye el proceso de configuración simbólica del Festival y contextualiza sus primeros años. Quizás se eche de menos un comentario más desarrollado sobre los seis textos que conforman el sexto capítulo, presentados únicamente en las páginas 52 y 53 y traducidos ahora por primera vez al castellano con una solvencia notable. Esta ausencia encuentra un buen contrapeso documental en el sólido aparato crítico que aportan las 113 notas reunidas al final del volumen, en la línea del rigor editorial que caracteriza a Fórcola.
El interés principal del libro radica en la selección documental, que permite seguir la evolución de algunos de los discursos que dieron forma al llamado «Círculo de Bayreuth». A través de estos materiales afloran las dificultades económicas y organizativas de las asociaciones wagnerianas, los sistemas de financiación del Festival y el creciente protagonismo de las Bayreuther Blätter, auténtico órgano de difusión comunitaria que puede considerarse uno de los primeros fenómenos de movilización cultural a gran escala, en una línea que, salvando todas las distancias, recuerda aquello. Resulta especialmente revelador comprobar cómo esta publicación se convirtió también en un instrumento de reformulación ideológica, primero bajo la influencia de Hans von Wolzogen y posteriormente de Houston Stewart Chamberlain, cuyas interpretaciones tuvieron una proyección histórica tan prolongada como problemática.
Entre los documentos reproducidos sobresale el extenso texto de Wolzogen publicado con motivo del vigésimo aniversario de la revista, en el que elabora una retrospectiva de sus primeros años. Con un estilo abundante en subordinadas y una escritura retorcida de pretensiones eruditas —más comprensible que la del Maestro, cabe decirlo—, pone de manifiesto la importancia de Bayreuth en aquella Alemania bismarckiana, la organización de los patronatos, la influencia de las Anregungen de Brendel y Pohl o las dificultades que conllevó. El conjunto se completa con cartas de Wagner dirigidas a Martin Plüddemann y al repetidor Anton Seidl, centradas en cuestiones prácticas de la organización artística.
El resto de textos amplían notablemente el horizonte temático del volumen. De Max von Millenkovics —escritor, libretista y futuro director del Burgtheater vienés— se incluye una reflexión sobre las artes visuales que contribuyeron a modelar el imaginario de Bayreuth, en la que reivindica figuras como Ludwig Richter y Moritz von Schwind y desarrolla una concepción estética influida por Herder, según la cual la orientado hacia la síntesis. Sus referencias a Shakespeare, a la tradición dramática española ya los efectos sinestésicos confluyen en una lectura entusiasta de los diseños de Hans Thoma para El anillo del nibelungo. La pintura vuelve a ocupar un lugar central en el texto dedicado a Arnold Böcklin, mientras que Karl Klindworth —pianista, pedagogo y discípulo de Liszt— aporta un valioso testimonio sobre la recepción de Wagner en Inglaterra y sobre los recelos que marcaron las relaciones culturales entre ambos ámbitos. Especial relevancia tiene también el ensayo del orientalista Adolf Wahrmund sobre judaísmo y rabinismo, redactado en los inicios del sionismo político y atravesado por planteamientos inequívocamente antisemitas, que recuerda que la historia de Bayreuth no puede entenderse únicamente desde una perspectiva artística.
El volumen se enriquece, además, con una excelente selección iconográfica –fotografías, documentos, planos del Festspielhaus, retratos y pinturas–, una útil sección biográfica dedicada a los principales integrantes del círculo bayreuthiano y un detallado inventario de asociaciones, patronatos y fundaciones vinculados al Festival entre 1871 y 1871 el epílogo, esta compilación constituye un «archivo vivo de ideas, obsesiones, esperanzas y miedos que atravesaron Bayreuth desde sus orígenes» y recoge una parte de los debates a través de los cuales el Turó Verd acabó convirtiéndose en un fenómeno cultural de alcance internacional, capaz de reorganizar las relaciones entre arte, pensamiento, difusión editorial. Una influencia que transformó profundamente el panorama cultural de su tiempo y cuyos ecos siguen resonando hoy en día.
En conjunto, el sello madrileño se perfila cada vez más como uno de los principales valedores de la bibliografía wagneriana en castellano. Se trata de un campo que todavía ofrece amplias posibilidades de expansión: desde la traducción de los numerosos artículos del mismo compositor que siguen inéditos en nuestro idioma hasta la incorporación de estudios internacionales que permitan paliar -aunque sólo sea parcialmente- las notables lagunas de nuestro mercado editorial. Una tarea que, sin duda, será recibida con entusiasmo tanto por los devotos del genio alemán como por los melómanos y profesionales de la música, como demuestra otra publicación reciente del sello dirigido por Javier Jiménez: Richard Wagner, Friedrich Nietzsche. Correspondencia, en edición, traducción y apuntes de Luis Enrique Santiago de Guervós.
¡Que vengan más, por favor!

