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El arte de ser un buen editor

El oficio artesano de un editor como Cotta, que conoce y ama su oficio, queda de manifiesto en la calidad del libro que tengo en mis manos, cuya sobriedad, por las palabras del propio Goethe, parece efectivamente, reflejo de la personalidad de su editor. La maestría de un buen editor, quizá, queda patente en este detalle: su oficio es su catálogo, y su arte es su ethos, es decir, su personalidad, su ética, en definitiva, su vocación: hacer libros bellos.

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Mis libreros favoritos, 2: El dragón lector

Entrar en la librería El Dragón lector (antes en la calle Espronceda, ahora en la calle Sagundo, y con una sucursal en Fernandez de la Hoz) se asemeja a internarse en un armario lleno de pesados abrigos, «acompañados de un olor a naftalina», para descubrir más allá, de pronto y con sorpresa, un mundo que creíamos perdido y olvidado, lleno de historias y aventuras, impregnado de magia e ilusión, donde el trato con los libros campa por sus respetos, sin más atadura que el disfrute. La librería adquiere la condición de territorio fuera del tiempo donde Pilar y José señorean bajo una única ley, especie de Carta Magna de este reino de libros: la de la alegría del compartir y hacerse cómplices de las palabras.

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Virginia Woolf y el ciberespacio

Remedios Zafra nació en Zuheros -Córdoba, España- y a la hora de decir quién es prefiere las «antidefiniciones» porque le resulta más claro lo que no es y lo que no quiere ser. Vive entre Sevilla y Madrid y cuando puede en Londres o más lejos. Acaba de presentar Un cuarto propio conectado inspirándose en Virginia Woolf pero en clave de ciberespacio, privacidad e identidad. Dice entre otras cosas, que en un mundo acelerado caracterizado por la dispersión ´el cuarto propio conectado es un territorio de reflexión necesaria´.

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Poetas de noche

En su ensayo El funcionario poeta (Fórcola, 2010), Carlos Eymar ofrece un atractivo itinerario por la experiencia de la «doble faz» del artista y escritor-funcionario resultante del pacto entre dos enemigos irreconciliables, la subjetividad ilimitada y la asfixiante objetividad hegeliana, en la que se difuminan los sueños del creador.

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Mis libreros favoritos

Inauguro con este post una nueva sección del blog de Fórcola, titulada «Mis libreros favoritos». Con cierta regularidad, os hablaré de alguno de mis libreros, los más cercanos e íntimos, con los que, en muchos casos, mantengo una estrecha amistad. Son algunos de los libreros que me han hecho crecer como lector y, sobre todo, como persona.

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Catulo y los (no tan nuevos) modelos de negocio del libro

Libros y libreros en la Antigüedad, del erudito ensayista mexicano Alfonso Reyes, puede dejar a más de dos indiferentes, quizá por el prejuicio de que nada del pasado nos puede ayudar en la coyuntura actual, que algunos han denominado «transición digital». Recordemos que en los últimos dos años, el debate se vuelve intenso, entre editores, distribuidores, bibliotecarios y libreros, por un lado y gurús, expertos, analistas e, incluso, alguna compañía de telecomunicación, por otro, a la hora de hablar de los «nuevos modelos de negocio» para el sector del libro.

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Decálogo de la resistencia: homenaje a Jorge Herralde

Mi deseo para el 2011 no puede ser más claro: estar alerta y resistir, pero siempre con humor. El comienzo de la película The Party (1968), una de mis películas preferidas del recientemente desaparecido Blake Edwards, me ha inspirado para redactar este breve post navideño. El editor independiente, en estos tiempos oscuros de la aurea mediocritas, arriesga su propia existencia para estar alerta, se alza una y otra vez para, como el corneta bengalí, dar el toque de alarma y llamar la atención a una despistada tropa sobre el inminente ataque del enemigo, lo que le costará ponerse a tiro de unos y otros. El pobre corneta da ejemplo de resistencia (una proeza), y como él, el editor independiente ha de estar dispuesto, ante el próximo 2011, a resistir:

