El placer de ir de librerías
Para todo lector, también para un editor, la visita a librerías tiene otro aliciente, además del deportivo y emocional, y es el del encuentro personal con el librero concreto. El librero no es una abstracción. Muchas veces recurrimos en el discurso sobre librerías a abordar la figura del librero como un ente indefinido al que colgamos una serie de etiquetas: «prescriptor», «agente cultural», «dinamizador de la lectura»… Sí, por supuesto, todas ellas se ajustan en parte al perfil, pero olvidan la realidad concreta: cada visita a una librería propicia mi encuentro con este librero, persona concreta, en un momento irrepetible que, gracias a la frecuencia, y en casos puntuales, se consolida con los años y se convierte en amistad, como entramado vital de mutuas confidencias, complicidades lectoras y confluencias (encuentros y desencuentros) librescas.
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