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Amor a los libros

La gran apuesta de Fórcola en este año que ahora acaba ha sido la Web 2.0 y la comunicación a través de las redes sociales. Nuestra web, diseñada por Silvano Gozzer, ha sido desde su lanzamiento en marzo pasado un lugar cercano al lector, una bitácora personal donde el editor ha tenido oportunidad de compartir sus experiencias, sus proyectos, y de mantener conversaciones con amigos y desconocidos sobre muchos temas candentes sobre el futuro del libro y el fomento de la lectura. Tanto en Facebook, con mi perfil personal, como en Twitter, con el perfil de @Forcola, he podido conocer a muchos de los que ahora sois seguidores y admiradores de este proyecto editorial, que tiene vocación de crear cultura y transmitir conocimiento sobre la base de una comunidad cada vez más nutrida, generando así una gran «tertulia» online que dinamice a sus lectores. A todos los que habéis participado en esa gran conversación mi más sincero agradecimiento.

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Tocar los libros, por supuesto

Tocar los libros es un libro sobre libros o, más bien, sobre sus lectores y nuestras manías. Libros que forman parte de nuestra cultura, de nuestro pasado, de nuestros recuerdos y que ocupan un espacio en nuestras estanterías, en las paredes de nuestra casa o en los espacios más escondidos de los baúles, de los armarios, de las buhardillas. Libros que se han tocado, que se han abierto y hojeado por primera vez en una librería, libros que atesoran en sus páginas las huellas de sus derrotas y de sus victorias en los lectores anteriores, libros que hemos visto y compartido en las estanterías de las casas de los amigos, libros que hablan de las manías de sus creadores, de sus lectores, de sus libreros, libros que adquieren las formas más extrañas con la única finalidad de atraer nuestra atención, como animales en celo, libros que se dejan, una y ota vez, tocar y tocar, manosear, compartir, volver y volver a ellos como quien lo hace a la fuente cuando se tiene sed.

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Al cruzar el cancel: paseos mexicanos

Mis viajes a México me han permitido encontrarme a mí mismo, dar sentido a lo que hago. El encuentro con la otredad, que diría Octavio Paz, esa voz distinta de uno mismo, con la que todo encuentro propicia una experiencia reveladora de sentido. Mi querido amigo Juan Malpartida lo define muy bien en La perfección indefensa: «lo óptimo para el sujeto es que esté a menudo en crisis. Un sujeto estable, o carece de tiempo e historia o niega estas categorías y vive, en la manera que esto sea posible, frente al mundo; lejos de ser una conciencia fluida, se cosifica; la falta de interacción lo vacía». Con Paz descubrimos que «el ser no es lo uno, sino la búsqueda de lo otro». Incluso ahora tiene más sentido lo que ayer mismo hablaba con una buena amiga: «La muerte [la máxima otredad que podemos imaginar] no puede ser expulsada, la muerte debe ser reconciliada».

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Venecias, por Blas Matamoro

En esta trama suculenta y trajinada, Jaime Fernández ha seleccionado dos modelos de venecianismo, distantes en tiempos, lenguas y opciones artísticas: El mercader de Venecia de Shakespeare y La muerte en Venecia de Thomas Mann. En tiempos del inglés, la ciudad todavía era rutilante en clave del barroquismo del arquitecto Longhena. Cuando Mann la escoge, es ya una soberbiosa ruina con una población pobre mirada por unos turistas eruditos y pudientes. La había visitado Byron y la manipulaba D´Annunzio.

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El placer de ir de librerías

Para todo lector, también para un editor, la visita a librerías tiene otro aliciente, además del deportivo y emocional, y es el del encuentro personal con el librero concreto. El librero no es una abstracción. Muchas veces recurrimos en el discurso sobre librerías a abordar la figura del librero como un ente indefinido al que colgamos una serie de etiquetas: «prescriptor», «agente cultural», «dinamizador de la lectura»… Sí, por supuesto, todas ellas se ajustan en parte al perfil, pero olvidan la realidad concreta: cada visita a una librería propicia mi encuentro con este librero, persona concreta, en un momento irrepetible que, gracias a la frecuencia, y en casos puntuales, se consolida con los años y se convierte en amistad, como entramado vital de mutuas confidencias, complicidades lectoras y confluencias (encuentros y desencuentros) librescas.

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